Un año después del comienzo de la ola de denuncias por abusos sexuales disparada por el #MeToo, las mujeres estamos en el centro de la escena pero también,y en una simultaneidad agobiante, en el ojo de la tormenta. A la vez que somos protagonistas de la historia como tal vez nunca antes (el movimiento sufragista que posibilitó el voto femenino podría ser considerado el mayor antecedente heroico y victorioso de este presente de reivindicaciones), nos convertimos en protagonistas de la agenda pública pero también en objeto de múltiples cuestionamientos, algunos de ellos muy fáciles de descalificar. Otros, no tanto.

Las fotos y los videos que recorren los medios y las redes sociales nos muestran activas y enérgicas en todo el mundo reclamando por lo que nos corresponde: el respeto debido por nuestros cuerpos y por nuestro talento, el reconocimiento de nuestra capacidad y la legitimación de nuestros espacios en todas las esferas. Cada sociedad, cada cultura, tiene en estos días su expresión, algunas más producidas, otras más bulliciosas y otras definitivamente novedosas. Mientras en varios países las mujeres toman las calles para pedir leyes orientadas a frenar los femicidios o para reclamar la legalización del aborto, en otros se juegan situaciones infinitamente más primitivas como el permiso para estudiar, para conducir o para vestirse sin seguir un código impuesto cuya transgresión es penada por la ley.

Pero más allá de las diferencias y las necesidades propias de cada sociedad, el sesgo humanista atraviesa el arco de reclamos. Todas exigimos dejar de ser posesión de los hombres y comenzar a ser consideradas personas individuales y valiosas en nuestras casas y en nuestros lugares de trabajo y de estudio. Todas exigimos terminar con las diferencias y con la brecha salarial y damos a conocer los nombres de aquellos que aprovecharon su espacio de poder para ir por encima de nuestro deseo y nuestra decisión. Y aquí es donde radica el mayor de los problemas porque aunque nadie duda de que durante siglos hubo hombres que abusaron de mujeres desde sus lugares de privilegio, la amplificación mediática de denuncias sin sustento jurídico nos expone a terminar haciendo algo bastante parecido a la justicia por mano propia. Y lo que se busca no es cambiar una discrecionalidad que marcó el mundo por siglos por otra sino encontrar el equilibrio que nos lleve al lugar en el que siempre debimos estar, simplemente porque somos la mitad de la humanidad y porque ese lugar nos pertenece por derecho propio.

Sin embargo, si exigimos justicia lo menos que debemos hacer es mostrarnos justas. Las críticas por la política del escrache al abusador que no deja de crecer en las redes sociales y en todos los espacios colectivos no provienen solamente de la mitad masculina del planeta sino que son cuestionamientos promovidos también por mujeres y, en algunos casos, mujeres relevantes e históricamente llamadas feministas, mujeres que no pueden ser calificadas de conservadoras o acusadas de hablar en nombre de alguna religión fundamentalista o pensamiento alejado del laicismo.

Es el caso de la crítica de arte y escritora francesa Catherine Millet, quien desde muy temprano se opuso al #MeToo y a su equivalente francés #BalanceTonPorc ("denuncia a tu cerdo") por considerar que es un movimiento que promueve el puritanismo sexual y la moral victoriana a la vez que llama censoras a todas aquellas que cuestionan el manifiesto que ella, junto con otras personalidades como Catherine Deneuve, firmaron en favor de aquello que llamaron "la libertad de importunar".

Si hay un punto interesante en el pensamiento de Millet es que ella sostiene que detrás de la denuncia arrasadora e indiscriminada hay también una mirada patriarcal porque no se contempla la posibilidad de que muchas de las mujeres sometidas lo fueron siguiendo su deseo. Las mujeres tienen derecho a decir que no y ser respetadas, dice Millet, pero también tienen derecho a decir que sí. Y también deben ser respetadas.

Si hay algo evidente -una evidencia que en países como la Argentina arrancó unos años antes, con la primera y multitudinaria movilización de Ni una Menos en 2015- es que las mujeres perdimos el miedo de hablar en voz alta y de denunciar aquello que consideramos abuso. El gran interrogante es cuáles son los límites de esas denuncias si los casos no han sido judicializados o cuando se trata de episodios del pasado, en algunos casos de un pasado remoto al punto de que la Justicia podría, incluso, considerar su prescripción. O cuando la denuncia es más una suerte de arrepentimiento o incomodidad en voz alta, un malestar por el que muchas veces pueden pasar tanto mujeres como hombres, sobre todo en el inicio de la actividad sexual, cuando todo lo vinculado a esa esfera es pura búsqueda.

Quiero ser clara: lo que estoy diciendo es que no parece sensato comparar los torpes arrebatos sexuales de un chico de 15 con una chica de su edad con las animaladas conscientes y perversas con las que Harvey Weinstein torturó a decenas de aspirantes a estrellas del show biz durante décadas y ante la mirada deliberadamente estrábica de todos aquellos que lo rodeaban y celebraban su poder.

Con respecto a estas posibles faltas de ecuanimidad, leí hace poco una conclusión -provocativa, pero interesante- de Masha Gessen, la gran columnista del New Yorker. La escribió a propósito de un caso que puso sobre las cuerdas al movimiento de denuncia ya que la denunciada era una mujer, una reconocida académica estadounidense y el denunciante, uno de sus discípulos. "Si el objetivo final de #MeToo es un cambio fundamental en las relaciones de poder – si es por cierto una revolución y no meramente una serie de intentos de castigo- entonces debería convertirse en un llamado a confrontar y discutir a la manera de las comisiones de la verdad y de la reconciliación que llevaron adelante algunas sociedades, en momentos en que afrontaban grandes cambios. Quizás las víctimas deberían enfrentar a sus abusadores y contar sus historias no solo a través de los medios sino también unos a los otros", señaló Gessen.

El mayor mérito del #MeToo es haber hecho evidente desde Hollywood al mundo lo que todas y cada una de las mujeres ya sabíamos. Ese movimiento terminó de imprimir un nuevo código de convivencia por el cual cuestiones que antes estaban naturalizadas ya no lo están. Una mujer pasada de alcohol que no puede decir "no", no está diciendo "sí". Un jefe de cualquier tipo no tiene derecho de pernada sobre sus subordinadas. Una mujer puede vestirse como se le da la gana y eso no habilita a nadie a disponer sexualmente de ella. Lo que hoy es una obviedad, hasta hace muy poco tiempo no lo era. Por eso el "yo también" se convirtió en una cadena de fraternidad, lo que no indique que todas las mujeres pensamos del mismo modo aunque tengamos en común un pasado de siglos de despojo, humillación y violencia.

Cada revolución carga con sus hechos injustos y el #MeToo incomoda, asusta, intimida a los hombres. Si las mujeres estamos ocupando nuevos espacios es porque ellos también deben abandonar los lugares a los que estaban acostumbrados. Hay hombres que se familiarizaron pronto con esta ola imparable, la mayoría de ellos son muy jóvenes y fueron criados por mujeres que se estaban preparando para este tiempo de cambio, este tsunami de usos y costumbres. Para los otros, los más grandes, los más conservadores, los menos contemplativos con la humanidad que no pertenece ni a su género ni a sus elecciones sexuales, lo que se derrumba es una construcción que los tuvo siempre en el centro de las decisiones. Está en ellos acostumbrarse y entender, porque esta revolución no tiene marcha atrás.

Pero también hay hombres que no son jóvenes que se adaptan pronto y fácil pero tampoco son dinosaurios sorprendidos con la guardia baja; son una enorme mayoría de hombres educados en un mundo que ya no es y la tierra, seguramente, tiembla bajo sus pies. Esa sensación que seguramente es desagradable para todos aquellos que además no se identifican con la categoría de predador me hace pensar en esa consigna que dice "Disculpe las molestias, nos están asesinando", cada vez que salimos a la calle para pedir basta de femicidios en países como los nuestros, donde muere en promedio una mujer por día generalmente a manos de su pareja o ex pareja.

Esta semana, durante una entrevista, Michelle Obama habló de este aniversario y fue en esta misma dirección al decir que el #MeToo promovió muchos cambios pero que la sorprendía todo lo que faltaba todavía para lograr un mundo de iguales. La ex primera dama de Estados Unidos se refirió también a las molestias causadas por este momento fenomenal e histórico y las describió como una consecuencia inevitable en medio de una revolución necesaria para terminar con un status quo que dejó por siglos las expectativas de las mujeres en la puerta de sus deseos. "Las mujeres no tenemos por qué pedir perdón", dijo, "lamento que se sientan incómodos, pero ahora estoy pavimentando el camino para la próxima generación". No parece que haya nada que añadir a sus palabras.

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