El coordinador nacional de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC), Pere Aragonés
El coordinador nacional de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC), Pere Aragonés

Las cuentas daban bien. A horas de iniciar la sesión de investidura en el Congreso de los Diputados en España -ceremonia donde los legisladores brindan o no su apoyo al candidato a Presidente- se conoció el texto del acuerdo entre el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) y Esquerra Republicana de Catalunya (ERC), última valla que había que sortear y que, junto con los pactos ya públicos con Unidas-Podemos y el Partido Nacionalista Vasco (PNV), le podían dar la presidencia al candidato socialista. Pedro Sánchez, luego de semanas de negociación, tenía el apoyo de los grupos parlamentarios grandes que podía convencer pero -como en todo grupo de amigos- siempre hay alguno fácil para las matemáticas que afiló la calculadora y viendo que la cosa venía 166 a 164, rascándose la cabeza preguntó por lo bajo: “¿Alguien sabe qué van a votar los partidos regionales que tienen un solo diputado?”.

Las elecciones se ganan y se pierden por un voto. Y en el sistema parlamentarista español, esa realidad es hoy más evidente. De las 19 formaciones que conforman el actual Congreso de los Diputados, hay seis partidos “vecinalistas” o regionalistas que cuentan con un solo diputado: Coalición Canaria, Nueva Canaria, Foro Asturias, Partido Regionalista de Cantabria, Bloque Nacionalista Gallego y la sorpresa de las últimas elecciones: Teruel Existe (plataforma ciudadana que se conformó como una agrupación de electores, se presentó con el lema “la España vaciada” y le robó un diputado a Ciudadanos).

Cerrados los acuerdos con los grupos parlamentarios de mayor magnitud, serán ellos con un diputado y un voto los que tendrán en sus manos la presidencia de Sánchez y el futuro del país. Si bien esta incógnita se resolverá en las próximas horas, nos invita a reflexionar sobre la conformación de los gobiernos en las democracias modernas: coaliciones amplias, integradas por movimientos diversos, con intereses dispares e integradas por partidos cada vez más cercanos a la preocupación del votante. Los grandes movimientos nacionales que movían masas de votantes y hablaban solo por los medios tradicionales se acabaron. Ya no funcionan ni la maquinaria electoral, ni la rivalidad histórica, ni el agrupamiento en torno a ideologías o principios.

En México presenciamos la caída del PRI, que contaba con una implacable logística especializada en ganar elecciones. En Uruguay vimos cómo el “odio histórico” entre Blancos y Colorados -enemigos de sangre durante décadas- se evaporaba a cambio de arrebatarle el gobierno al Frente Amplio. En Argentina experimentamos una nueva alternativa de peronismo que, con gran acierto electoral, concentró principios y valores contradictorios como liberales, de izquierda, católicos y defensores del aborto todo en un mismo paquete. España le sumará a esta tendencia: conformar un gobierno de coalición ideológicamente diversa, con intereses dispares y con el poder territorialmente distribuido. Y en una votación tan ajustada, esos partidos regionalistas y locales adquirirán un poder que hasta ahora en ninguna administración habían tenido.

En este escenario tan parejo donde Pedro Sánchez puede resultar investido presidente por uno o dos votos (la elección más ajustada de la historia reciente española), los apoyos de los partidos locales serán decisivos y, por lo tanto, sus exigencias, serán mejor escuchadas y eso la democracia debe festejarlo. Porque no olvidemos que esos diputados regionalistas están en el Congreso no por una lotería, si no porque se ganaron la confianza de españoles y españolas que los votaron para que los representen, aunque los gobiernos de mayorías y la “doctrina partidaria” -usualmente dirigida desde Madrid- siempre atentaron en contra de sus reclamos.

Esto nos vuelve al lugar donde toda buena política es política local. La política cercana, preocupada por los problemas de cada tierra, tendrá cada vez más voz en el gobierno nacional. Y así como no hay que temerle a las coaliciones -ya que serán la nueva normalidad democrática-, tampoco hay que temer a que cada partido regionalista exija -dentro del marco político y constitucional- más para sus tierras. ¿Quién en su sano juicio puede criticar a un diputado gallego, andaluz o vasco por pedir mejoras para su región? Por el contrario, ¿no deberíamos quitarle su escaño si es que se olvida de los suyos?

A los que no les sirva este nuevo estilo de democracia solo les tocará inventar monstruos en donde no los hay: vociferar contra privilegios desleales, aterrorizar con el separatismo, acrecentar la división social y la política de bandos. O sea, ahuyentar cualquier posibilidad futura que los acerque a ese escenario donde estén obligados a abandonar la retórica parlamentaria y tengan que responder al vecino a la cara.

A los que se animen al reto de liderar democracias modernas, les tocará demostrar que este tipo de coaliciones representarán y mejorarán la vida de los ciudadanos tanto en lo local como en la cohesión nacional así como deberán asumir el desafío de gobernar en constante negociación con sus aliados, de forma leal y transparente haciendo equilibrio para mantener estables los contrapesos del frente interno.

El autor es analista y consultor político