La fantástica residencia de Mar-a-Lago, en Palm Beach (Florida) fue el escenario elegido por el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, para recibir al primer mandatario del Brasil, Jair Bolsonaro, en una nueva visita de éste a los Estados Unidos en esta primera semana de marzo.

Esta nueva visita de Bolsonaro a los Estados Unidos incluye reuniones con las máximas autoridades del Comando Sur estadounidense en Doral (vecino a Miami), encuentros con empresarios y miembros de la comunidad brasileña en Miami y una inspección a la planta de Embraer, el fabricante brasileño de aviones. La reunión en el Comando Sur incluye la firma, junto al almirante Craig Faller del “Acuerdo de proyectos de investigación, pruebas y evaluación que expandirá las oportunidades de ambos países de colaborar y compartir información en el desarrollo de nuevas capacidades de defensa”. Su alianza con la Casa Blanca, los signos de acercamiento al gobierno de Israel encabezado por Benjamín Netanyahu y su declarada vocación de condena a la dictadura chavista en Venezuela -incluyendo el retiro de todo el personal diplomático brasileño de Caracas- han colocado a Bolsonaro en el lugar privilegiado de líder de Occidente en la región.

Mientras tanto, el nuevo presidente argentino Alberto Fernández hizo sus primeros pasos en política exterior. En el interminable proceso de transición iniciado en agosto de 2019 con su triunfo contundente en las elecciones primarias, simultáneas y obligatorias (PASO) hasta su asunción en diciembre del mismo año, Fernández pareció reafirmar su vocación “latinoamericanista” y “no intervencionista” en la crisis venezolana y en desandar el camino que venía recorriendo el gobierno de Mauricio Macri. Lo hizo al abrazar a sus amigos del llamado Grupo de Puebla, un conjunto de ex mandatarios de la región identificados con el socialismo y poco propensos a criticar a la Cuba castrista y a la Venezuela de Nicolás Maduro. Pecados de juventud, explicaría el General. Una vez en el poder, la administración Fernández ensayó algunos giros “realistas” que incluyeron un acertado viaje inicial a Israel y una gira por las principales capitales europeas.

En el plano regional, en cambio, el gobierno argentino parece atado a antiguos prejuicios. Algunos tristes excesos verbales cruzados y ciertos dogmas ideológicos podrían explicar las razones por las cuales el Gobierno aparenta no tener apuro en concretar una reunión entre el presidente argentino y su par brasileño. La relación bilateral entre Argentina y Brasil parece trabada al máximo nivel de gobierno. Acaso debido a la evidente ausencia de interés del mandatario argentino en reunirse con su par brasileño y pese a a los esfuerzos de “diplomacia parlamentaria” bien encaminados por el presidente de la Cámara de Diputados, Sergio Massa, quien recibió a su par brasileño en Buenos Aires y luego devolvió -como corresponde- la visita en Brasilia. La distancia entre los mandatarios Fernández y Bolsonaro no pudo superarse tampoco a pesar de la voluntad demostrada por éste último al recibir al canciller argentino Felipe Solá y al designado embajador en Brasilia Daniel Scioli en su visita a Itamaraty y el Planalto hace pocas semanas. En tanto, Alberto Fernández optó por no asistir a la jura del nuevo presidente del Uruguay Luis Lacalle Pou el pasado día 1 de marzo, ocasión en la que estaba prevista un primer encuentro con su par brasileño, anunciado, precisamente durante la visita a Brasilia efectuada por el canciller argentino.

Una vez más, los caminos parecen bifurcarse entre Argentina y Brasil en su aproximación a las potencias globales. Acaso una repetición histórica. En diciembre de 1941, cuando los Estados Unidos fueron atacados en Pearl Harbour, el secretario de Estado de entonces, Cordell Hull, convocó al sistema interamericano para condenar el ataque de las fuerzas del Eje. Fue entonces cuando la Argentina se negó a declarar su solidaridad hemisférica ante la agresión del Japón, en la reunión hemisférica convocada al efecto en Río de Janeiro en enero de 1942. Brasil en cambio acompañó a los Estados Unidos, incluso enviando tropas a la guerra en Italia, en lo que fuera un tramo clave de una histórica relación bilateral iniciada desde los tiempos en que el barón de Río Branco comandaba la política exterior del país. Las consecuencias de esa bifurcación fueron concretas. La Argentina ganó fama extendida -injustamente- de país “fascista”, su ingreso a las Naciones Unidas tres años más tarde estuvo en peligro y el primer peronismo heredó en 1946 una atmósfera de enemistad con Washington que luego se ocuparía de disipar. Brasil, por su parte, obtuvo recompensas por su postura a favor de los Estados Unidos y sus aliados durante el conflicto, como por caso la financiación nortamericana al polo siderúrgico de Volta Redonda.

Los acontecimientos actuales, en tanto, tienen lugar en circunstancias especiales. El gobierno argentino anhela obtener cooperación de la Administración norteamericana en la negociación de la abultada deuda pública con el Fondo Monetario Internacional, en cuyo directorio la voluntad de Washington es decisiva. A su vez en los próximos meses deben renovarse las autoridades de la Organización de Estados Americanos (OEA) y del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), institución para la cual la Argentina tiene un pretendiente. En el caso de la OEA, la Argentina y Brasil han tomado caminos opuestos. Brasil apoya junto a los Estados Unidos la reelección del actual secretario general Luis Almagro por su postura dura frente al régimen chavista de Nicolás Maduro en Venezuela mientras que la Argentina la rechaza, precisamente por dichas razones.

Bolsonaro parece haber comprendido que los Estados Unidos siguen siendo, pese al ascenso de China a categoría de potencia mundial, el principal país de la tierra en esta etapa histórica. Brasil está indudablemente encaminado a intensificar su vínculo político, de seguridad y defensa y de cooperación económica con Washington proyectando su status de país privilegiado en la región. Un rol que Bolsonaro está ocupando por el peso específico del Brasil y reforzado por coyunturas como la salida del poder de Macri en Argentina y el deterioro del liderazgo de Sebastian Piñera en Chile. Estados Unidos en tanto estarían reforzando su mirada regional enfocando a Brasil una vez más como el actor clave en Sudamérica, un rol que Washington ha reservado a nuestro vecino desde hace décadas.

Nuestro país, por su parte, ha visto reducida su realidad material. Hace cien años, el producto bruto de la Argentina equivalía al del resto de los países de la región sumados -incluyendo Brasil- y hasta la década de 1960 la economía argentina superaba a la del Brasil. Hoy la Argentina ha dejado de ser el primer país latinoamericano y se ubica por detrás de Brasil y México a la vez que compite con Colombia por el tercer lugar en la región. Diversos factores han contribuido a esa declinación objetiva. Uno de ellos puede encontrarse en los errores cometidos muchas veces por los distintos gobiernos a la hora de interpretar las corrientes históricas de la política internacional. Aquellas tendencias inevitables que los gobernantes no eligen, no deciden y no pueden modificar.

Los líderes políticos adquieren estatura de estadistas cuando interpretan correctamente el signo de los tiempos, encontrando oportunidades para, en ese marco siempre limitado, desplegar herramientas para satisfacer el interés nacional. En pocas palabras, una política realista.

El autor es especialista en relaciones internacionales y sirvió como embajador argentino ante el Estado de Israel y Costa Rica.