John Steinbeck
John Steinbeck

En tiempos de cuidado del medio ambiente, de preservación de la naturaleza y de mayor compromiso con nuestro entorno ecológico, el texto bíblico que estudiamos estos días hace ya referencia a la especial relación que debemos tener con el mundo animal.

Decía Mahatma Ghandi: "Un país, una civilización, se puede juzgar por la forma en que trata a sus animales". Los animales son sin dudas seres de Dios. El problema del planeta es cuando nosotros, los homo sapiens, nos transformamos en bestias.

En el texto bíblico, entre las prescripciones que presenta el Deuteronomio, podemos encontrar la obligación de ayudar a un burro con mucha carga, la de no dejar abandonado a un animal perdido, no colocarle un bozal al toro mientras hace la trilla, o la de no obligar a arar juntos a un toro y a un burro por la diferencia de sus fuerzas.

Debiéramos poder trasladar estos compromisos entre nosotros. Desde este nivel de detalle y sensibilidad, el texto nos invita también a repensar cuánto ayudamos en la carga de nuestro prójimo, en nuestra responsabilidad con los abandonados, en el bozal de la censura a las diversas libertades de opinión o de elección, y a trabajar en potenciarnos desde nuestras diferencias.

Quisiera detenerme en una prescripción en particular, por lo curioso que resulta: "Si aparece un nido de pájaros en el camino, en cualquier árbol, con polluelos o huevos, y la madre yace sobre ellos, no habrás de tomar la madre junto con las crías. Liberarás a la madre, y las crías podrás tomar para ti, para que te vaya bien, y se alarguen tus días" (Deut 22:6-7).

Se puede rescatar el cuidado por la preservación de la especie, o el resguardo del dolor de tomar al mismo tiempo para el consumo, a la madre con las crías. Sin embargo lo más extraño del texto resulta ser la recompensa que aparece sobre el final. No es natural que figuren textualmente recompensas a cambio de alguna buena acción. En tal caso apenas podemos encontrar otra prescripción donde a cambio de cumplirla se nos alargarán los días sobre la tierra: la del respeto al padre y a la madre en los Diez Mandamientos.

¿Recompensas y castigos? ¿Tenemos pago por nuestras buenas o malas acciones? ¿Es acaso la vida tan binaria, donde el que hace el bien recibe recompensa y el que no, recibe castigo? ¿Por qué entonces somos testigos tantas veces, de cómo las cosas suceden justamente de manera contraria?

Aún sabiendo que el Universo se comporta de manera misteriosa, y que la vida no es un simple juego matemático, solemos esperar recompensa por nuestra buena conducta, y entendemos a veces como un castigo situaciones o problemáticas que tienen que ver con las leyes que rigen ese Universo.

Por más que hagamos algo bueno porque sentimos que debemos hacerlo, de manera completamente desinteresada, sin esperar nada a cambio, aún así, esperamos de todas formas alguna recompensa, un reconocimiento, un honor, una palmada en la espalda.

 

Valgan un par de ejemplos. Llevamos adelante un gesto solidario y caritativo con alguien. Jamás esperaríamos que nos den ni devuelvan nada a cambio. Lo hacemos desde nuestra cosmovisión más generosa y desinteresada. Al día siguiente esa persona se cruza por nuestro camino y no nos saluda. Entonces nos indignamos y nos preguntamos cómo puede tener la cara de no reconocernos.

¿Lo hicimos esperando que el hombre nos reconociera, nos felicitara, nos saludara, nos honrara, o alguien desde arriba nos recompensara? ¿O hacemos las cosas porque es nuestra responsabilidad hacerlas?

Amamos a nuestros hijos y los amamos porque sí. Los amamos y daríamos todo por ellos. Todo, es todo. Daríamos hasta la vida por ellos. Después de todos esos años de entrega amorosa, el joven crece y no responde exactamente a las expectativas que esperábamos. Y entonces la frase: "Con todo lo que yo hice por vos, con todo lo que yo te di….". Lo que hicimos por ellos, era por nuestro deber como padres, por nuestro compromiso, porque somos responsables, porque así lo quisimos, porque nadie nos lo exigió, porque lo hicimos desde el alma. Y sin embargo, en algún lugar reservado del inconsciente, siempre estamos esperando algo, alguna devolución, alguna recompensa.

Pero el amor de padres a hijos no es retornable, es sólo transferible. Si vas a esperar una devolución por haber amado a tus hijos, sólo debes mirar el modo en que ellos amen mañana a sus propios hijos. No esperes una devolución en la misma medida. Ese amor es transferible, no es retornable. Esa es la recompensa.

Solemos hacer las cosas esperando alguna compensación. Recompensa, honor, respeto, devolución, o reconocimiento. Sin embargo debiéramos hacer aquellas cosas que estamos llamados a hacer, por el arte de embellecer nuestro mundo, nuestros días y nuestro alma, sin esperar nada a cambio más que la belleza de haberlo hecho, y haber dejado entonces, un mundo más bello.

En el Talmud (la enciclopedia de la sabiduría judía que comienza a escribirse en el Siglo II) en el Tratado de Kidushin, aparece este dramático relato: nos cuentan que una vez un hombre que estaba paseando con su hijo por el campo. De pronto ven un árbol con un nido en sus ramas. El padre le dice a su hijo: "¿Ves ese nido? Te pido que subas, tomes a los pichones y recuerdes la prescripción de dejar volar libre a la madre". El joven acepta, cumple con la prescripción de respetar a los padres, agarra una escalera, sube al árbol, toma los pichones y deja libre a la madre. En ese mismo momento el muchacho está cumpliendo con las dos ordenanzas que prometen larga vida. Cuando baja del árbol, se cae y muere.

Los sabios comienzan a debatir en el texto, intentando encontrar alguna explicación al desastre. Uno de ellos dice que es imposible, que es sólo un ejemplo, que eso nunca pasó. La clásica respuesta de los negadores de la realidad, del fanatismo ciego que se niega a que el texto sea confrontado con la realidad.

Otro rabino asegura que fue un hecho real, y que el testigo al ver lo que sucedió, abandonó a Dios, y a su fe. Cuando las reglas de la fe no se ajustan a nuestra interpretación, solemos pensar que lo que quizá no existe sea Dios, antes de revisar qué es lo que entendemos por lo divino.

Otro sabio plantea que la recompensa sólo se recibe en el mundo venidero. Pero no a todos les alcanza la respuesta de por qué la gente buena sufre, para otra vida que no sea esta.

Otro propone que el chico debía estar pensando en cosas perversas. Pero es rebatido rápidamente, ya que el pensamiento no cuenta, sino la acción.

Hasta que un último rabino se pregunta: "¿Y si la escalera estaba rota?".

El mundo se comporta de manera completamente previsible. Aún más allá de nuestro comportamiento, nuestra conducta e integridad. Las leyes del Universo son amorales, no se rigen por las reglas de la moral. Se pregunta ese mismo sabio: "si una persona le roba a su vecino un saco de semillas de trigo y lo planta en su campo, ¿acaso no va a crecer el trigo por haber sido robado?"

Las leyes del universo no tienen moral. La escalera estaba rota. Y eso no es ni bueno ni malo. Simplemente, es. No son castigos ni recompensas. La vida lleva belleza y magia alrededor, pero no debemos dejarnos llevar por pensamientos mágicos. La escalera era frágil. Frágil como nuestras convicciones, nuestros sentimientos, o nuestra salud. No nos sucede la enfermedad ni la muerte por ningún castigo divino. Sino porque éste es un mundo de escaleras frágiles.

Estamos rodeados de escaleras frágiles. La salud es una escalera frágil. La amistad es una escalera frágil. La relación con los hijos es una escalera frágil. La relación con los padres es una escalera frágil. La fe, el perdón, el amor son escaleras frágiles. Pero las escaleras nos unen a aquello adonde queremos llegar. Es a través de escaleras que nos unimos a los nuestros, al cielo, y a nosotros mismos. Y a pesar de estar rodeados de escaleras frágiles, no podemos dejar de escuchar el susurro de nuestros padres, de nuestra historia, de nuestra conciencia, diciéndonos "Andá y hacé volar ese ave que tenes en el alma, sé libre, hacé lo que tenés que hacer, cumplí con lo que tenes que cumplir. Sé un hombre, una mujer, un humano responsable, comprometido y amoroso. Sentí que la verdadera y mejor recompensa, es la de haber hecho lo que debías hacer, y hacer de este mundo un lugar más bello. Y hacé que la fragilidad de las escaleras que te regale la vida te hagan cada vez, más fuerte".

Un maestro le preguntó a sus discipulos: "Hay dos hombres en una escalera. Uno está en el cuarto peldaño, y el otro está en el peldaño 20. ¿Quién está entonces más alto?"

Los alumnos sorprendidos respondieron: "El que está en el peldaño 20!"

Y el maestro les dijo: "No amigos… depende si se está subiendo, o si se está bajando. Todo depende para qué lado, se encuentre yendo cada uno".

El autor es rabino de la Comunidad Amijai,
y Presidente de la Asamblea Rabínica Latinoamericana del Movimiento Masorti.