El Grupo de Contacto Internacional (GCI) sobre Venezuela
El Grupo de Contacto Internacional (GCI) sobre Venezuela

La europarlamentaria Beatriz Becerra lo dijo con todas las letras. Y le alcanzó con un tweet:

Ello debido a que esta semana se reunió el grupo en cuestión en San José de Costa Rica. Y, en efecto, una vez más emitió una declaración expresando su "preocupación" por la situación de Venezuela. A todas luces insuficiente, tanto que dicho grupo no parece tener más razón de ser.

Es una historia corta, pero historia al fin. El Grupo Internacional de Contacto se creó en febrero pasado a instancias de la jefa de la diplomacia europea, Federica Mogherini. Nunca quedó claro cuál era su verdadero propósito. Ello debido a que se planteó básicamente un solo objetivo, irrealizable si la intención era la democratización de Venezuela: elecciones en 90 días, justamente, y además organizadas por Nicolás Maduro.

Si Maduro es ilegítimo, un usurpador del poder, difícilmente pueda entregársele la responsabilidad de convocar a elección alguna. Y mucho menos en 90 días, con las mismas instituciones electorales que siempre garantizaron que el vencedor fuera…pues, sí, el propio Maduro.

El Grupo de Contacto jamás admitió la recomendación de ningún experto electoral creíble: la necesidad de una transformación de raíz del sistema electoral—de comienzo al fin, desde el empadronamiento de los votantes hasta la metodología utilizada para contar los votos—a efectos de llevar a cabo una elección libre, justa y transparente. Y que dicha tarea requiere bastante más de 90 días.

La reunión inicial se llevó a cabo en Montevideo, un concurrido tour de la diplomacia europea por el Cono Sur de América Latina. Fue llamativo por decir lo menos. Dicha iniciativa europea no contó con la participación de la OEA, la organización regional más importante. Imagínese ello en reverso: una crisis política en una nación europea en la que una gestión diplomática de la OEA no incluya la aporte formal de la Unión Europea.

Desde el comienzo fue una verdadera ensalada de posiciones contradictorias en lo fundamental. Muchos reconocieron a Juan Guaidó como autoridad legitima, todos los europeos más Costa Rica y Ecuador. Otros, como Bolivia y Uruguay, siguen reconociendo al régimen de Maduro y se refieren a Guaidó como "autoproclamado".

En ocasión de dicha reunión el canciller de Tabaré Vázquez había asegurado que el gobierno uruguayo estaba en desacuerdo con la liberación de los presos políticos, la observación internacional independiente y la participación libre e igualitaria de todos los partidos como condiciones para la supuesta elección. No son condiciones que puedan facilitar la democratización del país.

Pero así funciona la diplomacia europea (y la uruguaya). Es un absurdo, un viaje a América Latina cuyo real objetivo ha sido disputarle el terreno a Estados Unidos en su zona de influencia. Un intento tardío y mal ejecutado, pero en ello reside una buena parte de la llamada "identidad europea".

Para dejar en claro lo que piensa Maduro sobre la tarea de organizar elecciones en 90 días que le encomendó el Grupo de Contacto, esta misma semana el régimen desplegó una razzia represiva contra varios miembros de la Asamblea Nacional. Ello incluyó el encarcelamiento del vicepresidente de la misma, Edgar Zambrano, y una campaña de intimidación de los paramilitares por medio de amenazas escritas en los frentes de las propias viviendas de muchos otros diputados.

Ante ello, y al mismo tiempo, la diplomacia europea continúa con vacilaciones que se prolongan indefinidamente. Enfrentarse al mal con la ambigüedad es garantía absoluta de derrota. El mal tiene coherencia, estrategia y determinación. El mal no duda, y la duda de las democracias lo hace aún más fuerte.