El papa Francisco (Photo by Alberto PIZZOLI / AFP)
El papa Francisco (Photo by Alberto PIZZOLI / AFP)

Lo malo y lo bueno de la realidad actual

16 millones de pobres, altos índices de desocupación, deuda pública por encima del 100% del PBI y una impagable con el FMI son datos que contrastan con que tenemos una democracia que se va consolidando, un nuevo gobierno y un nuevo liderazgo que inspira confianza y da pasos concretos privilegiando la unidad sobre el conflicto y la totalidad sobre los segmentos e intereses individuales o de grupo.

Vigencia de una homilía de Bergoglio para la reflexión

En el año 2010 en la homilía titulada Hacia un bicentenario en Justicia y Solidaridad 2010-2016: “Nosotros como ciudadanos, nosotros como pueblo”, el Arzobispo primado de Argentina Jorge Mario Bergoglio nos ofreció una lección que a juzgar por los resultados fue incumplida por el gobierno de entonces y radicalmente contradicha por el que lo sucedió hasta el 9 de diciembre.

Punto de partida

“Los hombres y mujeres que nos precedieron construyeron, con aciertos y errores, una herencia que nos pertenece -dice Bergoglio en aquel 2010 -y de la cual nos debemos hacer cargo con todos sus logros y todas sus imperfecciones, porque ese es precisamente el punto de partida desde el que nosotros debemos hacer nuestro aporte para el futuro”.

Y nos recuerda que con la recuperación de la democracia creímos que “nuestra Patria podría, finalmente, lograr una convivencia y un proyecto común…poder resolver nuestras diferencias y tensiones internas…sin embargo todavía nos cuesta encontrar los puntos de unión…la reconciliación”.

Ayer como hoy un fracaso colectivo

Nuestra política no ha estado, muchas veces, decididamente al servicio del bien común -proseguía diciendo-, se ha convertido en una herramienta de lucha por el poder que sirve a intereses individuales y sectoriales; y no ha sabido, no ha querido o no ha podido poner límites, contrapesos, equilibrios al capital para erradicar la desigualdad y la pobreza que son los flagelos más graves del tiempo presente”.

“En este punto no hay oficialismos, ni oposiciones, hay un fracaso colectivo. Este es un sayo que nos cabe a todos”.

Luego Bergoglio remarca la necesidad de que “los dirigentes no se dejen cooptar por el poder económico, los desvíos del individualismo libertino, hedonista, consumista, que no tiene horizonte ético ni moral”.

Reconoce la dificultad de integrarse al pueblo, de “quienes han perdido todo lazo social cultural con sus compatriotas, sin sentido de pertenencia a un destino colectivo… carentes de una identidad”. Y advierte sobre el divorcio entre las élites de dirigentes y el pueblo.

Una cultura del encuentro y un horizonte utópico compartido

Debemos consolidar -dijo- “una cultura del encuentro y un horizonte utópico compartido pero para ello el ciudadano tiene que integrarse al pueblo, tiene que ser parte del pueblo, caminar con él”. Después vienen los matices, los segmentos. Primero la “identidad”, pertenecer al pueblo.

Pueblo como categoría histórico-mítica

“En esta pertenencia al pueblo -dice -convergen dos tipos de categorizaciones: la categorización lógica y la categorización histórico/mítica. Y las dos hay que usarlas".

Aclaremos que “el mito” es “un relato” que expresa verdades que escapan a la razón. Para Platón, una forma de explicar el origen del mundo, del alma y de Dios, y el reino del devenir. Este maestro recurre a él para expresar las realidades complejas, pues el mito está relacionado con la idea, aunque no es la idea y está relacionado con lo concreto, pero no es simplemente lo concreto. Es expresión de la tensión que hay entre lo histórico y lo transhistórico, entre lo trascendente y lo inmanente.

Cuando Bergoglio nos dice que “pueblo” es una categoría mítica alude a la verdad de los acontecimientos primordiales, fundantes, históricos y transhistóricos. Suceden en el plano de nuestro universo social y religioso por las formas en que se revela Dios en la cultura de un pueblo como unidad. El mito es el fundamento del carácter (ethos), el espíritu y sentido de un pueblo. Tiene la función de fijar arquetipos y trasmitir valores y se repite a través de los ritos. Es imprescindible cuando el hombre no se reduce a ser parte de la “masa” y decide ser ciudadano y pueblo.

“El bien, la verdad y la belleza” en unidad

También el Arzobispo nos recuerda que para constituirnos como ciudadanos en forma integral tenemos que tener presente a los trascendentales: el bien, la verdad y la belleza, valores que deben estar en unidad en nuestras acciones tendientes al bien común. Y para conocer el corazón del pueblo y para pertenecer a él hay que “ir con el pueblo”, dice Bergoglio.

Luego, el entonces Cardenal primado se pregunta: “¿Qué conspira contra nosotros ciudadanos, nosotros pueblo?”.

“La primacía de lo individual y de lo sectorial por encima de todo y todos. El primado del interés individual por encima del bien común, de un proyecto colectivo de mediano y largo plazo… El coyunturalismo o el cortoplacismo…la política del no encuentro y la confrontación permanente”.

De todo lo cual se aprovecha el diablo que divide, ávido comedor de pedazos.

“¡Es necesario un proyecto integrador…no es posible una cultura política de la confrontación… del no encuentro, donde el conflicto es mas importante que la búsqueda de la unidad! … La unidad es superior al conflicto”.

“¿Es posible en la Argentina de 2010 un proyecto de este tipo?”.

Fue imposible. ¿Será posible en el 2020?