Todas las noches vienen al estudio de televisión un puñado de personas que, sentadas en el plató, me acompañan durante la emisión del programa, que dura hora y media y se propala en vivo y en directo. Muchas de esas personas no viven en Miami, vienen de otras ciudades de los Estados Unidos, de Canadá, de países de América Latina, principalmente Venezuela y Colombia. A veces, aunque parezca mentira, vienen a visitarme al estudio personas que residen en España, en Suiza, en Australia, y están de paso por Miami. No es que viajen a Miami expresamente para visitar mi programa, es que, ya estando en Miami, aprovechan para venir a saludarme al canal.

¿Cómo es que tanta gente, en los lugares más remotos e improbables, ve mi programa? Gracias a las maravillas tecnológicas de nuestro tiempo: una audiencia inmediata nos ve por el canal Mega, que cubre el territorio vasto de Estados Unidos y Puerto Rico, pero otro público numeroso, quizás mayor, nos ve por Youtube, cuando quiera, donde quiera, tantas veces quiera. Previsiblemente, muchos de los visitantes traen copias de mis libros, me piden que las firme y siempre, siempre, desean hacerse fotos, ya nadie pide autógrafos, como cuando comencé mi carrera en la televisión, hace treinta y cinco años, en noviembre de 1983, en un canal de Lima.

Aquella noche, que dio origen a la tormenta, vino al estudio una mujer joven, escandalosamente bella, insolentemente atractiva. Desacostumbrados a que una chica tan linda visitase el canal, todos en el estudio nos alborotamos, y cuando digo todos me refiero a mi productor, a mi editor, a los camarógrafos que son también mis amigos, al sonidista, al director de cámaras, a la jefa de piso. ¿Cómo era posible que esa criatura angelical se hubiese descolgado en el ámbito generalmente desangelado de nuestro canal? ¿A qué extraño conjuro se debía que esa joven tan llamativa, tan refinada, tan deliciosa de mirar, hubiera elegido perder dos o tres horas con nosotros, mirando el programa a pocos metros, sentada en una austera silla plegable, cuando podía contemplarlo en su casa, sin contaminarse de nuestras miradas bucaneras y apetencias malsanas? Vine a saberlo al final del programa cuando, tímida, delicada, se acercó a mí, no me pidió una foto, me dijo que le encantaba el programa y me pidió que le diese una oportunidad como practicante o interna en mi equipo de trabajo. Mirándome con unos ojos almendrados, dulces, hablándome con una vocecita suave y casi pueril, me dijo que no aspiraba a ganar dinero, a cobrar un salario, sino a trabajar conmigo, a colaborar en mi equipo, a desempeñar las tareas que yo considerase más apropiadas o necesarias, porque lo que ella quería, recién graduada de periodista de una universidad de Miami, era aprender de mí, aprender conmigo.

Naturalmente, y pido perdón, la belleza de aquella joven, que parecía una modelo profesional, me turbó enseguida, obnubiló mi juicio, me hizo imaginar toda suerte de colaboraciones que ella podía procurarme, me llevó a maliciar muchas cosas periodísticas y no tan periodísticas que yo podía enseñarle, me hizo sentir que no era el viejito gordinflón que soy, sino el niño terrible que alguna vez fui y que de pronto seguía vivo con unos bríos eróticos que ya creía perdidos, y me urgió a decirle, como un pirata dispuesto a asaltar su navío, que la llamaría sin demora y haría todo cuanto pudiese para darle una oportunidad en mi equipo de trabajo, siempre que me facilitase unas señas. Muy lista, sacó enseguida su currículum y me lo entregó. Le prometí que la llamaría o le escribiría. Todos los hombres en el estudio, inquietos y babosos por su presencia, me odiaron, desde luego.

La chica, todo hay que decirlo, era venezolana, y se había arreglado o emperifollado o producido como si fuera a una fiesta, y no procuraba disimular sus pechos gloriosos y su trasero invicto, pundonoroso, ubérrimo, unos campos o unos valles o unas cuevas cálidas que yo, a buen seguro, imaginé hollando, conquistando, algún día, como parte de nuestro intercambio de saberes periodísticos.

Tanto me perturbó aquella joven que esa misma noche, en la cama con mi esposa, se lo conté todo, absolutamente todo. Le dije: "Es un bombón, una delicia, la chica más linda que ha ido en años al estudio; me hablaba y le miraba los labios y quería comérselos; se me paró de solo mirarla, no sabes el potito que tiene, es una maravilla". Mi esposa, que me conoce mejor que nadie, y sabe que no soy un hombre virtuoso o recatado o desprovisto de fabulaciones calenturientas, celebró, riéndose, mis cuentos de viejo verde y me pidió el currículum de la chica. Una vez que leyó su nombre, empezó a fisgonear en las redes sociales todo lo que era conocido o público sobre aquella señorita inquietante. No solo vio sus fotos, abundantes fotos en traje de baño, en playas paradisíacas, en destinos exóticos, sino que descubrió que era hija de un magnate venezolano, acusado de socio o amigote de la dictadura de ese país, y que dicho señor poseía una vasta fortuna y no se cortaba en exhibir sus aviones, sus yates, sus mansiones, una vida suntuosa de la que, por supuesto, también disfrutaba sin pudores mi flamante amiga y posible colaboradora. Mi mujer, riéndose de mi ingenuidad, me dijo que, si la chica tan linda, que a ella por lo demás no le parecía tan linda, era hija de un millonario venezolano acusado de chavista, era evidente que no me había visitado porque le gustase mi programa y en verdad desease trabajar conmigo, sino para, una vez dentro de mi equipo, grabarme, espiarme, tenderme trampas y celadas, envenenarme o, más probablemente, turbarme tanto con sus encantos como para que yo diese un paso en falso, y entonces grabarlo, grabarnos, y propalar el vídeo del escándalo, y enjuiciarme por acoso sexual. Por eso mi mujer me aconsejó que no hablase más con esa chica y que en ningún caso le diese cabida en mi equipo de trabajo. Yo no llamé a la chica linda, ni le escribí, y pensé que no vendría más al estudio.

Pero me equivoqué. Hubiera sido mejor que no regresara. No imaginaba el lío gordo en que estaba metiéndome.

Porque ella, de nuevo arregladísima, bellísima, coquetísima, regresó una noche, y me dijo que no quería presionarme, pero de veras quería aprender de mí, o aprender conmigo. Yo la llevé a mi oficina, nos sentamos a solas, fui víctima de toda laya de pensamientos malsanos, indebidos, promiscuos, sicalípticos, y, contrariando la sugerencia o advertencia de mi esposa, le ofrecí un trabajo, le encargué una comisión. Le dije que mi editorial me había pedido un libro con mis mejores entrevistas, y casi todas esas entrevistas habían sido emitidas en canales de Miami y estaban ahora colgadas en Youtube, y necesitaba que ella las transcribiera una a una, comenzando por la que le hice a Shakira hace tantos años, cuando vivía enamorado de ella. La chica, tan linda, tan dulce, tan inocente, se entusiasmó, me dijo que haría el trabajo encantada, y me recordó que no me cobraría un céntimo. Insistí en pagarle, pero dijo que solo quería trabajar conmigo. Acordamos que transcribiría la entrevista a Shakira y me traería las hojas. Nos dimos un beso en la mejilla. Cuando caminaba a su auto de lujo, le miré el trasero bien apretadito en un pantalón blanco. Pensé, y pido perdón, quiero que esta chica sea mi asistenta, sí que quiero.

Llegando a la casa, preferí no contarle a mi mujer que la bella joven, hija del magnate sospechoso, me había visitado nuevamente, y le había encargado transcribir la entrevista a Shakira.

Días después, viajamos a Turks and Caicos para celebrar los treinta años de mi mujer. Estando en esas islas preciosas, la chica linda me escribió un mensaje de texto, saludándome y diciéndome que había terminado el trabajo que le había encargado. Mi celular no tiene clave o contraseña y casi no lo uso, generalmente está apagado y solo escucho los mensajes. Para mi infortunio, y no sé en qué circunstancias, mi mujer leyó el mensaje de la chica linda y me preguntó qué estaba pasando. Le conté todo. Mi mujer, muy a su manera, con gran elegancia, se enfadó, pero no me lo dijo, aunque, cuando yo quería besarla, solo me ofrecía la mejilla, no los labios, señal de que estaba furiosa, pues ella, cuando se molesta, no me lo demuestra, tiene la finura de ocultarlo.

De regreso en Miami, mi mujer habló con mi productor, le pidió información detallada sobre la chica linda y, sin decirme nada, le escribió un largo mensaje a mi admiradora, o colaboradora, o espía, o Mata Hari. Me enteré de todo aquello cuando mi mujer, de madrugada, sin alterarse ni subir la voz, en tono casi risueño, conspirativo, me leyó, palabra por palabra, su mensaje guerrillero. En resumen, le decía: "Sé quién eres, he visto tus fotos, eres muy joven, muy linda, seguramente muy inteligente, y mi esposo es un hombre, y no quiero que seas su asistenta, que trabajes con él, porque sé cómo es mi esposo, así que te pido por favor que lo dejes en paz, que no lo presiones, que no te aparezcas en el estudio, y que dejes de ofrecerle tu colaboración, y en cuanto a la entrevista a Shakira, no la necesitamos, porque ya otra chica la había transcrito".

Me sentí fatal. Me dio pena la chica. Tal vez no era un espía, no tenía malas intenciones, de veras le gustaba mi programa y quería trabajar conmigo sin agenda oculta ni deseos de ponerme zancadillas. Pero, al mismo tiempo, sentí que mi mujer me amaba y por eso se había ido a la guerra con la bella y perturbadora practicante venezolana.

Es una pena. No vendrá más al estudio. Vendrán señoras mayores, ajadas, en bastón, en andador, susurrando que me aman, pero ella, la chica linda venezolana de los pechos gloriosos y el trasero ubérrimo, ella no vendrá más.

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