Pedro Sánchez y Pablo Iglesias (REUTERS/Susana Vera)
Pedro Sánchez y Pablo Iglesias (REUTERS/Susana Vera)

Desde que el socialista Pedro Sánchez fue investido presidente con el apoyo de Podemos escuchamos hablar sobre la fragilidad que significa un gobierno de coalición en España. Escuchamos sobre cómo se deberían unificar criterios de comunicación. políticas públicas e incluso, cómo debería conformar el gabinete de forma “equitativa". Vemos a panelistas pronosticar la fecha de caducidad de la legislatura y leemos a columnistas que esperan que un gobierno de coalición se comporte como un conjunto homogéneo que se mueve a la par.

Detengámonos un momento. Por más evidente que parezca, un gobierno de coalición no es un gobierno “monocolor”, homogéneo y orgánico. Pretender que lo sea, es esperar un imposible. Desearlo es de una inocencia absurda. Desconocerlo, es faltar el respeto a los millones de españoles que votaron por un gobierno mixto. No nos queda alternativa; debemos cambiar los lentes con los que se analiza el nuevo y complejo escenario político español.

Es un hecho que la convivencia en el poder es difícil. Requiere ejercer la influencia en constante negociación interna sin olvidar que los adversarios están afuera. Obliga a adaptar las costumbres de uno a las “manías” del otro. Aprender, escuchar y comprender. Es un proceso que requiere ir conociéndose, seduciéndose, y por supuesto, teniendo sus primeras discrepancias.

Usualmente, en política, las discrepancias sirven para contar con el mayor matiz de opiniones y posturas en torno a un tema sin forzar al electorado a acatar consignas homogéneas o tener que escaparse a otras formaciones. Al contrario de lo que el sentido común diría, curiosamente, mayor registro de opiniones procuran mayor cohesión partidaria y no menos. Los electores cada vez son más heterogéneos y contradictorios. Se confiesan católicos y apoyan el matrimonio igualitario. Se identifican como conservadores y ven natural el divorcio. Defienden la vida y practican caza deportiva.

Los ciudadanos no simpatizan con un partido, candidato o gobierno por un tema específico sino por algún cúmulo de preceptos generales que esa opción encarne. Por ello debemos saber que no estarán de acuerdo en todo y por lo tanto los partidos necesitarán brindarle cierta libertad para disentir sin caer en una especie de traición moral que haga cortocircuito con su voto.

Convivir en coalición es entender que las discrepancias son naturales y sanas. Creer que cada debate interno es un atisbo de ruptura es sensacionalista. Que en la antesala al 8M “Podemos” diga que (incluso en el gobierno) “hay mucho machista frustrado” y que el PSOE responda “somos un gobierno muy pero muy feminista” es un ejemplo de este abanico de opciones donde, dentro de la bandera feminista, ambos pretenden agrupar a aquellas personas que se sienten muy, algo y poco feministas con diferentes registros de comentarios y personas. Estos perfiles alternativos dentro de la coalición pueden contener y crear sub-líneas internas que en vez de dejar huérfanos, agrupan simpatizantes.

Debemos cambiar el marco de análisis del gobierno de coalición. Alejarnos de la lectura apocalíptica que no favorece al ciudadano. Discutir no es una fractura. No anticipa el fin de nada. Disentir, dialogar y llegar a acuerdos es lo natural que debería suceder dentro de una coalición de gobierno sana y equilibrada. Escuchar, discutir y acordar es lo que exige la democracia.

El autor es consultor y analista político