Jaime Bayly.
Jaime Bayly.

Nunca sé si mis hijas me escriben porque me extrañan y quieren verme, o porque necesitan dinero y desean que las ayude económicamente.

Aunque ya se han graduado de la universidad, son profesionales de éxito y tienen trabajos muy bien remunerados, y a pesar de que ya no estoy obligado a sostenerlas económicamente, las quiero tanto que estoy dispuesto a darles dinero, todo el que me pidan, hasta el fin de los tiempos.

Todo lo que les pido a cambio es que me den un poco de cariño, y, si no es mucho pedir, que les den un poco de afecto a mi esposa y mi hija menor, quien, les guste o no, es su hermana.

Diría que, en general, he sido un buen padre, uno risueño, generoso, liberal. No exagero si digo que, en promedio, mis hijas han sido bastante felices conmigo. No he sido un padre estricto, gruñón, autoritario. He sido, porque es mi carácter, más bien bromista y paciente, despreocupado y remolón. Nunca les he exigido las mejores notas, ni la conducta más virtuosa. No ha sido mi costumbre imponerles reglas de disciplina, ni subordinarlas a mi autoridad, ni recortarles su libertad. He tratado de educarlas en ser fuertes, independientes, libres. He tratado de que, desde niñas, aprendieran a decidir por sí mismas, aun si se equivocaban, pues así y solo así se aprende.

Diría, pues, que de cien decisiones que he tomado respecto de ellas, probablemente he acertado noventa y nueve veces. Soy humano, no soy infalible y, por desdicha, me habré equivocado una en cien veces. Es curioso, pero mis hijas (y creo que, en general, los hijos, porque así de caprichosa y arbitraria es la condición humana), recuerdan no los noventa y nueve aciertos, sino el error, mi único y deplorable error en cien decisiones que no pudieron ser todas acertadas. Y entonces al parecer olvidan todo lo bueno que hice con ellas, todos los momentos de felicidad que supimos inventarnos juntos, y recuerdan, desde el rencor, que es una fruta que se pudre lentamente, aquella vez que me equivoqué, que fui humano, imperfecto, mezquino, vengativo, y sucumbí a las bajas pasiones, y me fui a la guerra contra su madre y, de paso, una lástima, cuánto lo siento, también contra ellas.

Por cierto, y supongo que esto también es frecuente en las familias rotas, mi ex esposa y mi ex suegra y mis ex cuñados se ocupan minuciosa y sistemáticamente de echar leña a la hoguera del rencor, atizarles las brasas del resentimiento y la venganza, y recordarles a mis hijas lo imperfecto que soy, lo deleznable que soy, lo criticable que soy. Como siempre es más fácil odiar que perdonar, pasan los años y me da la impresión de que mis hijas ignoran todos los aciertos que tuve con ellas y se aferran al recuerdo torturado del error que cometí con ellas, contra ellas, en realidad contra su madre principalmente, pero también contra ellas marginalmente.

Pensé que ya me habían perdonado por ese exabrupto que perpetré hace años, cuando me enamoré de mi segunda esposa. Pensé que, lenta y laboriosamente, me había ganado esa indulgencia, aquella comprensión, por parte de mis hijas mayores. Porque durante cuatro largos años ellas no quisieron verme, en solidaridad con su madre, y sin embargo nunca falté a mis obligaciones económicas con ellas, pagándoles todos los años universidades de prestigio, muy caras, en el estado de Nueva York, y todos sus gastos, absolutamente todos, desde camionetas de lujo hasta viajes frecuentes y vidas apropiadamente confortables y desahogadas, que a buen seguro se merecían, por ser mis hijas tan queridas. Pensé, pues, que había cumplido mi condena, que me había redimido de mis culpas ante sus ojos. No fue fácil pagar todo, absolutamente todo, durante cuatro años, sin que ellas quisieran verme una sola vez, y sin embargo lo hice, creo que pasé la prueba. Pude haber sido mezquino, pude haberles dicho no pagaré las cuentas si no vienen a visitarme y conocer a su hermana, pero no me rebajé a ese nivel belicoso, pugnaz, no puse condiciones, entendí que no quisieran verme y pagué todas las cuentas incondicionalmente, a cambio de nada, porque era lo que me dictaba el corazón.

No me invitaron a sus graduaciones, pero de veras pensé que me habían perdonado. Ahora comprendo que el rencor es una fruta que se pudre lentamente y no termina de corromperse.

Tuvimos un reencuentro después de cuatro años sin vernos, vinieron a mi casa, se tomaron fotos con su hermana menor, conocieron a mi esposa. Pareció, por un momento, que nos habíamos reconciliado, que ya todo estaba bien, que volveríamos a ser tan cómplices y amigos como antes de la gran pelea, del error conspicuo que manchó mis otras decisiones, casi todas acertadas. Pero me equivoqué. Aquella ocasión me dijeron que no querían que subiese la foto del reencuentro familiar a mi página de Facebook y, resignado, entristecido, acaté la prohibición, qué más podía hacer. Desde entonces, nos vemos una o dos veces al año, generalmente allá, en Nueva York, porque mucho no les provoca venir a Miami. Les he propuesto viajes, pero siempre han declinado, o ni siquiera han respondido para decirme no, gracias. Les he seguido dando dinero, todo el que pedían, y me he sentido bien por eso, no me arrepiento ni un segundo. Les he dado plata cuando me la han pedido y, sobre todo, cuando no me la han pedido, porque me parecía que era una manera, entre las pocas que me iban quedando a mano, de demostrarles cuánto las quería. Por eso, siempre que voy a Nueva York, llevo mi chequera, y le dejo un cheque a cada una.

La última vez que nos vimos, a principios de año, en Nueva York, ocurrió una pequeña crisis familiar, porque una de mis hijas, la mayor, estaba pasando por un mal momento, y no sabía si renunciar a su trabajo en un banco de inversión, donde había hecho una carrera brillante, en pocos años. Procuré que sintiera todo mi cariño, la animé a que se tomara un año sabático y viajara, o se dedicara a pintar, al arte, a expresarse artísticamente, porque pinta con un talento desusado, aunque, claro, soy su padre, y los padres siempre creemos que nuestros hijos son geniales. Le rogué que dejase el trabajo si no la hacía feliz y le prometí todo mi respaldo económico en caso de que renunciase, y por eso le dejé un cheque, y otro a su hermana, quien me dijo que estaba preocupada por las crisis depresivas de su hermana mayor.

Hace pocos días mi hija mayor me escribió un escueto correo, informándome de que había renunciado a su trabajo y quería venir a visitarme. La felicité, le dije cuán orgulloso estaba de ella, le pedí que viniera, le ofrecí apoyarla en todo. De paso, le conté mis próximos viajes, yo siempre tengo viajes alineados para los meses por venir, y le sugerí que me acompañase en alguno de ellos, por ejemplo, a Buenos Aires, Barcelona, o Santiago de Chile, ciudades a las que, con suerte, iré este año. Hubo un silencio prolongado de varios días, que me extrañó, y luego me escribió otro correo, sumamente austero en palabras, diciéndome que vendría a visitarme un viernes y me vería un sábado y el domingo, al día siguiente, se iría de regreso a casa, en Nueva York. Quedé muy apenado. Sentí que no tenía ganas de verme. Antes sus viajes eran igualmente breves, pero yo atribuía su prisa por volver a casa a que tenía que estar el lunes en su trabajo, en el banco. Pero ahora no entendía por qué solo quería verme un día y nada más. Porque, además, venía de pasar dos semanas en Europa con su madre y el novio de su madre. Ingenuamente, me había ilusionado con que mi hija, ya sin prisas por volver a su trabajo, vendría una semana a visitarme, todo pagado por mí desde luego, y hasta se animaría a viajar conmigo. Pues no será así. Ella solo quiere verme un día y luego volver a casa. Es inevitable sentir que, en realidad, no quiere perder su tiempo conmigo, sino pedirme dinero para organizar su vida, tras haber renunciado al banco.

Por eso le escribí un correo, diciéndole, con todo la franqueza que nuestro amor merecía, que si no le provocaba venir a verme, no debía hacerlo, y que si solo quería visitarme para hablar de dinero, era mejor que me dijera cuánto necesitaba y se lo enviaría sin demora ni objeciones, ahorrándole un viaje que, me temo, no le apetece realmente, y que ve como un mal necesario, o un costo ineludible, a cambio del dinero que quiere pedirme, y que en cualquier caso le daré, me duela o no me duela.

Podría caer en la tentación humana de decirle: si no quieres verme, si no quieres saludar a tu hermana menor, si no quieres viajar conmigo, si te avergüenza que suba una foto contigo a Facebook, entonces te ruego que no me sigas pidiendo dinero, porque ya cumplí con pagarte toda la universidad, y ahora el dinero que quieres que te siga dando, tienes que ganártelo, dándome el cariño y el respeto que creo merecer. Sería humano, dolido como estoy, replegarme en esa postura, achantarme, condicionar mis envíos de dinero a gestos proporcionales de cariño por parte de ella. Pero no lo haré. Aun si no quieren verme ni viajar conmigo, aun si vuelven los tiempos de la guerra fría como aquellos cuatro años largos en que no quisieron verme ni conocer a su hermana, seguiré enviándoles todo el dinero que me pidan, porque es una manera más o menos eficaz de decirles que no guardo rencores, que las perdono por no perdonarme, que sé que viajar conmigo debe de ser una pesadilla o un aburrimiento o ambas cosas, y que allá va la plata como gesto desprendido e incondicional de amor paternal.

No me importa si ellas piensan que soy un tonto, o un blandón, o un padre baboso y culposo. No me importa si, cuando reciben el dinero, se congratulan ante su madre y su abuela materna, que me odian, por haberme dado otro sablazo, por haberme sacado más dinero, abusando de mi nobleza o mi culpa. No me importa que me critiquen, me menosprecien, me ridiculicen. No me importa que diseminen chismes insidiosos contra mí, o que digan mentiras como que mi madre les pagó las universidades, o que la arpía de mi ex suegra les pagó las universidades, sí, sí, cómo no. Pueden usar mi dinero para hacer fiestas con mis enemigos, hablando mal de mí: no se corten, no se repriman.

Por eso le he escrito un correo a mi hija mayor, diciéndole que no tiene mucho sentido que venga apenas un día a verme, que se incomode y atropelle de esa manera por mí, y que solo me diga cuánto dinero necesita, para enviárselo en un santiamén. De momento no he tenido respuesta. Sigo atento. Pero mi siquiatra me dice que ya estuvo bueno y que deje de darles plata, si siento que no la merecen y me toman por tonto. No sé si mi siquiatra tiene razón, o si mi corazón no se equivoca cuando me dice que cualquier dinero será insuficiente para decirles cuánto las quiero, a pesar de todo.

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