Foto del lunes de un grupo de personas usando máscaras protectoras contra el coronavirus paseando por Pekín. Mar 23, 2020. REUTERS/Thomas Peter
Foto del lunes de un grupo de personas usando máscaras protectoras contra el coronavirus paseando por Pekín. Mar 23, 2020. REUTERS/Thomas Peter

El gobierno chino ha iniciado una batalla de propaganda tratando de transitar de culpable a héroe de la más grande pandemia de la historia. Dice que el virus fue un ataque de Estados Unidos, anunció que ya tiene la cura y la vacuna, regala mascarillas y celebra que supuestamente ha derrotado la epidemia. Detrás de esto subyace la competencia entre el capitalismo con dictadura encabezado por China y el capitalismo con democracia liberal encabezado por Estados Unidos, Europa occidental y Japón. Esto tiene relevancia por la fuerza que intentan cobrar los nacionalismos autocráticos como el de Putin en Rusia y otros; como también por la influencia de China sobre las dictaduras de Cuba, Venezuela y Nicaragua y la extrema izquierda en todo el mundo. Sus seguidores rechazan fanáticamente el capitalismo con derechos y libertades por el que intentan avanzar nuestros países, al tiempo que admiran el capitalismo salvaje de la dictadura china.

El nazismo alemán fue también un capitalismo con dictadura apoyado por la mayoría de los alemanes y, antes de ser derrotado, era admirado por muchos en todo el mundo. Muchas industrias que dieron soporte a los nazis son ahora famosas marcas globales. Tres factores fueron fundamentales para derrotar a Hitler: la resistencia de Gran Bretaña; el poder industrial de los Estados Unidos y la dictadura comunista de Stalin. Sin embargo, derrotar a los nazis hubiese sido muy difícil sin la dictadura de Stalin. La economía soviética estaba centralizada y su régimen era autoritario. Lo primero le permitió producir los medios materiales y lo segundo obligar al sacrificio extremo a sus habitantes. De los 70 millones de muertos ocurridos en la guerra, 32 millones fueron soviéticos. Sin demeritar el heroísmo del pueblo ruso, la guerra entre Hitler y Stalin fue una lucha entre dictaduras similares. La victoria soviética le generó, así, seguidores al comunismo en todo el planeta con la esperanza de que este demostrara ser superior al capitalismo liberal, 45 años después el experimento comunista se derrumbó.

En China coexisten la nueva sociedad urbana industrializada con la vieja sociedad rural atrasada y pobre que abarca al 40% de sus habitantes. En esas condiciones existen numerosos mercados de animales salvajes que proliferaron por su medicina tradicional y por las hambrunas maoístas que obligaron a la gente comer cualquier cosa. En esos mercados han surgido y seguirán surgiendo virus similares al “covid-19” que podrían convertirse en nuevas pandemias globales. La reacción del gobierno chino ante la epidemia de Wuhan fue similar a la soviética con el desastre de Chernóbil, perdieron tiempo en negar, ocultar y reducir importancia al problema para proteger su imagen internacional. La pandemia pudo no existir si hubieran cerrado antes esos mercados y pudo evitarse si la hubieran contenido en el primer momento, pero la reacción tardía permitió la propagación del virus que empezó matando chinos y ahora mata italianos, españoles, estadounidenses y ciudadanos en todo el planeta, al tiempo que destroza la economía mundial dejando sin empleo a millones de “proletarios de todo el mundo”.

Una vez que la epidemia se volvió inocultable, Xi Jinping construyó hospitales en 10 días, concentró recursos cuantiosos y, al igual que Stalin, manejó a los habitantes como a hormigas, sometiéndolos a la fuerza con medidas extremas. La información de las dictaduras es casi siempre falsa, porque no puede existir información confiable donde no existe oposición y donde no hay libre expresión. China intenta venderle al mundo la idea que su sistema totalitario ha sido eficaz para enfrentar un problema que su propio régimen parió, multiplicó y exportó al mundo. China es una potencia económica emergente, pero está lejos de ser primer mundo. En términos relativos a sus 1300 millones de habitantes, tiene más pobres que Argentina o Brasil y estos son más que la población de Estados Unidos. Su PIB per cápita es ligeramente menor que el de México, 3.5 veces inferior que el de Estados Unidos y la mitad del de Europa. En expectativa de vida China ocupa el lugar 54º, Rusia el 103º, Italia el 5º y España el 6º.

El capitalismo chino arrancó ofreciendo a las industrias occidentales mano de obra barata, sumisa y sin derechos para convertirse en la gran maquila del planeta. Los suicidios laborales por estrés y ansiedad abundan entre los trabajadores e incluso entre funcionarios del partido. Esta forma salvaje de capitalismo es peor a la que ocurrió en Inglaterra con la Revolución Industrial en el siglo XIX, precisamente la que le dio origen al marxismo por sus injusticias. Si Karl Marx hubiera nacido ahora en China estaría en un campo de reeducación o habría sido fusilado. En Europa, Marx pudo hacer sus críticas y escribir sus obras que influyeron incluso en el surgimiento de la propia Revolución China. Es allí donde comienza el debate acerca de la libertad y la tolerancia como instrumentos fundamentales para el progreso y el desarrollo. Los derechos humanos, las libertades y la democracia no son sólo un asunto ético o ideológico de carácter religioso. La democracia es esencialmente una técnica de gobierno para evitar y administrar conflictos pacíficamente.

El capitalismo requiere empresarios, trabajadores y clases medias educadas, tecnocracia, academia científica e intelectuales. Todo esto existe ahora en China. La economía de mercado produce un cambio en la estructura de clases y esto, tarde o temprano, deriva en la necesidad de un régimen político con libertades e instituciones que permitan dirimir conflictos. Fidel Castro tenía mucha claridad sobre esto y por ello mantuvo una férrea oposición a que se abrieran en Cuba pequeños negocios y mercados campesinos. Economía de mercado con autoritarismo no es sostenible en el largo plazo. México, en los años 50s, tuvo un crecimiento económico sostenido durante casi 30 años, algunos llamaron a su régimen “la dictadura perfecta” hasta que la democracia se volvió indispensable y estalló una división en el propio partido hegemónico. El Salvador y Nicaragua, en los años 70s, bajo dictaduras militares, eran las economías que más crecían en Centro América, hasta que un conflicto entre sus élites acabó en guerras civiles. Las antiguas dictaduras de España, Portugal y Grecia no sobrevivieron a la ola de liberalización económica que también acabó con las dictaduras latinoamericanas.

El milagro económico y el progreso tecnológico de la “locomotora” capitalista china despiertan ahora la admiración que en su momento hubo por la Alemania Nazi de Hitler, la Unión Soviética de Stalin, el fascismo italiano de Mussolini, la Revolución Cubana de Castro y la Revolución Bolivariana de Chávez, cada uno por distintas razones. Sin embargo, se trata de un régimen fascista de carácter nacionalista totalitario que realiza más ejecuciones que todos los países que todavía aplican la pena de muerte juntos; mantiene a millones de personas en campos de concentración a los que llaman de reeducación y utiliza mano de obra esclava en sus prisiones. China es la nueva “dictadura perfecta” con capitalismo sin libertades y control social con alta tecnología que incluye reconocimiento facial masivo y vigilancia genética. Esto supuestamente rompe la regla de que el liberalismo económico necesita de la democracia y los derechos humanos para ser sostenible. Pero Tiananmén fue un primer aviso y la resistencia de los hongkoneses otro.

Una vez existen clases educadas, la libertad política se convierte en artículo de primera necesidad para muchos ciudadanos. Las democracias no son perfectas, ni están exentas de retrocesos, sobre todo en el tercer mundo; algunas pueden transformarse en dictaduras como Venezuela. Pero, cuando alcanzan madurez, permiten corregir sin matarse. Nada es más tedioso que lidiar con la diversidad de ideas, nada suele ser más impopular en el mundo que los parlamentos, que, aunque no gusten son el pilar de la democracia representativa; pero nada es más peligroso y corrupto que la concentración de poder en las manos de un gobernante. Los intereses de los pobres no los garantizan ni lideres iluminados ni partidos únicos, sino la competencia política entre distintas tendencias. El monopolio del poder no favorece a los ciudadanos, así como el monopolio económico no beneficia a los consumidores.

Muchos confunden la personalidad del actual presidente Donald Trump con la democracia estadounidense; la narrativa de un líder puede ser como quiera, pero, si los contrapesos y la alternancia funcionan, hay democracia. Podemos tener la certeza de que en uno o seis años más Trump ya no será presidente, pero Xi Jinping y Putin seguirán gobernando. Podemos también tener la certeza de que en 50 años Estados Unidos seguirá con su mismo régimen político, quizás llegue una mujer a la presidencia, quizás un latino y hasta alguien con el pensamiento de Sanders. Sin embargo, China es una bomba de tiempo no solo de virus, sino política porque no podemos tener certeza de lo que pueda pasar con su dictadura en el próximo medio siglo. ¿Una guerra civil?, ojalá no; ¿ruptura en el partido?, ¿secesión de algunas de sus provincias?, ¿rebelión popular demandando libertad? Sin democracia cualquier cosa puede ocurrir, porque una dictadura puede postergar un conflicto, pero no puede apagarlo para siempre.

Consultor en seguridad y resolución de conflictos. Asesor de “Inter-Mediate” institución basada en Londres Reino Unido especializada en resolución de conflictos. Ex asesor de los gobiernos de Colombia y México. Ex comandante de la guerrilla salvadoreña y firmante del acuerdo de paz de El Salvador.