FOTO DE ARCHIVO: Papa Francisco orando en la basílica de San Pedro en el Vaticano, 31 de diciembre, 2019. REUTERS/Yara Nardi
FOTO DE ARCHIVO: Papa Francisco orando en la basílica de San Pedro en el Vaticano, 31 de diciembre, 2019. REUTERS/Yara Nardi

Los católicos del mundo y muchos fieles de otras iglesias o no seguidores de religión alguna advierten que el Pastor de Roma ha impuesto a la Iglesia católica un nuevo movimiento, un ritmo diferente, profundos cambios y una nueva luz ilumina su presencia en esta tierra. Pero no siempre se distingue entre quienes son los católicos que siguen al Pastor y quienes están muy lejos de representar ese espíritu.

En efecto, hay católicos que hacen una vida estructurada en círculos confesionales, que son concurrentes asiduos a la parroquia, que dan regularmente limosna y donaciones de ayuda a los necesitados, que conocen al pie de la letra las normas del catecismo, la doctrina de la Iglesia, el derecho canónico, las liturgias, que participan de las amables tertulias en el atrio u otras actividades sociales después de misa, que forman parte de movimientos, institutos o colegios, que estimulan el activismo de su grupo o de la comunidad incentivando a los más jóvenes a participar, en fin, llevan una vida activa y cristiana. Sin embargo, con todo eso, no les alcanza para ser representativos del espíritu de la Iglesia.

“Alegráos y regocijáos”, dice Francisco

En la reciente exhortación apostólica de Francisco titulada Laudete et exultate hay todo un capítulo dedicado a explicar los dos peligros a los que estamos expuesto los católicos y sus organizaciones: el pelagianismo y el gnosticismo.

Pelagianismo: una doctrina herética y una antropología egocéntrica

Pelagianismo se llama a una tendencia religiosa que proliferó entre los siglos IV y V creada y difundida en el norte de África y Palestina por el monje britano Pelagio. Contemporáneo de San Agustín criticó su doctrina y en especial el dogma del pecado original, reduciéndolo a un mero ejemplo más del pecado. Negó que fuera necesaria la existencia de la Iglesia y de la gracia sobrenatural para llegar a la salvación. Para el dogma cristiano, como sabemos, la gracia es un don de Dios al hombre con vistas a la salvación de este. Para aquel monje la gracia (y el libre albedrío) se encuentran en la propia naturaleza del hombre -como ser ensimismado -negando su carácter relacional.

En nuestros tiempos -dice el Prefecto para la doctrina de la fe- prolifera una especie de neo-pelagianismo para el cual el individuo, radicalmente autónomo, pretende salvarse a sí mismo, sin reconocer que depende, en lo más profundo de su ser, de Dios y de los demás. La salvación es entonces confiada a las fuerzas del individuo, o las estructuras puramente humanas, incapaces de acoger la novedad del Espíritu de Dios a través de la Encarnación en Jesucristo (…unirnos al Padre como hijos en el Hijo, y convertirnos en un solo cuerpo en el «primogénito entre muchos hermanos» (Rom 8, 29)”.

Dice el papa Francisco que la tentación pelagiana lleva al hombre al individualismo conduciéndolo a poner la confianza en las estructuras elitistas o de grupo, en las organizaciones, en las planificaciones perfectas, aunque abstractas como son por ejemplo los conservadurismos y los fundamentalismos, la restauración de conductas y formas ya superadas.

A menudo nos lleva también a asumir un estilo de control, de dureza, de normatividad. La norma da al pelagiano la seguridad de sentirse superior, de tener una orientación. La norma es la ideología. Allí encuentra su fuerza, sin la suavidad del soplo del Espíritu.

Neognosticismo: hacia una fe encerrada

Por neognosticismo se entiende la pretensión de lograr un acceso a lo absoluto por vía de la gnosis, es decir, del conocimiento racional, místico o extático. Presenta una salvación meramente interior, encerrada en el subjetivismo, que consiste en elevarse «… hasta los misterios de la divinidad desconocida».

La fascinación del gnosticismo es la de una fe encerrada en el subjetivismo, donde sólo interesa una determinada experiencia o una serie de razonamientos y conocimientos que supuestamente reconfortan e iluminan, pero en definitiva el sujeto queda clausurado en la inmanencia de su propia razón o de sus sentimientos. Por lo que el gnosticismo no puede trascender.

La diferencia entre la trascendencia cristiana y cualquier forma de espiritualismo gnóstico –decía el Papa Francisco– está en el misterio de la Encarnación. No poner en práctica, no llevar la palabra a la realidad, significa construir sobre arena, permanecer en la pura idea (ideología).

La santidad “de la puerta de al lado” y no a la mundanidad del poder

El pelagianismo y el gnosticismo ponen en peligro la fe y conducen a la mundanidad espiritual de todos y en especial de la propia Iglesia.

La mundanidad espiritual -como se ha dicho- constituye el mayor peligro para la Iglesia que nosotros somos, la tentación más pérfida que corrompe la religión. La mundanidad del espíritu es una visión antropocéntrica donde el hombre y el becerro de oro pasan a ocupar el lugar de Dios. Entonces los católicos tejen alianzas con el poder político, no para servir sino para construir más poder, como aconteció durante el onganiato y el menemato en la Argentina. Pelagianismo y gnosticismo son hoy la expresión de esta mundanidad espiritual donde muere la santidad.

“Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: en esta constancia para seguir adelante día a día, veo la santidad de la Iglesia militante. La santidad ‘de la puerta de al lado’; ‘la clase media de la santidad’" (Francisco, L.et E. Nro. 6).

El Papa llama a la santidad y advierte los peligros señalados insistentemente: en la Evangelii gaudium, párrafos 93-97, en su discurso a la Iglesia italiana del 23 de abril de 2018, en el capítulo segundo de la exhortación apostólica Gaudete et Exsultate. También se mencionan en la carta Placuit Deo, del 22 de febrero de 2015, a cargo de la Congregación para la Doctrina de la Fe.