¿Por qué la democracia está constantemente en debate? Como pocos sistemas políticos, la democracia lleva en su esencia una seria amenaza para su continuidad pero que, a la vez, es su cualidad más grande.

Quizás esta doble cara del sistema democrático es lo que la vuelve tan virtuosa para la modernidad. Por un lado, la democracia tiene la prerrogativa de libertad e igualdad (dependiendo las sociedades, se prioriza una por sobre la otra), pero el otro lado de la moneda convierte a la democracia en el sistema de la incertidumbre y la constante necesidad de relegitimación.

Las instituciones avanzan más lento que la sociedad

Argentina, como la inmensa mayoría de las democracias modernas, adoptó un régimen representativo. Es decir, ni usted ni yo gobernamos, sino que otros gobiernan por nosotros, lo que significa que elegimos a "representantes" para que ejerzan dicha responsabilidad.

Los actores fundamentales de esta dinámica son los partidos políticos. De allí no solo surgen los candidatos que tendrán la responsabilidad de canalizar los votos para ser electos, sino que, como "parte" de la sociedad, deberían (así lo hacían en el pasado) también representar las necesidades y los deseos de un sector de la sociedad.

Sin embargo, desde el retorno de la democracia en 1983, sociólogos como el recordado Manuel Mora y Araujo han realizado estudios en los cuales, a partir de relevamientos de opinión pública, resaltaron la progresiva despartidización de los argentinos. Confiamos cada vez menos en la institución "partido político" y consecuentemente nos involucramos cada vez menos con sus actividades.

En este marco, recientes trabajos de las encuestadoras Taquion y Trespuntozero dan cuenta de la vigencia y la profundización de este fenómeno al elaborar una muestra de 1069 casos a nivel país, durante enero de 2018, a partir de la cual determinaron que hoy siete de cada diez argentinos no tienen y no tuvieron participación en algún partido político. Una cifra que crece a ocho de cada diez ciudadanos entre los menores de 50 años.

Se ha dicho hasta el hartazgo que hay una crisis de representación. Los partidos ya no son actores con capacidad de canalizar el descontento, las necesidades, las expectativas y los deseos de los ciudadanos. En la actualidad, si bien seis de cada diez argentinos consideran a la democracia como el mejor sistema político, siete de cada diez no está satisfecho con sus resultados.

Frente a este panorama, un interrogante inquietante se impone: ¿cómo hacemos para mejorar este sistema? La preocupación se acrecienta si focalizamos sobre el futuro, dado que ocho de cada diez argentinos de los denominados "millennials" (entre 16 y 29 años) no se sienten satisfechos (.

¿Dónde canalizan los millennials su insatisfacción y no-representación política?

Si bien la idea acerca de que las personas somos seres sociales es una obviedad, no lo es tanto si la consideramos en términos de necesidad y riesgos. ¿Pero de qué necesidad y riesgo hablamos? La necesidad está vinculada, ni más ni menos, con la búsqueda de coincidir con un grupo suficientemente extenso, en tanto el riesgo se desprende de allí mismo: el aislamiento. No coincidir con otros, discutir permanente y sentirnos solos son el principal miedo que condiciona nuestro accionar en sociedad, tal como lo han señalado los pensadores John Locke, Alexis de Tocqueville, Elizabeth Noelle-Neuman, entre otros estudiosos de los procesos sociales.

Coincidir con otro nos alienta, nos da valor, sin embargo, también nos puede llevar a borrar el límite entre la mentira y la verdad. ¿Qué ocurre si lo que pensamos tiene que ver más con la mentira que con la verdad? Tocqueville ha enunciado que "es más fácil para el mundo aceptar una simple mentira que una verdad compleja". Facebook y Twitter lo tradujeron en un algoritmo, el cual nos nutre de constante consentimiento.

Como en la vida cotidiana, en nuestro muro estamos expuestos a la información y los perfiles que más se asemejan a lo que pensamos y expresamos. Se trata de un mecanismo orientado a evitar sentir rechazo hacia las redes sociales y permanecer allí como clientes cautivos.

Si nos sentimos a gusto, si coincidimos con lo que vemos en nuestro muro, seguiremos allí. Un usuario que postea, le da "me gusta" o retwittea publicaciones relativas a la igualdad de género, estará expuesto a otros usuarios y a información sobre el tema. Quien expresa una actitud contraria a dicho movimiento, recibirá información que coincida con su opinión previa.

Sesgos cognitivos y redes sociales: los padres de las fake news

Las redes sociales alimentan, además, los sesgos cognitivos que, en mayor o menor medida, todos tenemos. Entre ellos, los que sobresalen son los de confirmación y atención selectiva.

El sesgo de confirmación se vincula con la necesidad de buscar (y seleccionar) la información que confirma nuestra hipótesis previa a la búsqueda.

En las ultimas semanas, Facebook ha dado a conocer una preocupación creciente por las fake news, dado que alimentan a los lectores de noticias falsas que, al coincidir con lo que opinan muchos usuarios, obtienen viralidad y alcanzan un pretendido status de "verdad". Si por ahí algún contacto postea un contenido que va en contra de lo que pensamos, el sesgo de atención selectiva entra en actividad y hace que simplemente lo ignoremos. De modo que prestamos más atención a aquello que coincide con nuestras opiniones.

Así las cosas, si bien las redes sociales son una herramienta indiscutible de democratización del acceso a la información, hay que ser cautelosos a la hora de interpretarlas. En una sociedad que pretende avanzar, aprender y alejarse de pensamientos dogmáticos, las redes sociales representan un espacio sobre el que, por lo pronto, deberíamos estar atentos y cautelosos.