Jaime Bayly: "El amor es una rendición"

El periodista peruano Jaime Bayly.

Si no fuera por el amor de mi esposa, ya estaría muerto. Si no fuese por el cariño de mi hija menor, yo sería un cadáver.

Ellas me han salvado la vida, o me han insuflado una existencia feliz que había perdido, o que creía no merecer. Estos últimos años con ellas han sido memorables.

No conozco a nadie más ocioso que yo. Vivo para descansar, no descanso para vivir. Cuento los días para salir de vacaciones.

Lo mejor de todo son los viajes con ellas. Viajar es una afirmación de la libertad individual. Ya no me gusta viajar para trabajar, por obligación, para cumplir una agenda. Me gusta viajar a discreción, adonde nos dé la gana de ir, guiados puramente por la curiosidad y la ilusión.

Está bien ir a los museos de prestigio, no digo que no me interesa visitarlos de vez en cuando, pero prefiero conocer los parques más lindos de esa ciudad. Ciertos árboles centenarios, casi inmortales, me conmueven más que los cuadros obvios que veremos apiñados entre turistas que nos empujan para sacarse una foto.

Tres cosas son esenciales para que un viaje sea feliz: tomar el té en un hotel de solera, señorial, a media tarde; caminar por los parques más lindos de la ciudad, y si el clima es propicio, no tan solo sentarse en una banca, sino echarse, flácido, sobre el césped, a la sombra de un árbol, mirando cómo se mueven, distantes, las nubes; y descubrir la mejor heladería de la ciudad, visitándola con espíritu bucanero, reñido con las dietas y la perfección estética.

Porque a estas alturas de mi vida, y supongo que esa es otra señal de mi pereza congénita, incurable, no tengo el menor interés en ser flaco, si esa delgadez está hecha de privaciones, rigores y abstinencias. No soy gordo, soy gordito, y me siento orgulloso de serlo, porque soy un gordito feliz, supremamente feliz, exento de toda culpa. Los gordos y los gorditos me caen bien, pues estamos en la misma cofradía: aceptamos que somos groseramente imperfectos y, al mismo tiempo, sabemos que esas imperfecciones, esos tejidos de grasa, esas protuberancias adiposas, están hechas de placeres, son una suma de deleites inconfesables: esos chocolates, esos helados, esos tostados de jamón y queso, esas lasañas, alguien tiene que hacer el trabajo sucio de comerse todo aquello.

Sin embargo, soy un gordito que sale a correr. Calzo mis zapatillas, visto un buzo azul y salgo a trotar como una señora menopáusica. Puesto que soy tan ocioso, el más vago de esta isla, la velocidad a la que corro es, en verdad, risible, y todos los demás corredores me sobrepasan fácilmente, y a veces ha ocurrido que alguien caminando a toda prisa me ha dejado rezagado. Cuando eso ocurre, procuro no sentirme humillado, me digo que soy una tortuga, no una liebre, y que soy un escritor, un hombre lento, no un atleta, un hombre de acción. Correr tan despacio y por apenas media hora no sirve de nada, supongo, pero es bueno para el espíritu porque lo saco a pasear, a ver los árboles, los pájaros, las nubes, las casas de los ricachones de la isla, unas casas que nunca ocuparé ni, en verdad, quisiera ocupar.

Porque mi casa, esta casa en la que vivo hace tantos años, no es una mansión, pero tampoco un chalé mesocrático, y en ella soy feliz, he sido más feliz que en cualquiera de las otras casas en que he vivido. Tiene dos pisos, seis habitaciones, seis baños, una piscina, y está rodeada de grandes palmeras que la aíslan de los vecinos y la confinan en un ámbito de absoluto sosiego y privacidad: nunca nadie te mira de una casa vecina, de un edificio al lado, y, si te da la gana, puedes bañarte desnudo en la piscina, sin ocasionarle un disgusto a nadie. Podría comprar una casa más grande con salida a la bahía o con vista al mar, pero no me interesa mudarme, en esta casa soy feliz y eso es sagrado, hay que atesorarlo, elijo quedarme acá hasta el fin de los tiempos.

También podría comprarme un yate, una lancha, un auto de lujo, pero estoy seguro de que nada de eso me haría más feliz. Las posesiones, las cosas, generan dependencias, gastos, servidumbres. Más cosas posees, más casas compras, más gastas, más personal tienes que contratar para que todo funcione. Soy partidario de llevar una vida austera. En mi caso lo ideal es ser feliz con poco dinero, el menor dinero posible. Soy un hombrecillo de bajo mantenimiento. No me interesa comprar ropa, joyas, relojes, cosas de lujo. Soy feliz con mi ropa vieja, mi casa que ahora huele a perro y mis autos cómodos, rendidores: para qué más, si así está bien. No conviene acostumbrarse a que la felicidad sea en extremo costosa, es mejor que se consiga con poco dinero. Una película, una serie, un libro, una tarde caminando por un parque precioso, un té y unas galletas en un hotel señorial, nada de eso cuesta mucho dinero. Y con eso me basta para ser feliz.

Mi única extravagancia con el dinero son los viajes. Admito que cuando viajo puedo gastar mucha plata. Si no puedo viajar adelante en los aviones, con toda comodidad, prefiero quedarme en casa. Si no puedo dormir en un buen hotel, elijo no viajar. Entonces gasto bastante dinero en viajes, es verdad. Porque viajo todos los meses, sin que nadie me obligue a ello. Lo hago porque creo que cuando viajo es como si viviera otras vidas, me reinventase, adquiriese otras identidades transitorias. En esas ciudades a las que voy guiado por la pura curiosidad y la búsqueda de la belleza y el placer, nadie o casi nadie me conoce, y entonces puedo darme el lujo de ser otra persona, escapar de la piel en la que habitualmente me encuentro y fingir que soy otro, alguien mejor, alguien peor, y que la vida no es solamente la rutina plácida que cumplo allá lejos, en mi casa, sino que está hecha también de esas incursiones aventureras en lugares que nunca había pisado y que las ventajas de la modernidad me permiten conocer.

Resulta que ahora viajaremos con un perrito de tres meses que ha comprado mi esposa. Si no lo admiten en la cabina del avión, cambiaremos de aerolínea y hasta de destino. Si no lo reciben en el hotel, iremos a otro hotel. Quién me hubiera dicho que un perrito sería tan altamente prioritario en mis viajes, al punto de devolver unos boletos que ya había comprado porque esa aerolínea no permite perros en la cabina, aun si viajas en primera clase. El amor es eso mismo: hacer concesiones, aceptar el caos, rendirse sin más. El amor es, al final de cuentas, una rendición. Si no te rindes, si peleas por tu ego, si quieres ser el que lleva la voz cantante, puede que no lo disfrutes tanto. Y al final, me temo, te rendirás igualmente. Porque la vida misma te obliga a desprenderte de cosas que creías inseparables de ti, rebajar tus expectativas y ambiciones, aceptar que el azar a menudo influye mucho más que la propia voluntad humana en tu pequeñísimo, irrelevante destino. La vida, sobrevivir, envejecer, te obliga a perder muchas batallas, por muy astuto que seas como estratega. Lo mejor es convertir esas derrotas en formas de sabiduría que te permitan ser feliz, a pesar de todo. Ganar todas las batallas, lucir siempre invicto e inexpugnable, es tan probable como ser inmortal.

He tenido una larga vida feliz. He sido feliz porque he sido libre. He hecho lo que realmente quería hacer. Quise hacer televisión porque no me dejaban verla de niño por razones de pureza religiosa, y porque quería ser independiente de mis padres en las cosas del dinero, y tan mal no me fue, sigo fatigando ese oficio treinta y cinco años después. Quise ser un escritor, publiqué mi primera novela hace veinticinco años, y he conseguido desembarazarme de un puñado de novelas, no sé si catorce o dieciséis, demasiadas en todo caso, insólitamente muchas, siendo un haragán. Quise ser padre y conocí la dicha de tener tres hijas. Quise ser hombre, quise ser mujer, quise tener novias y novios, y no me privé de nada, conocí el placer y sus abismos y despeñaderos. Por un momento fugaz quise ser presidente de mi país, pero por suerte esa fiebre me pasó rápido, y cuando digo por suerte, quiero decir para fortuna de mi país y de mi salud. No sé qué me falta para que mi vida sea más completa y feliz. A veces me tienta producir una película. En ocasiones pienso en abrir un restaurante. Muy raramente me vuelve a seducir el poder, la política, el asalto a esas glorias efímeras. Pero al final del día prevalece mi espíritu perezoso y me digo que debo limitarme a hacer dos cosas y solo dos cosas, a pesar de que en ambas soy probadamente mediocre: seguir escribiendo libros y haciendo televisión. Mi próxima novela saldrá en julio, en la ciudad en que nací, iré a presentarla, y en ella tengo cifradas ahora mismo mis mejores ilusiones.

Mi madre no contesta mis correos, se ha distanciado de mí, por lo visto sigue enfadada o resentida o dolida porque no le gustan las cosas que escribo, le mortifica que cuente cosas íntimas, personales. Lo siento tanto, pero no sé escribir de otra manera, o no me interesa escribir de otra manera, toda la vida he escrito de lo que me obsesiona, y lo que me obsesiona tiene que ver con lo que he vivido, lo que quise vivir y no pude, lo que hubiera querido vivir de otra manera y salió torcido, con lo malo, triste, absurdo, imperfecto, que tiene la vida. Mis hijas mayores, no sé cuándo las veré, con suerte nos veremos en dos semanas, cuando pase por allá arriba, donde ellas viven. Si supieran cuánto las echo de menos y, al mismo tiempo, cuán orgulloso me siento de sus triunfos. Por ahora el amor que recibo en dosis inmoderadas, inmerecidas, todos los días, proviene de mi esposa jovencísima que en noviembre cumplirá treinta años, de nuestra hija intelectual y resabida de apenas siete años, y de nuestro perrito de tres meses, que me ha robado el corazón con sus gracias y morisquetas. No puedo pedirle más a la vida: soy libre, soy vago, soy gordito, soy feliz, estoy exactamente en lugar donde quiero estar, con quienes elijo estar, y cuando llegue el momento de dejar de respirar, podré decirme, destruido, pero no derrotado, que me di el lujo de vivir tal como me dio la gana.

Si quiere leer otras columnas de Jaime Bayly: http://www.elfrancotirador.com/

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