(Getty)
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Por tercer año consecutivo, habíamos viajado a Montreal, y luego manejado dos horas al norte hasta un pueblito llamado Mont Tremblant, para celebrar mi cumpleaños el tercer lunes de febrero.

El clima era benigno para los estándares canadienses, cero grados centígrados, pero previsiblemente helado para nosotros, residentes en Miami. Las montañas estaban coronadas de nieve. El pronóstico del tiempo anunciaba días propicios para esquiar. Las pistas lucían esplendorosas bajo una luz solar tan potente que enceguecía.

Siendo el menos apto de la familia para esquiar, me contenté con las pistas verdes, a diferencia de mi esposa y nuestra hija, quienes, intrépidas, se animaron a bajar las azules y hasta las negras, sin caídas ni percances que lamentar. Todo parecía sugerir que el día de mi cumpleaños sería feliz, desmesuradamente feliz. Pero el azar es un fantasma translúcido que se agazapa, pícaro, detrás de cada esquina. Y el día en que cumplía años, cincuenta y tres para ser exactos, me tendió una emboscada que no supe prever.

Como todos los días, esquiamos hasta las cuatro de la tarde, hora en que cerraron las pistas. En otras ocasiones habíamos manejado una hora al sur hasta una montaña, Saint Sauveur, que cerraba a las diez de la noche, para así continuar esquiando bajo los poderosos reflectores. Pero ese lunes decidí mimarme, y reservé una sesión de masajes a las cinco en punto. Me atendió una señora en sus cuarentas, fibrosa, de manos aguerridas, más bien taciturna, austera con las palabras. Era francófona, pero conseguía balbucear un inglés arduo, ásperamente evacuado. A mi sugerencia, se ensañó con mi espalda, con los puntos de dolor. Le rogué que me masajeara las nalgas con ferocidad, sin compasión, y lo hizo, y fue un regalo de cumpleaños inestimable. Luego me pidió que me diera vuelta. Estaba desnudo, aunque por supuesto cubierto por una sábana que ella había tendido sobre mi cuerpo dolorido por las tensiones y fatigas del esquí. Lamentablemente, sus manos sobre mis nalgas pundonorosas habían provocado una reacción en mi humilde colgajo que no pude reprimir, neutralizar. Al darme vuelta y tenderme boca arriba, ella notó que sus manos habían erizado a mi mascota, a la que en días felices llamo Jimmy, o Jimmy junior. Se había despertado, se había desperezado, se había puesto de pie, y se erguía, con ínfulas autoritarias, con pretensiones de dictador tropical, debajo de la sábana liviana. Pedía atención, reclamaba cariño, demandaba en silencio su cuota innoble de masajes. Por supuesto, no me animé a oficiar de ventrílocuo de Jimmy junior y pedirle a la amable señora que sus manos lo saludaran, le hicieran un toquecito furtivo, le dieran un estate quieto, muchacho palomilla. Me sentí fatal con la señora. Pensé: la dama francófona debe de estar odiándome, pensando que soy un mañoso, un depravado. O no. A lo mejor está halagada de que mi cuerpo ya mustio se haya erizado con sus masajes profesionales. Lo cierto es que supe guardar silencio. No podía ser tan patán, tan inapropiado, de pedirle un masajito extra, lo que en mis tiempos de juventud, cuando visitaba los baños turcos Windsor de San Isidro, en Lima, se conocía como "un completo", o "un final feliz", o "un masajito relajante", pericias o habilidades en las que destacaba una señorita ucraniana, ducha en amansar erecciones ateas. Callé, me concentré, pensé en cosas horrendas, espeluznantes, y Jimmy junior se calmó, dejó de pedir atención y cariño, y volvió a dormir la siesta de los justos. Me sentí muy orgulloso de no haberle dicho a la señora masajista canadiense:

-¿Sería tan amable de masajearme un poquito los higos secos?

No: en estos tiempos de feminismo, supe respetar a la señora que me procuró tan inestimables masajes, aunque mi Jimmy junior, díscolo como siempre, el verdadero niño terrible de mi organismo, no la respetó tanto como yo, y quiso amigarse con ella, cosa que no le permití.

Pues bien: le dejé una buena propina, confirmé sesión de masajes para el día siguiente y me dirigí al jacuzzi, donde me esperaban mi esposa y nuestra hija. Estaba afuera, al lado de la piscina, y la escena era de película: caían leves copos de nieve sobre el jacuzzi y la piscina, que daban a un lago congelado, una vista sobrecogedora. Pasamos largo rato en el jacuzzi, el cuerpo sumergido en las aguas cálidas, los rostros respirando el aire helado y reconfortante de las montañas canadienses. Hasta que decidí hacer un alarde ridículo de virilidad:

-Me voy a la piscina helada –anuncié.

-¿Estás loco? –se sorprendió mi esposa-. Ni lo intentes. Te puede dar un infarto.

No le hice caso. Salí del jacuzzi, saqué pecho como un pavo real, me hice el macho alfa que no le temía a nada y salté sobre la piscina, pensando que estaría fría, sí, pero soportablemente fría. Pues no: estaba helada, insoportablemente gélida. Nunca en mi ya larga vida había sentido un golpe de frío tan espantoso. Mi cuerpo entero se paralizó. Sentí que algo se encogía, se replegaba, quedaba subsumido entre mis piernas. Jimmy junior, que sabía reclamar sus derechos pero era mudo, no sabía hablar, sintió el peor frío de su vida. Di un alarido de frío y dolor. Pensé que me daría un infarto, que perdería la vida allí mismo. El dolor, todo el dolor, se concentró en mi zona genital, entre mis piernas. Sentí que Jimmy junior había quedado congelado para siempre como una estalactita. Sentí que el frío lo había fosilizado, momificado. Pero sobre todo sentí que los higos secos testiculares se habían metido en una cavidad o madriguera o escondrijo, huyendo de ese frío cruel. Salí de la piscina temblando como un polluelo aterido, seguí gritando de frío y dolor, corrí a las duchas españolas y me metí bajo un potente chorro de agua caliente. Desnudo, examiné los daños: Jimmy junior se había encogido a su mínima expresión, era un pobre cachorrito asustado, y mis higos secos testiculares no estaban, simplemente no estaban donde siempre estuvieron, y me dolían muchísimo, y daba la impresión de que se habían quedado helados e irrecuperables en el fondo de la piscina, o de que se habían metido en una cueva interior de mi organismo que yo no sabía que existía.

-¡Mis huevos, mis huevos, dónde están mis huevos! –gemí, desesperado, buscándolos con las manos, sin hallarlos.

Me miré en el espejo y era un hombre sin pelotas, con una manguerita, sí, pero sin la bolsa testicular que me fue dada al nacer. Llamé a gritos a mi esposa, vino corriendo, me vio, soltó una carcajada de lesa humanidad y me dijo, sin darle importancia:

-Ya regresarán solitas, cuando se descongelen.

Y se fue riéndose, como si la situación no fuese lo pavorosa que era. ¿Regresarán solitas? De ninguna manera, me dije. Debo recuperarlas cuanto antes. No puedo correr el riego de convertirme en un señor sin bolas, sin pelotas. Me dirigí de inmediato al salón de masajes y le dije a la señora que esa misma tarde se había ocupado de distender mis músculos:

-Esto es una emergencia, necesito su ayuda.

Por suerte estaba desocupada. Pasé a su habitáculo. Me tendí sobre la camilla. Me cubrió con la sábana de rigor. No tuve reparos en quitármela de encima y mostrarle la estragada zona de mi hombría:

-Mis testículos han desaparecido –le dije, a punto de romper a llorar-. Me metí en la piscina helada y se congelaron y no están más. Siento que se han metido adentro de mi cuerpo y que ahora son ovarios. Hay que encontrarlos, por el amor de Dios. Le ruego que me ayude.

-Ahora mismo regreso –me dijo.

En efecto volvió presurosa, enchufó un aparato, encendió una secadora de pelo y dirigió una vaharada de aire cálido sobre el casi extinto Jimmy junior y sus pelotas desaparecidas. Ese golpe de aire caliente le devolvió el alma a mi Jimmy, si es que junior tiene alma. Pero sentí que poco a poco el pobre animalito salía del invernadero vesánico al que lo había inducido. Me miré abajo y noté que junior tendía a recuperar sus dimensiones, pero mis higos secos continuaban extraviados, lejos de su habitual morada, que había quedado deshabitada, vacía.

-¿Y mis pelotas? –pregunté en inglés.

-Ya volverán –respondió la masajista.

-Sí, ¿pero cuándo? –me exasperé.

Al ver que no regresaban, le rogué:

-¿No puede soplar un poquito?

-No, no –dijo ella, sonriendo, sosegada, con un aplomo admirable.

Al rato de recalentarme la entrepierna, uno de los higos secos volvió a confiar en mí y reapareció, mal que mal, renuente, cobijándose todavía helado en su madriguera de siempre.

-¿Y el otro? –pregunté, angustiado-. ¿Y mi otro huevo? ¿Por qué no baja? ¿Dónde está? ¿Seguirá con vida?

La señora masajista no se anduvo con rodeos:

-A veces se mueren de frío. Y cuando se mueren, ya no regresan más.

Siguió echándome aire caliente, al tiempo que yo elevaba plegarias para que me fuera devuelto el higo seco que por lo visto había expirado, colapsado. Por mucho que lo intentamos, no regresó a casa, no se dejó ver. Le di una generosa propina a la señora, le pedí mil disculpas, y al subir a la habitación le dije a mi esposa:

-Mi amor, ahora sólo tengo un huevo. El otro ha muerto congelado.

Ella me vio con el colgajo traumatizado y una pelota trémula, soltó una risotada y dijo:

-No importa. Da igual que tengas un huevo o dos, si al final no los usas nunca.

No me hizo gracia su humorada.

Han pasado varios días, estamos de regreso en Miami y sigo siendo el hombre de un solo huevo: el otro continúa inhallable, desaparecido.

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