El mandatario estadounidense Donald Trump y el dictador norcoreano Kim Jong-un en la cumbre en Singapur el 12 de junio de 2018 (REUTERS/Jonathan Ernst)
El mandatario estadounidense Donald Trump y el dictador norcoreano Kim Jong-un en la cumbre en Singapur el 12 de junio de 2018 (REUTERS/Jonathan Ernst)
The Coral London, una de las principales casas de apuestas británicas, tiene este año a Donald Trump y Kim Jong-un como favoritos para ganar el Premio Nobel de la Paz. Ambos líderes cuentan con una probabilidad favorable del 80% y están por encima del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, del Papa Francisco y de otros potenciales ganadores. Si sus conversaciones continúan tan bien como se vio en las reuniones cumbres entre Kim y su homólogo surcoreano Moon Jae-in, y con el presidente Trump, en Sentosa, Singapur; y si la paz se restablece en la península de Corea, ambos se lo merecerán.
Hay una lección que señalar en todo esto, y se trata de algo más que “normalizacion”, una frase que hemos escuchado en innumerables oportunidades en materia de las reuniones de Kim y Trump. Y es que las personas más desagradables, incluso los dictadores despiadados y asesinos, pueden y deben ser considerados por acciones específicas que hagan del mundo un lugar más seguro. En algunos casos, estas acciones formarán, o deberían formar, su legado principal.
Si tomamos como ejemplo a Winston Churchill, en relación a la película “Darkest Hour”, estrenada en 2017, vemos que el líder británico es presentado como un brillante e implacable dirigente político que confronta contra una élite anémica para cambiar y poner fin a la posición británica de  apaciguamiento con el régimen nazi. Sin embargo, Shashi Tharoor, jefe del Comité de Asuntos Exteriores del Parlamento Indio, escribió sobre Churchill críticas muy provocativas en The Washington Post: “Fue uno de los grandes asesinos en masa del siglo XX”.
A diferencia de Hitler y Stalin, que escaparon del odio histórico en Occidente, Tharoon critica duramente a Churchill por su estrategia, a la que denomina “de tierra arrasada” contra los rebeldes en las colonias británicas, lo mismo por “la hambruna de Bengala de 1943 y por el bombardeo incendiario de Dresde en 1945”.
Las acusaciones puntuales y su contexto conforman materia de discusión que alimentan a los historiadores. Churchill es justamente alabado y reconocido mundialmente por enfrentarse a los nazis y vencerlos, su mayor logro; y ello no sólo inclina la balanza a su favor cuando se compara su manera de gestionar la victoria -contra el régimen nacionalsocialista de Hitler- con el lado oscuro del líder británico. Aunque para muchos ingleses, cuyas historias familiares habrían terminado trágicamente o tomado una dirección sombría si los nazis salían victoriosos, lo bueno de Churchill tiende a pasar inadvertido.
Del mismo modo, en el caso de la Península Coreana se podría argumentar que nada de lo que ha sucedido durante el siglo XX, hasta hoy, pudiera pavimentar el camino a un potencial acuerdo de paz coreano. El asunto que dividió a las dos Coreas es, probablemente, el mayor conflicto inacabado del siglo XX, y por supuesto, extendido hasta este siglo. Comenzó en 1948, se convirtió en una guerra de poder duro entre la ex Unión Soviética y los EEUU, arrastró e involucró a China y continuó a su fase actual, discutible incluso, pero no menos compleja. El conflicto creó una de las últimas naciones divididas en la tierra, gobernada por regímenes que no podrían ser más diferentes: la tecnocracia surcoreana por un lado y el estado ideológico norcoreano impulsado por el culto a la personalidad, por el otro.
Tal vez la cobertura de las conversaciones entre Kim y Moon, el optimismo internacional, sus sonrisas y apretones de mano en la frontera más fortificada del mundo sea prematuro. Quizás las palabras de Kim a Trump sobre el comienzo de “una nueva historia” y “una era de paz” sólo sea retórica destinada a lograr que Occidente suavice las sanciones contra Corea del Norte a cambio de algunas promesas sin sentido. En todo caso, a mediano plazo la realidad mostrará los resultados de la Cumbre de Sentosa.
Pero no todo han sido buenas noticias. La última mala noticia para las conversaciones ha sido que el pasado fin de semana piratas informáticos de Corea del Norte acaban de ser vinculados a un ciberataque mundial masivo destinado a robar datos sobre infraestructura crítica occidental e industrias claves estadounidenses y europeas.
Por otra parte, Kim sigue siendo el mismo gobernante que ha utilizado la tortura, el trabajo forzado, la propaganda implacable y las prácticas sociales deshumanizantes para someter a sus súbditos, exactamente igual como lo habían hecho su padre y su abuelo antes de él. Además, no hay muchas razones por la que deba detenerse repentinamente y actuar como el aplicado estudiante suizo de escuela privada que alguna vez fue. No será simple ver cómo Kim modifique su régimen sin perder poder.
Trump también sigue siendo Trump. Se burló de Kim en su tiempo llamándolo “Little Rocket Man”, luego cambió su conducta a un tono respetuoso mostrando su comprensión sobre las complejidades de la cuestión coreana y el reaseguro del éxito en las conversaciones bilaterales radica más en Mike Pompeo y John Bolton que en el propio Trump.
Sin embargo, más allá de todo, la estrategia de normalización de Trump y Kim, aún sigue siendo un interrogante. La paz en esa región resulta frágil y de compleja consecución, pero también es el máximo logro para ambos líderes. Y como lo demuestra la historia política de la humanidad, quienes lo logran son héroes, sean lo que sean o hayan sido lo que hayan sido en el pasado.