Bienvenidos al (nuevo) siglo XXI

(Foto: REUTERS/Aly Song)
(Foto: REUTERS/Aly Song)

Los cambios sistémicos suceden de a poco y, a la vez, de golpe. La estructura del sistema internacional ha cambiado a lo largo de los siglos. La conformación del juego de poder en el siglo XIX no es la misma que en el período de guerras y entreguerras. Definitivamente está muy lejos de la configuración de la Guerra Fría, la post Guerra Fría y, sin duda alguna, del mundo actual. La historia de las relaciones internacionales es, sin demasiados reparos, la historia de potencias declinantes y potencias en ascenso. Ciertos momentos de este devenir marcaron el fin de un orden y el comienzo de otro: las guerras mundiales, la caída del muro, la eclosión de la URSS, el 9/11.

La pandemia encuentra al mundo frente a un liderazgo estadounidense débil y en retirada, el avance del populismo conservador en las democracias liberales, el ascenso del modelo económico, político y tecnológico del gigante asiático y el declive geopolítico de aquellas otrora potencias mundiales. El mundo del presente, interconectado e interdependiente, convive con tendencias anti-globalistas que militan la recesión de la globalización. Hoy este mundo global atraviesa una crisis con un nivel de extensión y alcances nunca antes vistos. Estamos frente a una crisis sistémica que- aunque no tenga la forma de una confrontación bélica- puede aparejar implicancias similares.

Originario de la ciudad de Wuhan, China, el virus no tardó en expandirse por el resto del globo. Si bien comenzó como un problema local, pronto se nacionalizó y globalizó, para volver a hacerse carne en las distintas realidades nacionales del resto del mundo. En este sentido, es interesante analizar cómo el virus escala en diversas geografías. Si bien no hay una idea clara de cómo esta crisis afectará a los gobiernos locales, sí podemos identificar dos fuerzas en puja. Por un lado, los oficialismos son cuestionados: quien lidia con la crisis paga los costos de hacerlo. Por el otro, los gobiernos que deciden hacerle frente, se vuelven más fuertes respondiendo al patriótico “estamos en guerra”. Una guerra que, además, es contra un enemigo invisible y desconocido, pero cuyo fin último es claro: encontrar una vacuna. Por el momento, una hipótesis para el mediano plazo: los líderes pragmáticos que se pongan al frente de la protección de su población -discursiva y fácticamente- saldrán fortalecidos frente a los que le recen a sus santos, ninguneen el virus y pequen de negligentes.

Pensando en un nivel más elevado, la emergencia actual nos recuerda que los Estados siguen siendo los principales actores de la política internacional. El sistema westfaliano, cuestionado en las últimas dos décadas por los expositores de la inevitabilidad de la globalización, parece revitalizado. Cuando el peligro acecha, los humanos buscan a sus gobiernos nacionales para que los protejan, los ordenen y organicen. El Estado reacciona: se cierran las fronteras y se refuerza lo local frente a lo global. La pandemia ha forzado a los Estados a mirar hacia adentro, acelerando la recesión económica y comercial de la mano del proceso de desglobalización. Una reflexión bien realista puede sugerir que si fallamos en encontrar una cura rápida y permanente, la crisis reforzará aún más las tendencias de-globalizadoras.

Sin embargo, reforzar lo local frente a lo global no vuelve a este problema menos global de lo que realmente es. Un Estado por sí solo no puede controlar y solucionar del todo esta pandemia. No hay nada nuevo bajo el sol: los beneficios de la globalización son claros. Sin embargo, lograr una efectiva cooperación internacional puede no ser tan fácil como obviamente necesaria. La falta de reglas claras y el miedo a la deserción, trae la sospecha de que la cooperación pueda beneficiar sólo a algunos, o bien perjudicar a quienes decidan correr con sus costos. He aquí el dilema de la provisión de bienes públicos globales ante la falta de una autoridad central o, en su defecto, de un liderazgo hegemónico que esté dispuesto a hacerse cargo de dichos costos. La respuesta colectiva, en estos términos, puede ser menos efectiva o tardar más de lo pensado.

Retomando la historia de las potencias declinantes y las potencias en ascenso, estamos asistiendo a uno de esos momentos críticos. El cambio sistémico que se cierne sobre el mundo empuja a las potencias a reaccionar. China, por su parte, construyendo la épica de la instalación del virus de la mano de un grupo de militares norteamericanos, pero enfrentando con relativo éxito la crisis y ofreciendo ayuda internacional. Estados Unidos, construyendo la narrativa del enemigo, el otro: el “virus chino”. La globalización está en cuarentena. Los movimientos entre los países se interrumpieron, el flujo de bienes y servicios está truncado, la salud pública está en emergencia. Mientras Beijing juega al héroe internacional, Trump sigue fantaseando con ser el mesías nacional. Apuestan en mesas distintas.

Las consecuencias internacionales nos dejan a la vista tres cuestiones a analizar: la ausencia de liderazgo internacional, el rechazo a las élites políticas, y la consagración de China como hegemón.

El mundo es desordenado, anárquico, caótico. Sin embargo, la estructura del orden internacional depende de cómo se distribuya el poder. Hace 20 años vivíamos en un claro orden unipolar y, antes de eso, en uno bipolar que tomaba el pulso de la Guerra Fría. En la actualidad, vivimos en (des)orden. Estados Unidos se encuentra en retirada voluntaria de ese liderazgo asumido post Guerra Fría, mientras que las instituciones internacionales que él mismo dio a luz, se estancan, pierden importancia y vislumbran la crisis del multilateralismo.

En consonancia, las élites políticas son cada vez más cuestionadas. El rechazo acelerado que motivan las tendencias nacionalistas y anti-globalistas las pone en jaque a la hora de lidiar con una crisis inmanejable y tomar medidas que contengan la propagación del virus. Como resultado, esta vez no de su incapacidad, sino producto de la magnitud de la epidemia, los discursos escépticos se refuerzan.

Por último, el ascenso de China manifiesta la importancia de jugar al poder utilizando lo que en Relaciones Internacionales se conoce como soft power. Además de un momento de cambio sistémico, podemos estar frente a un nuevo paradigma donde quien se consagre como hegemón sea quien exporte mejor el soft power antes que el hard power. Donde quizás quien se imponga sobre el otro no sea el más poderoso militarmente, o el vencedor de una violenta contienda; sino quien haga uso inteligente de sus recursos económicos, sanitarios y diplomáticos. Ante la negativa estadounidense de colaborar y cooperar internacionalmente, China se encuentra en una campaña de exportación de know-how, equipos de médicos especialistas, suministros y hasta aviones sanitarios. El interrogante es ¿está China finalmente asumiendo su rol de liderazgo? Al parecer, está dispuesta a correr con los costos.

Cuando el resto del mundo está empezando a experimentar los graves efectos de la epidemia, y ante la estupefacción estadounidense, China se recompone y encuentra, una vez más, la oportunidad de influenciar el comportamiento de otros Estados. Si bien fueron los propios errores chinos de intentar acallar voces y cubrir la severidad del virus los que propiciaron el estallido de la crisis global, Beijing entiende que mostrarse como un líder puede influenciar la percepción de otros estados sobre la posición global de los Estados Unidos para, finalmente, sentarse sobre la silla vacía del hegemón del siglo XXI.

Paradójicamente, una crisis global requiere de una solución global. Los esfuerzos chinos por proyectar su poder haciéndose cargo de la crisis, pueden no ser suficientes para resolverla. Mientras el poder internacional se reordena, la expansión del virus se vuelve una amenaza real, constante y acuciante. Aunque la crisis sea un momento de oportunidad para la potencia oriental, la solución no llegará hasta que desarrollemos estándares de coordinación internacionales, al menos, en materia sanitaria. Solo la cooperación global podrá salvarnos.

Agostina Dasso Martorell es licenciada en estudios internacionales y docente de UTDT

Juan Manuel Menéndez es licenciado en ciencia política por UTDT y asesor en GCBA


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