Pedro Sánchez, aplaude mientras es elegido presidente de Gobierno, tras el debate de investidura en el Congreso de los Diputados en Madrid, España. 7 de enero de 2020. REUTERS/Stringer.
Pedro Sánchez, aplaude mientras es elegido presidente de Gobierno, tras el debate de investidura en el Congreso de los Diputados en Madrid, España. 7 de enero de 2020. REUTERS/Stringer.

Ya no hay lugar para los tibios. Los políticamente correctos no son aplaudidos y los “estadistas” son una especie en extinción que no entienden el mundo en que vivimos. Así como Twitter permite sacar lo peor de uno en la red -manifestar el odio y la bronca-, también la política se “twitterizó” y se llenó de “haters”.

No sé cuándo empezó, pero de repente teníamos a Sarah Palin en Estados Unidos y a Marine Le Pen en Francia. A ellas se le sumaron los Trump, los Bolsonaro, los Boris Johnson e infinidad de dirigentes que vieron que la nueva tendencia pasaba por no callarse nada y decir a gritos lo políticamente incorrecto. Sin centrarnos en el temario ideológico de cada discurso, lo que los une es el fundamento y sobre todo los tonos de sus relatos.

Suelen decir que representan a una masa anónima, invisible, que está harta del sistema. Los temas los adaptan a la problemática local de su país: los inmigrantes, la inseguridad, la diversidad, la globalización, el terrorismo, la Unión Europea. Todos pueden ser motivo de odio. Luego la metodología es siempre la misma. Los “haters” aparecen representando la voz de los oprimidos, aunque son dirigentes que no vivieron oprimidos ni un solo día de sus vidas y que de hecho se beneficiaron del sistema durante años. Sin embargo, ahora escucharon "el llamado moral” a defender a esas “mayorías” que no tienen ni voz ni quién los represente. Y aquí hay dos elementos importantes: primero y para para lograr cohesión requieren que el público crea que, lo que ellos se atreven a decir, es lo que piensa la mayoría de la gente y segundo que son moralmente superiores porque dicen “la verdad”, porque tienen "sentido común” o porque algún dios está de su lado.

Esta tendencia de la comunicación política que se venía dando en decenas de países estaba siendo resistida en España hasta el noviembre pasado, cuando Vox hizo una muy buena elección, convirtiéndose en la tercera fuerza política y en vías de comerse a toda la derecha española. Las formaciones de derecha (Partido Popular) y centro-derecha (Ciudadanos) entraron en pánico y se vieron tentados a adoptar el mismo estilo discursivo sin eufemismos, incorrecto y altanero.

Se dice que "lo que es moda no incomoda”, pero sí que incomodó a muchos de los que estábamos observando y analizando la jornada. Los discursos de cada uno de los 18 bloques restantes al del candidato socialista, que deben hacer su exposición antes de la votación, fueron de una dureza nunca antes vista en el Congreso español.

Y si hay algo que logra un “hater” es activar a los “haters” contrarios. “Fascistas”, “terroristas”, “traidores”, “asesores de dictadores bananeros”, “separatistas”, se dijeron unos diputados a otros sumado a los habituales “comunistas” y “capitalista” en tono peyorativos. Unos gritaban “viva el rey” y otros “vida la independencia”.

Como en un hilo de Twitter, a medida que avanzaba la sesión las posiciones se radicalizaban más y todos eran conscientes que tenían por delante una oportunidad para decir lo más incorrecto que se les ocurriera con tal de sentirse Trump por un momento y poder escribirlo en 240 caracteres.

El “hater” odia y el “hater al poder” odia mucho más y no me refiero a chicanas, juegos de palabras o sacar de la hemeroteca contradicciones entre lo que uno decía hace un año y dice ahora. Hablo de buscar la división total, la radicalización extrema, de bajar a lo más bajo de la condición humana y utilizar en tus discursos a los muertos por ETA o lanzar índices falsos vinculando a criminales, inmigrantes y violadores para profundizar esa creencia absurda de que los extranjeros son causantes de la inseguridad. Pero no se es un buen “hater” si no se actúa como tal, así fue que muchos diputados (todos los de Vox) se negaron a aplaudir al momento de reconocer a la diputada Aina Vidal de Podemos que está luchando contra un cáncer y que pese a su salud, igualmente fue a votar. ¿El motivo? simplemente porque pertenece al bloque opositor.

Por supuesto tampoco hubo aplausos para los pocos moderados. Pobre de esa diputada canaria que se atrevió a decirles a todos los diputados algo como “qué nos está pasando” , “por qué nos peleamos así”, “no alimenten a los radicales y trabajen por recuperar la tolerancia y el respeto a todas las ideas”. Ella esperaba la ovación. No se movió ni una mosca. Ni un aplauso, ni una sonrisa cómplice. Lo único que se veía eran caras de “haters” como bulldogs.

Si seguimos por este camino, nuestros políticos se van a parecer cada vez más a una versión del Joker interpretado por Joaquin Phoenix que, harto de todo se rebela contra la sociedad y el sistema, solo que sus armas son los medios de comunicación y sus balas, tienen forma de palabras. Palabras de odio.

Quizá como todas las modas, esta también pase pero -como la “riñonera”- seguro va a dejar muchas cicatrices. Porque esta radicalización está permeando el tejido social a una gran velocidad. La familiaridad de las redes sociales hacen que el estilo del “hater” se multiplique y acepte, que el usuario anónimo en Twitter se vuelva real en el Congreso de los Diputados, en el bar y en la cena familiar. Se necesitarán liderazgos que superen estas divisiones y logren cerrar estas heridas para que los “haters” no nos venzan. Hay esperanza.

El autor es analista y consultor político