“La política es conflicto”, diría el profesor Roberto Starke, pero el conflicto no quiere decir caos. Tampoco “lo político” puede ser conflicto todo el tiempo porque de ser así, en democracia la sociedad termina optando por la vía más sencilla: eliminar los problemas y sacarte del medio. Es cierto que las tensiones en el poder son el oxígeno que respiras a diario y la toma constante de decisiones (a veces acertadas y otras no) son para ti tan necesarias como el agua para sobrevivir. Pero creer que ese es pan que alimenta a toda la sociedad es confundirse y arrastrar a ciudadanía a terrenos peligrosos.

No te olvides que tu trabajo no consiste en generar conflicto y tensión. Tampoco en avivar fuegos extinguidos, romper, paralizar, hacer daño. No lo creas aunque tus fieles militantes te lo festejan, ni cuando tus aplaudidores te engrandezcan, ni siquiera cuando tus padrinos, que admiraste en otros tiempos te susurren alabanzas al oído. No creas que esos títeres representan a tus electores porque, créeme, no es así. No te van a dar una medalla por vociferar una chicana que toque el hueso ni te ganarás el sueldo por conseguir el titular del día.

Recuerda y ten presente a aquellos políticos que en circunstancias desfavorables ganaban elecciones por mérito propio, por una visión superadora, por unir a un pueblo, por pelear por una causa. Piensa en uno contemporáneo, date cuenta de que están en extinción. No te conviertas en un dirigente que alcanza el poder circunstancialmente simplemente por destruir a otros o por saber esperar el momento del declive de un gobierno. El declive siempre llega -incluso te alcanzará a ti- y esos ciclos son cada vez más veloces, máxime en estos tiempos hiperconectados donde treinta segundos nos parece una eternidad. No seas mediocre, no llegues al poder simplemente por ser paciente y aguantar. Ten por seguro que es el primer paso en una escalera descendente que solo te lleva al grupo de dirigentes clase zeta que se preocupan más por su táctica a corto plazo que por la agenda de sus representados.

La campaña terminó. El momento de la diferenciación con tus adversarios se agotó. La gente ya eligió. Asume tu lugar en el escenario político. Entiende que venimos de muchos conflictos que fuimos gestionando y superando sin prestar mayor atención a la fractura que podía generar en el sistema democrático. Un sistema que -aunque sea el mejor que tenemos- es cada vez más cuestionado y no termina de solucionar enteramente los problemas de la sociedad. Levanta la mirada y mira todos los movimientos sociales que ocurren en el mundo y no sientas que eso no va a pasar acá, así como no sientas que si sucede, vos no tuviste nada de culpa.

Supera la agenda de “la confrontación porque sí” es tu obligación como político. Acércate a la ciudadanía, vuelve a escuchar, a sentir de primera mano la problemática real. Sé humilde. Recuerda que actualmente tu prestigio no es el mejor. Sin ir más lejos, en España la última medición del Centro de Investigación Social (CIS) muestra que la opinión pública cree que los políticos como tú son el segundo problema del país. Lo mismo sucede en otros países.

Es cierto que la política es emoción. Pero por si entendiste mal el manual, no es emoción futbolera de barra brava. No se trata de gritos, cánticos e insultos. Es emoción por la trascendencia de lo que proyectas en ideas y lo que significas como visión.

Tu trabajo no es pararte atrás de un atril a criticar al gobierno, no es escribir tuits incendiarios que solo lee y entiende tu séquito, es representar y defender los intereses de tus votantes y no simplemente desde la dialéctica. Eso lo hacemos todos desde el sillón de casa o desde el bar. Tú tienes que mostrar acciones. Por supuesto que se puede y se debe atacar al Gobierno cuando obra mal pero para ganar un voto, y más importante, la confianza de los electores, hay que proponer algo superador: un accionar mejor, una normativa que beneficie a más o recortar un gasto abusivo que es inútil para la ciudadanía. No vayas en contra de la educación y la salud, son los únicos temas en los que existe un consenso universal sobre su importancia.

Tu calendario diario no puede empezar con qué vas a hacer hoy para criticar a tu adversario, a quién le vas a exigir la dimisión o qué teoría conspirativa vas a intentar colar en los medios. Tu agenda debería estar repleta de ideas que resuelvan los problemas de un colectivo y mañana de otras personas y pasado de las de más allá. Te hayan votado o no. Sean fieles a tus colores o no, porque recuerda que representas a todos.

De lo contrario, el día de la elección, cuando pierdas votos por diestra y siniestra no te sorprendas. No busques excusas en el clima, la fecha de votación o si era un año con muchas elecciones. No digas que los electores no te entendieron o que el resultado no representa lo que de verdad piensa la sociedad. Esas son excusas y lo más triste es que cuando ese momento llegue, entenderás que contribuiste a la desafección, a la desconfianza, a la utilización del sistema democrático como herramienta de daño. Y no mires para otro lado, la culpa la tienes tú.

Atentamente,

Kike Borba