DOMINGO

Mi hermano, el cazador, próspero empresario de carnes, listo, listísimo, el más listo de los diez hermanos, el más divertido también, nos invita a almorzar en un restaurante francés cerca de casa. Llegamos tarde, hacia las tres, porque él viene de su casa de playa, noventa kilómetros al sur. Tan pronto como entramos, distingo por el rabillo del ojo la presencia de un ex presidente alto y obeso, acompañado de su familia. Hemos sido enemigos toda la vida, salvo por una corta luna de miel que se agrió por ciertas infidencias que me permití contar. Casi mejor seguir siendo enemigos. No me acerco a saludarlo porque no encuentro ganas de hacer semejante esfuerzo histriónico y estoy seguro de que él tampoco tendrá interés en fingir que me aprecia. Poco después mi esposa me susurra al oído, pero estoy medio sordo, y tiene que repetirlo subiendo la voz, que mi ex esposa está en el restaurante con su novio francés. No la veo, estoy de espaldas a ellos. No me parece atinado ponerme de pie y saludarlos. No veo a mi ex esposa hace ocho años. La última vez que estuvimos juntos fueron gritos y reproches. Cuando salimos del restaurante, procuro no mirar hacia su mesa. Pero ella nos sorprende: con gran dominio de escena, haciendo gala de exquisitos modales, se levanta, se acerca a nosotros y saluda a mi hija, que la mira con notable curiosidad, pues recién la ha conocido. La abrazo, saludo a su novio, me parece encantador. Le agradezco a mi ex esposa por haberse acercado tan educadamente. Siento que la quiero mucho, que siempre que la querré. Pronto cumplirá cincuenta años. Debería hacerle un gran regalo. Es la madre de mis hijas mayores. No hay regalo que alcance para agradecerle eso.

LUNES

Apenas pongo un pie en casa de mi madre, ella me toma del brazo y me lleva seriamente, muy circunspecta, a un sala pequeña que yo llamo el cuartito de la oración, porque allí se confina a rezar con sus fieles, áulicos y conjurados. Mi madre está molesta o dolida o desconcertada por algo que escribí. Era una columna en la que contaba la historia de un empresario minero muy acaudalado que embaraza a la hija de un general, a la que ha conocido no hace mucho. Quise que pareciera un cuento, un relato ficticio, pero mi madre y otros lectores lo asociaron a la realidad, cómo podría sorprenderme, ese maleficio me persigue o yo lo atizo sin darme cuenta o a sabiendas. Mi madre me pregunta por qué me obstino en contar historias íntimas de la familia. No sé qué responderle, cómo disculparme. Le digo que soy un escritor, que tengo que escribir de las cosas que más me interesan, que más conflictos morales me plantean, y a veces esas historias provienen, cómo no, de la familia, más aún siendo una tan numerosa. Me pide que no escriba de la familia. Le digo que haré mi mejor esfuerzo para complacerla. Sé que estoy mintiendo. Sé que seguiré escribiendo de todo lo que me rodea, me afecta, me duele, me perturba, me obsesiona, me hace reír. Le digo que sería más fácil escribir de política, como suelen hacer los columnistas de los diarios y revistas, pero me interesa mucho más contar cada semana lo que ha sacudido mi vida sentimental, lo que me ha golpeado con más fuerza, para bien o para mal. Y no supe, no pude alegrarme cuando me contaron que cierto hermano muy rico, brillante para los negocios, solitario, ensimismado, religioso en grado sumo, de gran corazón, el que da los mejores regalos en navidad, había dejado embarazada a la hija de un general. Será que soy un hombre deplorable, pero desconfío de los militares y los policías. Mi madre me dice que si voy a seguir escribiendo historias de la familia, que a menudo aluden a ella misma en tono risueño, podría verse obligada a decirme que deje de visitar su casa. No me lo dice furiosa o amenazante, pero lo dice. Le pido perdón, le digo que trataré de no mortificarla con las cosas que escribo, pero sé que nunca conseguiré complacerla en ese sentido ni en ningún otro, porque su religiosidad extrema y mis afanes literarios parecen aspiraciones contradictorias, irreconciliables. Lo que la religión quisiera que calles, el arte pide que lo cuentes, o así lo veo yo.

MARTES

Mi hija menor celebra siete años. Mi madre, generosamente, sin guardar rencores, nos ha prestado su casa. Por suerte asisten a la fiesta los primos más queridos de mi hija, siete en total. No tenemos fortuna con la comida: los bocaditos, los dulces y la torta me parecen de baja estofa, nadie se pelea por comerlos. Solo dos de mis nueve hermanos concurren al evento. Estoy en franca minoría. Unos alegan razones de trabajo, otros aducen compromisos previamente adquiridos, súbitos malestares, partidos de fútbol que no quieren perderse. Lo cierto es que, como en la fiesta de mis cincuenta años, comprendo que una inequívoca mayoría familiar prefiere abstenerse de verme, así se protege de aparecer luego en mis textos infidentes. Pues los ausentes llevan toda la razón del mundo: si un escritor deslenguado se halla infiltrado en la familia, y no hay manera humana de exiliarlo, lo mejor parecería ser evitar tratos con él, si prefieres no salir retratado, descrito, vagamente aludido en sus escritos impertinentes. En cualquier caso, al terminar la fiesta, le digo a mi hija que el próximo año haremos la fiesta allá donde vivimos, no en esta ciudad que aún me es soterradamente hostil.

MIERCOLES

Mi hermano, el atleta, el corredor de grandes maratones, un campeón en toda la línea, nos invita a tomar el té en su casa nueva. Llegamos con media hora de manifiesta impuntualidad porque mi esposa estaba de compras. La casa es una auténtica mansión de cuatro pisos con ascensor. Quedo muy impresionado. Parece un edificio. El ascensor es grande y lujoso, como el de un gran hotel. La decoración es absolutamente refinada, de revista. Todo brilla y parece en el sitio correcto. Mi hermano y su esposa hacen una pareja encantadora, son muy divertidos, se quieren mucho, corren juntos, viajan juntos. Para mi gran sorpresa, porque pensé que seguía enojada conmigo, aparece mi madre. Lleva sombrero y anteojos oscuros. Se cuida mucho del sol. Se habla marginalmente de política. Mi madre tiene una elevada opinión del nuevo presidente. Desde luego expresa también una paupérrima opinión del presidente renunciante. Le digo que así como ella rescata lo mejor de las personas y tiende a idealizarlas, yo sólo consigo ver la parte mala, imperfecta, oscura de la gente. Cómo le gustaría a mi madre que yo regresara a vivir en esta ciudad y me convirtiera en un político profesional, con las más altas ambiciones de poder. Me temo que eso no ocurrirá. Mis ambiciones son artísticas, meramente artísticas. La política me parece un oficio casi policial. Paso. Me abstengo. Mil disculpas.

JUEVES

Mi hermano, el ingeniero, hombre de campo, próspero agricultor, exportador de aguacates, nos ha invitado a su casa en el campo, o nosotros nos hemos invitado, muy confianzudos. No conocemos esa casa, no sabemos cuán complicado será llegar a ella. Las aplicaciones móviles nos previenen de que el recorrido será arduo, fatigoso, pues la casa está a dos horas de la ciudad, y eso con suerte, si el tráfico no se encuentra demasiado obstruido. Mi hija quiere visitar a sus primos. Yo prefiero quedarme en la ciudad, que está despoblada, tranquila, soleada, pero la familia, quiero decir mi hija y mi esposa, vota por el paseo al campo, y la verdad es que quiero mucho a ese hermano y a su adorable esposa, así que me armo de valor, me aviento tres empanadas de carne, bebo una gaseosa amarilla llena de azúcar y cafeína, y recién a las tres y media de la tarde emprendemos la aventura de incierto final. Todo resulta bastante peor de lo que imaginamos. La primera hora no es tan terrible, la segunda viene a ser infernal, espantosa. El camino se angosta, deja de ser pavimentado, se convierte en un sendero pedregoso y polvoriento, con autos que suben y bajan por esa trocha de terror y se atascan en nudos caóticos, muy arduos de deshacer. Mi esposa sufre entonces un ataque de ansiedad, teme que chocaremos o nos desbarrancaremos. Procuro mantener la calma y manejar despacio, pero otros conductores impacientes dan bocinazos y me sobrepasan insultándome, agitando sus brazos, tensando la tarde. Siento que estoy en el lugar equivocado. Muy a mi pesar, aquellas horas contrariadas me sirven de recordatorio de que en este país no puedo vivir. Esas dos horas mortales, insufribles, sentí que envejecía a toda prisa, que goteaba bilis, que moría un poco. Llegamos, nos reciben con mucho cariño, nos sirven cosas deliciosas, pero la sola idea de que deberemos manejar otras dos horas por ese camino endemoniado, diseñado por sádicos, me enemista, es una pena, con ese lugar tan bonito. No volveremos, o no volveré, a menos que sea en helicóptero. No he nacido para ir al campo, para tener casa a orillas de un río. A la vuelta, ya de noche, mi esposa erizada por un abismo lóbrego a dos metros de la camioneta, siento una urgencia desesperada por volver a la isla plácida, civilizada, donde tengo la fortuna de vivir. Díganme apátrida, loco, felón, señorito veleidoso, pero ya no me siento parte del país donde nací.

VIERNES

El vuelo debería salir en unas horas, qué ilusión. Habíamos pensado venir en junio, me parece que no ocurrirá. Puede que vengamos a finales de julio para presentar una novela, haré todo lo posible por acercarme a mis lectores, pero si han comenzado las obras de construcción de un edificio vecino a nuestro apartamento, y los ruidos son de terror, quizás me vea obligado a abortar también ese viaje. Nada bueno me espera acá. La felicidad, por lo visto, está en otra parte.

Si quiere leer otras columnas de Jaime Bayly: http://www.elfrancotirador.com/