Jaime Bayly.
Jaime Bayly.

Mi mujer y yo nunca peleamos. Nos llevamos realmente bien. Hasta que la otra noche peleamos.

Como todos los fines de semana, habíamos ido al cine, a unas salas modernas, con asientos anchos, reclinables, y carta de comida y bebidas para pedir lo que uno quisiera durante la película.

Antes habíamos cenado en un restaurante japonés. Mi mujer tomó dos copas de vino tinto. Yo no bebo alcohol, tengo el hígado y el páncreas muy dañados por la masiva ingestión de pastillas de toda índole a que me he abocado en los últimos quince años, tan estragados tengo esos órganos que ya me han operado y quedé aun peor, de modo que solo tomé limonadas, como de costumbre.

Nada más instalarnos en el cine, mi mujer pidió dos copas de vino y yo un té.

La película prometía, actuaban Lady Gaga y Bradley Cooper, la crítica del New York Times era muy elogiosa, siempre leo la crítica de ese periódico antes de elegir qué películas iremos a ver el fin de semana.

A mitad de la película, cuando el personaje de Lady Gaga es ya una cantante famosa y recibe un premio, el personaje de Bradley Cooper, que es también un cantante famoso, aunque en declive, porque no puede controlar su adicción al alcohol, sube al escenario para saludar a su novia, pero está tan borracho que tropieza, se cae, se arrastra, se pone de pie, tambalea, zigzaguea y, al lado de la cantante premiada, se orina en los pantalones. Es una escena terrible, dolorosa de mirar, porque Cooper está tan borracho que humilla a Lady Gaga y se abochorna a sí mismo, pues queda como un borracho impresentable, provocando un sentimiento de repudio y estupor entre los espectadores.

En ese momento, cuando yo sufría viendo cómo el personaje de Cooper hacía el ridículo y avergonzaba a su novia, mi mujer me dijo algo que no me esperaba:

-Está igualito que tú cuando fuimos a Disney.

Me dolió que me dijera eso.

Luego la trama continúa y, a medida que el personaje de Lady Gaga triunfa por todo lo alto, la estrella artística de Bradley Cooper sigue apagándose.

Cuando salíamos de la playa de estacionamiento, le dije a mi mujer, todavía dolido por su comentario en el peor momento de la película:

-¿Cómo pudiste decirme eso? Yo en Disney no estaba borracho ni me caía.

Habíamos ido a Disney, en Orlando, con nuestra hija, hacía cuatro o cinco años.

-Estabas igualito a Bradley Cooper -dijo mi mujer-. Caminabas como un borracho. Hablabas como un borracho. Todo el mundo te miraba y se reía. Todos creían que estabas borracho. Te caías, amor, te caías.

-¡Pero no estaba borracho! -me defendí, subiendo la voz-. ¡Y no me caí! ¡Nunca me caí en Disney!

Mi mujer se permitió una risa levemente burlona, lo que me dolió aun más.

-Estabas peor que borracho -dijo-. Habías tomado tantas pastillas que caminabas peor que borracho. La gente te miraba y se reía de ti. Creían que estabas borrachísimo. Y sí te caíste, amor. Sí te caíste. Hiciste un papelón en Disney.

-¡No me caí en Disney! -grité.

-Te caíste en un museo -replicó mi mujer-. Estabas tan drogado que te caíste, y tu zapato salió volando y, cuando trataste de levantarte, no podías, ¡no podías pararte, amor!

Me quedé en silencio. Era verdad. Me había desplomado en un museo de historia natural, frente a un gran oso polar. Uno de mis zapatos había salido despedido. No había podido levantarme. La nana de mi hija me había socorrido en ese trance bochornoso.

-Bueno, me caí en el museo -admití-. ¡Pero las llevé a Disney! ¡Manejé yo todo el camino! ¡No chocamos! ¡Nos hospedamos en el mejor hotel, el Grand Floridian, y en la mejor suite! ¡Y no en una suite, en dos suites, las suites más caras del hotel, que costaban una fortuna! ¡Y fuimos con la nana!

Mi mujer guardó silencio. Proseguí:

-¡Pero tú no me agradeces nada de eso! ¡Lo que recuerdas es que parecía borracho y que me caí en el museo! ¡Y me humillas, diciéndome en el cine que me parecía al personaje de Bradley Cooper! ¿Cómo puedes decirme eso? ¿No te das cuenta de que me estás destrozando el corazón? ¡Yo jamás te he humillado como él humilla a su novia en la película!

Mi mujer respondió sin gritar, preservando la calma, algo que yo, furioso, herido en mi orgullo, no podía hacer:

-Claro que me humillaste en Disney. La gente se reía de ti. La nana se reía de ti. Tu hija no entendía por qué caminabas zigzagueando, por qué te sentabas cada diez pasos en la primera banca, o te echabas en el primer pastito que encontrabas.

-¡Pero no estaba borracho! -me defendí.

-Hubiera preferido que estuvieras borracho, amor. Estabas drogado, que era peor. Estabas tan drogado que no sabías dónde estabas, qué día era. No tenías noción del tiempo. Te perdías. No querías subirte a ningún juego. Te echabas en el pasto con las palomas y te quedabas dormido.

-¡Estaba drogado porque soy bipolar! ¡Tenía que tomar mis pastillas!

Mi mujer soltó una risa corta, desdeñosa.

-No, no -me corrigió-. Estabas drogado porque tomabas Rivotril mañana, tarde y noche.

-¡Para dormir, para dormir! ¡No para emborracharme! ¡Si no tomaba mi Rivotril, no dormía!

-Amor, no te engañes -dijo mi esposa, con una serenidad que me exasperaba-. Cuando tomábamos desayuno, tú abrías un frasco de Rivotril y, en vez de echarte tres gotitas en la lengua, te tomabas el frasco entero. Y después guardabas dos frascos más en los bolsillos, y cuando estábamos en Disney, sacabas un frasquito y te lo tomabas todo, entero, seco y volteado. Y no lo hacías para dormir. Ya habías dormido un montón. Ya estábamos en Disney. No tenías que seguir drogándote.

-¡Sí tenía que drogarme! ¡Porque tú sabes perfectamente que odio Disney! ¡Es el infierno para mí! ¡Yo no quería ir a Disney, te rogué que no fuésemos! ¡Pero tanto me pidieron, que las llevé, las acompañé! ¡Pude haberte dicho mejor vayan ustedes solas, con la nana, pero no, fui un buen papá y las llevé a Disney y las alojé en la mejor suite del mejor hotel! ¿Y ahora te quejas? ¿No entiendes que tenía que tragarme todo el frasco de Rivotril para aguantar la jodida pesadilla que era Disney? ¿No entiendes que odio, detesto, abomino Disney?

-Hubiera preferido que no fueras, amor. Fue horrible. Sufrimos mucho viéndote así. Era horrible ver cómo la gente te señalaba y se reía de ti. Tenía miedo de que te arrestaran, te juro. Te quedabas dormido en cualquier parquecito de Disney, con tus frascos de Rivotril en las manos. ¡Era patético! ¡Te juro que la nana lloraba, pensaba que te ibas a morir!

-¡Pero no me caí! ¡Nunca me caí en Disney!

-Te caíste en el museo, amor.

-¡Y no me meé en los pantalones! ¡Jamás! ¡Y no te humillé en público!

-Cuando tratabas de hacerme el amor, estabas tan drogado que no se te paraba. Y luego te quedabas dormido, como si nada.

-¡No entiendo cómo puedes ser tan mezquina de hacerme un comentario así, en plena película! ¿Por qué me tienes que recordar siempre, siempre, que en Disney estaba drogado, que hice un papelón? Ya está, ya pasó, ¿no puedes olvidarlo? ¡No, no, tienes que sacármelo en cara, cada vez que puedes!

-No pensé que iba a molestarte tanto, amor. Pero vi a Bradley Cooper cayéndose borracho y de verdad pensé que era idéntico a ti en Disney.

-Tomas cuatro copas de vino y te vuelves mezquina. ¡Eres tú la que se emborracha, no yo! ¡Y cuando tomas te vuelves mezquina, me dices cosas feas! ¿Para eso tomas?

Mi mujer sintió el golpe, guardó silencio, se replegó.

-Porque si alguien tiene un problema de alcohol en nuestra familia, ¡no soy yo! ¡Y me acusas de que en Disney caminaba borracho!

-¡Drogado, drogado, no borracho! ¡Parecías borracho, borrachísimo! ¡Hablabas con la lengua trabada, como borracho!

-¡Ya lo sé, me lo has dicho mil veces, se lo has contado a mis hermanos, imitándome, ridiculizándome! ¿Tenías que recordármelo en plena película, una vez más? ¿Por qué cuando tomas tienes que ser tan dura conmigo?

Mi mujer levantó la voz:

-¡No tienes idea de cuánto sufrí esos años, cuando tomabas frascos enteros de Rivotril! ¡No tienes idea de cuánto me dolía encontrarte completamente drogado, sin ropa, en la piscina! ¡Tomabas diez, doce Dormonids cada noche! ¿Querías matarte? ¿Querías matarte, estando casado conmigo, siendo papá? ¡Era terrible sentir que preferías drogarte a estar conmigo!

-¡Me drogaba para sobrevivir! ¡Porque soy bipolar!

-¡No es verdad, no es verdad! ¡Te drogabas porque te daba placer drogarte!

-¡Me drogaba, sí, pero era responsable, cumplía con mi trabajo!

-¿Responsable? ¡Estabas todo el día drogado!

-¡Pero iba todas las noches al programa! ¡No falté una sola vez al programa! ¡Y manejaba perfecto, no choqué nunca!

-El público se dio cuenta de que estabas mal, amor. Hablabas más lento, estabas apagado, se te notaba distraído, ausente. En el canal estuvieron a punto de despedirte.

-¡No es verdad, no es verdad! ¡El programa siguió saliendo perfectamente! ¡Quizás estaba un poco más lento, pero el programa salía bien y lo dejé ni una sola noche! ¡Drogado o no drogado, escribía todas las tardes, todas, y hacía el programa todas las noches, todas las putas noches!

-Puedes ser, amor. Pero estabas mal, realmente mal. Y se notaba en lo que escribías y en el programa.

-¿Me vas a decir que escribía mal porque estaba pasado de Rivotril? ¡Al contrario! ¡Escribía mejor!

-No, no, mi amor, no te engañes. Escribiste drogado Morirás mañana y mataste a todo el mundo. Escribiste drogado La lluvia del tiempo y no te quedó tan bien.

-¡Es una gran novela! ¡La lluvia del tiempo es una gran novela!

Llegamos a casa. Bajamos en silencio. Estaba destruido. Mi mujer subió a su cuarto y cerró la puerta. Yo entré en mi cuarto, cerré la puerta bruscamente y caminé al baño. Entonces hice algo que no había hecho en años: busqué un frasco de Rivotril, lo abrí con impaciencia y vertí el contenido íntegro en mi lengua, bebiéndomelo todo. La vida era demasiado áspera para estar sobrio todo el tiempo.

Si quiere leer otras columnas de Jaime Bayly: http://www.elfrancotirador.com/