Corría fines de la década del 60 y el volcánico y recién electo presidente Richard Nixon colocaba como Consejero Nacional de Seguridad al prestigioso académico realista Henry Kissinger. Una década antes éste había presentado su tesis doctoral en Harvard. Su título, "El Mundo Restaurado". Una brillante articulación de las enseñanzas del Congreso de Viena de 1815 y su gran arquitecto el austríaco Von Metternich, el hombre que durante medio siglo sirvió a Viena en el complejo ajedrez geopolítico de la Europa post Revolución Francesa y del ascenso y caída de Napoleón.

En la visión de Kissinger, que había llegado a EEUU unas décadas antes junto a su familia judía-alemana, la Casa Blanca debía imprimirle una tónica menos ideologizada, más pragmática y con visión de más largo plazo a su política exterior. Más allá de los ropajes ideológicos y discursos, Washington y Moscú no eran otra cosa que dos grandes potencias que buscaban impulsar sus intereses, muchos de ellos heredados y priorizados por los padres fundadores y por los zares respectivamente. En ese contexto, y dejando a un lado las ideologías y exageraciones autocomplacientes, Mr. K veía como una gran oportunidad de furiosa confrontación política y retórica entre la China de Mao, aún aferrada al estalinismo, y una URSS con ciertos toques de reformismo al totalitarismo rojo de Stalin. Esa puja llegó a un enfrentamiento militar convencional a escala limitada entre fuerzas soviéticas y chinas en 1969.

Por su parte, el nuevo arquitecto de la geopolítica americana llevará adelante la lógica de la "detente" o distensión con Moscú. Basada en potenciar los espacios de diálogo entre la Casa Blanca y el Kremlin, el comenzar mecanismos de consulta y en materia de arsenales nucleares (buscando limitar en algo la espiral infernal en la producción de misiles balísticos), la liberación de algunos presos políticos paradigmáticos de los campos de detención soviéticos, la mejora de los flujos comerciales, etcétera.

Así, iba tomando forma lo que se conocerá como el simple pero brillante "triángulo de Kissinger". En otras palabras colocar a Washington como el vértice fuerte del mismo, pasando de tener relaciones muy malas a regulares con China, de muy malas a malas con la URSS, y aprovechando el vínculo pésimo entre Pekín y Moscú.

Asimismo, el acercamiento a China daba el marco necesario para el repliegue estadounidense de Vietnam. Una guerra marginal e innecesaria en la visión los grandes pensadores realistas como el mismo Kissinger, Hans Morgenthau y otros. Guerra basada en la equivocada visión de la Guerra Fría como un juego de dominó (si cae Vietnam, a futuro cae Japón, si cae Cuba, a futuro cae México o Brasil…) y no un complejo ajedrez con tableros múltiples.

Mirando la campaña electoral americana que ya estará definida cuando sea publicado este artículo, pocas dudas caben de que por intuición o buen asesoramiento Donald Trump con sus estilos y formas ásperas y polémicas postuló una cierta aplicación pero reformada del Triángulo K. En esta era, la clave para Washington es acercarse más a Rusia que, por diversos motivos demográficos, históricos, racionales, culturales, geopolíticos, podría tener en las décadas futuras más puntos de tensión con el apabullante ascenso chino que con los EEUU.

En cambio, Hillary Clinton pareció dedicar más críticas y chicanas a Rusia que a China. La difusión de miles de emails de su autoría, que los demócratas atribuyeron a la inteligencia rusa de manera más o menos directa, no hizo más que potenciar esta postura de la primera mujer en disputar el sillón en el Salón Oval. Esto no implica que luego de sanar algunas heridas, Hillary Clinton pueda corregir rumbo y también ella avanzar en el Triángulo versión siglo 21. Pero no cabe duda de que no le resultará fácil.

Los chinos más que contentos. No casualmente el mismo Kissinger ha tenido palabras de elogio y respeto a algunos de los lineamientos de Trump en este complejo tema. Lo mismo hizo uno de los académicos realistas más respetados en la academia mundial de las relaciones internacionales, J. Mearsheimer, de la Universidad de Chicago.

Esto no llama la atención, si se parte de la pragmática premisa de que el rival geopolítico (por población, crecimiento económico, saltos tecnológicos, inversiones en el mundo, participación, en el comercio internacional, no dependencia de la exportación de materias primas como gas y petróleo) es China y no Rusia. Hoy el presupuesto de Defensa del gigante asiático es poco menos que la mitad del americano y cuatro veces más grande que el ruso. Esto no implica que China no tenga otros grandes desafíos, como el impacto político y social y las turbulencias que suele generar el ascenso de amplias capas de clases media. El Brasil de los últimos dos lustros puede dar fe de ello. Pero esto es material para otro artículo.

Licenciado en Ciencia Política (UBA), Máster en RRII Universidad de Bologna, especialización en Defensa en National Defense University-CHDS. Profesor en UCA, CEMA, Bologna y Siglo 21 de Córdoba.