Pedro Sánchez y Quim Torra (REUTERS/Albert Gea)
Pedro Sánchez y Quim Torra (REUTERS/Albert Gea)

Cataluña ha estado en boca de todos este año. En este momento, porque luego de las elecciones de noviembre, es un partido independentista catalán el que tiene la llave para la formación del gobierno de España. ¿Cómo llega la democracia moderna a esta ironía? Recapitulemos para entender cómo llegamos hasta acá.

Las protestas en las calles de Barcelona a mediados de octubre hicieron viral un conflicto histórico que vive un recrudecimiento desde el 2010 cuando el Tribunal Constitucional -ante un recurso interpuesto por el Partido Popular de Mariano Rajoy- tachó de inconstitucional un "nuevo estatuto de autonomía” que, según sus defensores, permitía a Cataluña manejar libremente sus recursos económicos y administrar su justicia, al mismo tiempo que abrazaba mejor la sensibilidad “nacional” y la lengua. En lo que refiere a la comunicación, la sentencia se vivió como si en el último minuto del clásico, en pleno Santiago Bernabeu, el Real Madrid le hubiese hecho un penal evidente a Messi y nadie lo cobrara. En Madrid, festejo y risas; en Cataluña, bronca y ganas de revancha.

Y si bien muchos catalanes no se habían pronunciado o siquiera inmutado con el “nuevo estatuto“, la prohibición y mal manejo de la crisis desde Madrid, empujaron a que miles de personas salgan a la calle y se posicionen a favor o en contra del independentismo. Los medios de comunicación españoles luego hicimos de las nuestras. La polémica fácil, la pregunta trampa, los titulares amarillistas, las tertulias regadas de discusión irracional. Todo para vender la próxima tapa, el próximo minuto o tener un tuit con muchos likes. Pero desde entonces, la discusión seria, fuera de fanatismos, se ha dado poco o nada. Como si habláramos del clásico, todo empieza y termina en comentarios pasionales, en cuestión de piel o en fanatismos fantásticos.

Según las investigaciones, en 1998 solo el 17% de los catalanes preferían la independencia; hoy algunos estudios marcan que ronda el 45%. Sin embargo el relato independentista catalán -y me refiero al de ambos lados- se comió a unos dirigentes que por no saber dialogar y negociar, arrastraron a las masas a un conflicto que hoy divide familias pero que también divide a una economía frágil. Olvidaron que cuando el relato se apodera de las masas, es incontrolable. El ex presidente de Cataluña Carles Puigdemont y el actual Quim Torra están presos de ese relato y solo pueden actuar avivando el conflicto porque ese es el único lugar en el cual pueden sobrevivir como políticos. Del otro lado Rajoy, que subestimó la crisis que afrontaba, arrastró a las formaciones de derechas como PP y VOX a la misma encrucijada de posiciones inamovibles oponiéndose porque “es inconstitucional” y punto. El problema es que ni hacer plebiscitos semanales ni decirle a Cataluña que debe obedecer porque sí, solucionará el conflicto de fondo.

En momentos turbulentos, son necesarios líderes valientes que se animen a probar otro camino. Ese es el rol que se le exige a Pedro Sánchez en plenas negociaciones para su investidura. Su notable afán de supervivencia lo volvió a poner en un lugar clave en la historia española. Las urnas quisieron que sea él quien tenga que buscar una alternativa al conflicto catalán. Porque, aunque la derecha no lo pueda asumir, el conflicto catalán no va a desaparecer porque Sánchez deje de negociar con un partido independentista, todo lo contrario, quizá esté a tiempo de volver a encerrar en la lámpara a ese genio detestable que es el relato maniqueísta, que escapa al diálogo y que enferma a la democracia.

El autor es analista y consultor político