El presidente de los Estados Unidos Donald Trump (REUTERS/Yuri Gripas)
El presidente de los Estados Unidos Donald Trump (REUTERS/Yuri Gripas)

Si fuera posible encontrar un patrón de conducta que permitiera decodificar los comportamientos comunes de pueblos diversos, diría que no es fácil pero no una tarea imposible.

Las sociedades del presente saben más de todo lo que las rodea que las de hace pocas décadas. Se puede ser indígena boliviano o profesor parisino y saber de todos al instante por las redes sociales en el mismo momento.

Las redes sociales -desde los teléfonos móviles- nos ponen en estado de alerta inmediato y todos sabemos la vida de todos. No digo nada que no sepamos todos. En el fondo Jean Paul Sartre viene ganando aunque no nos guste demasiado: la realidad del mundo interior viene claudicando y líderes religiosos no son magnéticos y filosóficos sino más bien políticos. No se trata de volver al existencialismo sino al pragmatismo. Eso es lo que nos pasa y no lo advertimos. La crisis del Estado de Bienestar no es un asunto ficcional.

Es un mundo en tiempo real, repito. Esta revolución ya se consagró hace poco tiempo y sin embargo la sociología no toma en cuenta que todo pasa de manera inmediata y lo que vale hoy, dentro de 24 horas puede mutar. Es más, va a mutar. Eso nunca fue así, todo tenía cadencias y tiempos. Argelia, Sudán o la independencia de Israel no eran asuntos de un día para el otro. Un default económico se venía venir, hoy se instala en cuestión de segundos.

La democracia ahora es porosa, vive de las percepciones y no de lo fáctico. Y hemos vuelto a un mundo casi de agentes secretos, grabaciones, infiltrados y donde el bien no siempre es el bien y el mal no siempre es el mal.

¿Es la victoria del capitalismo? No, es mucho más complejo, ojalá fuera tan sencillo. Los que seguimos las sesiones ucranianas del tema Donald Trump sabemos cómo terminará todo en el Senado estadounidense. Y ni los malos son tan malos, ni los santos eran santurrones haciendo caridad por aquellas tierras. ¿Me explico? El mundo no es binario, solo los infantiles lo miran de esa forma para dormir en paz y justificar sus existencias templarias. (La entrevista de Lula en El País de Madrid de estos días es la muestra acabada de eso donde brinda una entrevista en clave de víctima, con saco a la moda perfecto y remera de marca estupenda. El mundo se ríe de nosotros y nosotros no nos damos ni cuenta.)

Los poderes no siempre advierten que esto es así, manejan sus tiempos con dilatorias, y los parlamentos son casi una institución del pasado. Es evidente que el timbre le está sonando a lo institucional del poder. (Las sesiones inglesas sobre el Brexit han sido una lección de cómo el parlamento está en fase de afectación aguda).

Los parlamentarios del presente en el mundo no terminan de captar que la velocidad de la acción de gobierno es supersónica y que no hay tiempos para sus discursos estilo Demóstenes. Y, a esto se agregan, los “minué moralinos” de todos y son algo impactantes: todos se escandalizan por alguna expresión de Donald Trump en su estilo frontal pero muchos aplaudieron las diligencias monárquicas de la Corona Española en plena isla de Cuba en medio de honores dispensados que deberían ser motivo de preocupación. Hasta Andrés Oppenheimer -siempre tan celoso de todo lo democrático- exaltó la parte del discurso del rey que la dictadura no mostró. Claro, los intereses españoles son los de siempre, y ante eso hay poco que hacer, España vela por sus inversiones y su turismo en la isla. Una pena que los pobres cubanos que viven en esa dictadura hace décadas no puedan comprender semejante generosidad.

Se agrega a esto que la capacidad de autoconvocarnos como ciudadanos ante lo que realmente nos compele es inmediata. Es más, por WhatsApp o por Twitter los presidentes nos hablan y los pueblos contestan por el mismo sistema en las calles. Es un mundo Truman Show. Hasta el derecho de “Asilo” de Evo Morales es un derecho de repiquetear ante el planeta su mensaje. (Eso no lo consagran las convenciones internacionales). Justamente por parte de quien violentó el respeto al pueblo en varias oportunidades. El derecho de Asilo no es “eso” pero como todo está tergiversado ya nadie es capaz de llamar a silencio a nadie y nadie le pone el cascabel la gato.

El arma que construye el poder es la misma que lo “deconstruye” con el mismo puente. Los medios de comunicación son ligas de fans. ¿O creyó el poder que el instrumento iba a ser unidireccional y que solo los followers de un lado no serían valiosos? ¿No advertimos que el día que nos conectamos todos con todos –sin intermediación de los medios de comunicación que seleccionan lo que entienden tenemos que ver- ahora todo es posible y la anarquía se transforma en agitación permanente y llamados de atención cuando lo insoportable se hace carne en la masa (que somos todos)?

Somos tontos fanáticos: los de la derecha odian a los de la izquierda y así siguen en círculos virtuosos cuando en realidad es la misma panorámica según donde se la esté viviendo. El mundo no es Netflix es una caja mucho más complicada donde los optimistas cuantitativos como Steven Pinker poseen razón en lo macro pero pierden como en la guerra en cada espacio concreto que se les muestra la violencia, la degradación, la mujer derribada, los abusos sexuales y la desigualdad social junto a bolsones de hambre. Sume la droga, la depresión, el cansancio y solo los empleados de Starbucks estarán felices en el planeta con sus bonos de papel obtenidos por estos días.

Son tiempos, perdonen, nuevamente donde Bakhunin y Proudhon vuelven a escena. La violencia empieza a tener cosecha y los que la validaban, ahora ni siquiera lo tienen que hacer militando: se instala sola, por mérito de la desigualdad, del hambre cuando es real y de la “operación” que también existe y no deja de tener su espacio. (Si, volvemos a una nueva guerra fría, no es novedad, nunca salimos del todo de ella).

Los que trabajamos con la ley y contra el poder del narcotráfico sabemos de lo que hablamos: un pequeño narcotraficante hoy maneja en vilo una localidad y nadie sabe como hacer para desmontar su poder exasperante. Y la violencia como respuesta no termina siendo efectiva. Pero domina y gana. Esa es la evidencia.

¿Qué es lo que ahora hace tan exasperante, tan violento y tan anómico nuestro comportamiento? Justamente que las convocatorias son en base a reclamos que la gente percibe como reales (por ende son reales) y la insatisfacción y desconfianza son fulminantes con el que decide, o sea con el poder. La gente cuando aliena no inventa su fobia, sus manías, sus locuras, son de verdad: o las entendemos y las asumimos o nos incendiarán Roma. Nerón existió. Y las calles cuando se plagan de gentes o es por agitación o por fundamentación, al final, los resultados son parecidos. Aunque nos duela.

Ser gobernante hoy no es para cobardes, menos para gente sin plan, y menos aún para buscadores de fama: solo gente que quiera servir a su comunidad, que sepa que hasta peligra su vida, es la gente adecuada para estos tiempos. Son tiempos heroicos de verdad. Y no de carácter expansionista: son tiempos donde los que estén en la cancha de lo público deben “servir” en el sentido judeo-cristiano del término.

La insatisfacción se nota en los salarios, en la dignidad de la gente y en esa enorme separación que existe entre lo que representa el poder y quienes lo consolidan (la ciudadanía anónima). Los que se abusaron del poder ofenden y esa ofensa ha hecho que mucho de lo que se viva sea lo que vemos por los medios día a día. La gente no es tonta y logra intuir quien está ubicado en que lugar.

El ciudadano no termina de estar “cómodo” con Estados que no resuelven su problema cotidiano, que le incrementan los servicios y que además no les creen en sus relatos. Y el interlocutor o está jugado al mil por mil a su causa y logra empatizar con ella o está perdido. (Por supuesto que hay relatos interesados, cada día me produce más indignación la televisión alemana (DW) marcando el rumbo ideológico negativo de Estados Unidos. Causa pena como un servicio del Estado está para aplaudir causas. Ayer nomás un documental mostraba la pobreza en los Estados Unidos, raro que no muestren como viven los sirios en Alemania. En eso la BBC sigue siendo un faro guía).

Ya no importa si es derecha o izquierda el pilar en el que se recuesta el liderazgo del mundo actual. En algún punto se detona la bomba social, y no es una conspiración de nadie (aunque existan quienes aviven más el fuego) pero la mayoría de las movilizaciones son hijas del enojo. Y los enojos lo son todo siempre.

Por eso en las revoluciones del presente no hay líderes como había en la revolución del 68 parisina. Hoy, son millones los que tienen la representación de la masa, y es “nadie” el que la posee. Este es uno de los problemas que tenemos ¿Cómo se soluciona un conflicto, una demanda popular si el que tiene que “negociar” por ella no está en la mesa y nadie puede asumir dicha representación?

Digamos las cosas como son, aunque molesten: la izquierda siempre pretendió asumir el rol de máximo representante del pueblo o los movimientos autoproclamados populares. La izquierda sabe encarnar un relato del relato con cierta épica y hasta hidalguía actitudinal. Históricamente se posicionó en ese lugar: ellos son el pueblo.

Y el otro pueblo, el de la derecha, los moderados, o como se llamen, es un pueblo menos afín a la justicia social, menos popular, menos todo. Y como quedó encerrado en la absurda lógica “chomskiana” donde todo lo demás era lo neoliberal, el mal, el mercado, la injusticia quedó del lado de los antihéroes. Un regalo ideológico que solo algunos combatieron con uñas y dientes pero que nació para no ganar la batalla retórica.

Es así, guste o no, esa es la evidencia empírica en el plano filosófico (luego podemos abrir un debate si en nombre del socialismo real se cometieron barbaries como la de Stalin y otras, pero ese es otro debate. Excepto para Marx, Fidel y el Che que siguen siendo referenciales y fuera del formato. Es que los mitos no son lógicos. Punto.)

Ese fue el relato de la izquierda en el mundo, por eso los movimientos sociales son más afines a la izquierda, la cultura es de izquierda y los sindicatos tienen basamentos en la vieja izquierda italiana. Antonio Gramsci solo declamó el camino, luego la realidad demostró su enorme lucidez al interpretar que la victoria primero es cultural (en la cabeza de la gente) para luego ser social y verdadera. La justicia era de ellos, el resto era lo que quedaba de la cena, migajas, algunas razones y un replanteo clásico que sonaba a revivir a Adam Smith.

Pues bien, esa vieja izquierda que se supone que entiende más al pueblo que nadie tampoco puede asumir personería por estos pueblos en las calles actuales. Está atontada, sin rumbo y sin la menor idea de cómo sacarse de encima dictadores vergonzantes. Es más, el pueblo, los indígenas, los chalecos amarillos, o quien sea: no se dejan atrapar por nadie que los quiera marcar a fuego para utilizarlos luego electoralmente. (A la salida de París los Chalecos Amarillos no están, solo es Africa muriendo de hambre y causando vergüenza a quien sigue considerando a la capital francesa el centro de la igualdad, libertad y fraternidad. Convendría no mentirse tanto. Vayan y miren, es una fotografía irreal.)

La desconfianza es la regla del presente. Hace unos días veía cómo el Sr. Miguel Insulza, eterno socialista chileno, decía “generalidades” en torno a la realidad. Eran palabras vanas en tiempos de exigencia práctica, y pensaba para mí mismo: si yo fuera chileno sentiría que también esos discursos de tirios y troyanos ya no me representan. ¿Qué me agrega este señor de traje azul, con voz de sabio impostada y con sumatoria de lugares comunes? Nada, nada de nada.

Sí, la realidad se nos vino encima, no queremos que nos comprendan, ni que nos alaben, solo queremos que nos arreglen nuestros problemas, y eso es lo que la clase política mundial no termina por entender. Por eso ganó el Sr. Donald Trump, porque por fuera de todos los códigos políticos un día pateó la puerta del sistema y partió en mil pedazos las redes del poder, aunque él sea la máxima expresión de ese poder. Por eso otros líderes que no son sencillos de digerir siguen en pie porque el juego se está poniendo cada vez más duro y las respuestas no pueden ser demasiado flexibles.

Paradójicamente, China, la eterna China con sus tiempos inmemoriales, sigue a paso firme en un plan que solo ellos sabrán donde terminará. Obsérvese el proceder chino, su economía, el grado de contaminación planetaria y sus objetivos. Si no se entiende la tensión de semejante asunto, francamente, no se entiende nada. ¿Alguien podrá hacer algo ante ellos o el camino está marcado?

¿Cuál es la consecuencia de esto? Es sencilla, la política que tenemos que producir es distinta a la del pasado. (Por eso El Guasón no es una casualidad cinematográfica, no existen las casualidades, todo interpreta a su tiempo.)

Premisa: si los pueblos quieren asumir buena parte de la conducción, es vital entenderlo y devolver por medio de democracia directa esa posibilidad. No captarlo es someter al ciudadano a una inhibición absurda. Los plebiscitos, los referéndum, las consultas vinculantes a la ciudadanía hoy se pueden hacer de manera mucho más rápida y más efectiva. Pero no alcanzan, se pide más, y más, y más. Participación pero real, no declamatoria, no filantrópica, direccionada y con sentido de plan estratégico. Sabemos lo que hay que hacer, pero no nos disponemos a hacerlo.

La “legitimidad” de la que nos enseñó todo el maestro Max Weber es otra. No solo de origen, de tradición, de burocratismo y de saber profesionalizado: es una legitimidad de resultados.

Sin resultados y sin volver al ágora participativa, donde las mayorías reales conduzcan y no hagan que conducen, habrá alguna chance. Pero tiene que ser verdadero el movimiento.

De lo contrario estamos en las puertas de tiempos mucho más violentos, proudhonianos o bakhunianos. No debería llamarnos la atención. El hombre ya tiene hace rato todo el potencial para semejantes asuntos y curiosamente, por suerte, no los ha aplicado en toda su criminalidad. Sería buena cosa evitarlo.