El Reino Unido deja de pertenecer a la Unión Europea (REUTERS/Yves Herman)
El Reino Unido deja de pertenecer a la Unión Europea (REUTERS/Yves Herman)

Los ingleses nunca se sintieron europeos. En los hechos les llevó mucho tiempo asumir la Unión Europea integralmente como modelo identitario. Es cierto, hubo una Francia que los vetaba en alguna época, pero luego siempre existieron distancias con Bruselas.

No es verdad que el Brexit suponga una traición a los socios europeos: es la reacción de la isla a un fenómeno más profundo que tiene que ver con su idea de país, con lo que suponen que es Europa y con lo que les depara el futuro en esa comunidad.

No comparto la idea simplista de creer que los pueblos se suicidan.

Los pueblos, las naciones, los Estados aciertan y fracasan en sus opciones, pero en todo caso no asumen decisiones complejas improvisando. Si fuera psicólogo diría que hay motivaciones “subliminales” que impulsan a los ingleses a ser lo que quieren ser. Y básicamente existen temores, precauciones y angustias que la mayoría de ellos prohijaron y que los llevan a transformar su realidad pegando el portazo al proyecto unionista. No niego que existan algunas vetas xenófobas en el asunto (por parte de los menos) pero no es eso lo que tracciona la escisión, es sí el deseo de no formar parte de un enclave que trae –según ellos- más problemas que soluciones. Acertados o no, solo están siendo fieles a lo que consideran lo mejor para su país.

En el fondo hay que ser valiente para romper con lo políticamente correcto, disentir con el “buenismo” unionista y patrocinar una postura que se ancla en los nacionalismos siempre réprobos y con mala prensa. ¿Está mal pendular hacia donde el pueblo entiende que es el camino correcto? ¿No le llamábamos a eso democracia: gobierno de las mayorías?

Estuve hace pocos meses en Londres. Impactante como siempre, con el Big Ben en renovación, con el centro de la ciudad todo “Green”, con autos que no se advierten en muchas ciudades norteamericanas, con una calidad de vida que causa envidia, con una “inmigración” selectiva claramente hija de las colonias que ellos “quieren”, o países con los que la inversión financiera es tremenda (hacia ellos) y con una economía que no parecía estar en crisis. No son el imperio de ayer pero no son iguales al resto de Europa. Y no lo digo discriminando sino encarando hacia las fortalezas de un pueblo que pelea por lo que entiende que le conviene.

¿Acaso no la vemos todos a semejante fortaleza? ¿Es ilógico apostar a entendimientos comerciales con quien más le convenga a los ingleses y pensar que Europa ya no es buen negocio?

Los ingleses no se quieren engañar -como lo hacemos por el barrio regional- son lo que son y lo que quieren ser, y asumen esos riesgos a ojos vista de todos, por más emociones y llantos de eurodiputados que no serán recordados en una semana por casi nadie. Se van luego de 47 años en los que deben haber evaluado seriamente semejante ruptura. No es un ataque de pánico.

En realidad no estoy aplaudiendo el Brexit, lo estoy interpretando: procuro mirar desde la cabeza inglesa y no desde la postura moral del analista exógeno que desde su pináculo cómodo cree que poco menos se asesinó a Europa. No lo veo así.

La fuga de Inglaterra empieza a demostrar que Europa está en problemas, con poca natalidad de origen, con una inmigración relevante (formal y extraoficial), con una tensión no resuelta con el Islam radical, con un envejecimiento poblacional que distorsiona cualquier modelo previsional, y con países-motores que empujan y países-caídos que solo succionan.

Digamos las cosas como son: Europa ya no es la Europa de ayer y está perfecto que no lo sea, y el que se quiera quedar que lo haga, y el que se quiera ir que también ejerza su derecho. Eso es la libertad. Si hay divorcios civiles los debe haber también en el terreno de la geopolítica. Los países no tienen amigos, solo tienen intereses y deben pensar en el bienestar de su gente. Todo lo demás es lo de menos y no le interesa a casi nadie en su calidad de ciudadano. Lo otro es faltarnos a la verdad.

Esta Europa es la que no quieren integrar los ingleses. Salen corriendo, no advierten futuro, y no les alcanza con cerrar algunos números. Es un tema que se anida también en asuntos de matriz cultural, ciertamente complejos, donde buena parte de los que se salen del club saben lo que no quieren ser. Si viviera Winston Churchill, ¿aplaudiría o vería de manera enojosa semejante decisión? Creo saber en qué biblioteca se ubicaría.

Nada menos entonces que uno de los países que fue más colonialista de Europa se escapa por la puerta de adelante del modelo integracionista. Lo hace a cara descubierta y sin vergüenzas. Por eso Boris Johnson ganó por paliza las elecciones legislativas a Jeremy Corbyn, el penoso líder laborista. El conservador dijo que haría lo que está haciendo. Ahora debe cumplir el mandato popular. Cualquier otra postura, esa si sería una verdadera traición al soberano inglés.

Veremos cómo le va, pero pongo alguna ficha a que no será un salto al vacío.

El autor es abogado, consultor, docente universitario y escritor