La diatriba entre el presidente estadounidense Donald Trump y el papa León XIV que estalló este fin de semana no es un episodio aislado ni una disputa repentina. Es el punto de ebullición de una relación que se fue deteriorando durante más de un año, sacudida por la guerra contra Irán, una reunión secreta en el Pentágono y una pelea de fondo: quién tiene derecho a invocar a Dios para justificar el poder.
El detonante inmediato fue una vigilia de oración convocada por el papa el sábado 11 de abril en la Basílica de San Pedro, en la que León XIV —el primer pontífice nacido en Estados Unidos— condenó el “delirio de omnipotencia” que alimenta las guerras en curso y rechazó cualquier intento de “reclutar a Dios” para justificar la muerte de civiles. El pontífice no mencionó a Trump por su nombre, pero sus palabras sonaron como una respuesta directa a las declaraciones del mandatario, quien semanas antes había amenazado con destruir “toda una civilización” en Irán y cuyo secretario de Defensa, Pete Hegseth, había pedido a los estadounidenses rezar por la victoria “en el nombre de Jesucristo”.
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El domingo, Trump respondió con una andanada en redes sociales: “El papa León es DÉBIL en materia de seguridad y terrible para la política exterior”, escribió. “No soy fan del papa León”, agregó ante periodistas al desembarcar en Washington. Esa misma noche publicó una imagen en la que aparece vestido con ropas bíblicas, imponiendo las manos sobre un enfermo mientras emana luz de sus dedos. La publicación, que desató la indignación incluso entre sus propios seguidores cristianos más leales, fue borrada horas después por el propio Trump.

Horas después, León XIV respondió desde el avión papal rumbo a Argelia con una firmeza inusual: “No temo a la administración Trump”, dijo a los reporteros, y defendió que sus llamados a la paz son expresión del Evangelio, no ataques políticos.
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Una relación rota desde el inicio
Robert Francis Prevost —León XIV para la historia— era, sobre el papel, el papa que la administración Trump podía haber soñado. Nacido en Chicago, criado en Estados Unidos, el primer pontífice estadounidense en dos mil años de historia de la Iglesia Católica. Un hombre que debía tender, se pensaba en Washington, un puente natural entre la Santa Sede y un país donde el catolicismo se ha convertido en piedra angular de la coalición conservadora que llevó a Trump de vuelta a la Casa Blanca. El vicepresidente J.D. Vance se convirtió al catolicismo en 2019. Marco Rubio, el secretario de Estado, es católico. El Tribunal Supremo tiene mayoría católica. En las elecciones de 2024, Trump obtuvo el 55% del voto católico.

El problema es que León XIV tenía otras ideas.
Desde su primer mes de pontificado, en mayo de 2025, la relación fue acumulando tensiones. Cuando Vance lo invitó a celebrar el 250 aniversario de Estados Unidos en la Casa Blanca, el Vaticano consideró la oferta y la declinó indefinidamente. Los desacuerdos sobre la política migratoria de la administración, la oposición creciente de los obispos estadounidenses a las deportaciones masivas y, sobre todo, la reluctancia del papa a convertirse en moneda de cambio electoral de cara a las elecciones legislativas de 2026 pesaron más que el gesto diplomático. Según informó el periodista italiano Mattia Ferraresi en The Free Press, “la administración intentó por todos los medios posibles que el papa visitara Estados Unidos en 2026”. En respuesta, Leo XIV eligió pasar el 4 de julio en Lampedusa, la pequeña isla mediterránea que sirve de puerta de entrada a los migrantes africanos que arriesgan la vida para llegar a Europa. La fecha no fue casual.
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La reunión del Pentágono

El punto de inflexión llegó en enero de este año, cuando el Subsecretario de Defensa Elbridge Colby convocó al cardenal Christophe Pierre, entonces embajador vaticano ante Washington, a una reunión en el Pentágono. El encuentro no tiene precedentes documentados en la historia de las relaciones entre los dos estados. Según fuentes vaticanas citadas por The Free Press, el ambiente fue el de “una amarga lección”: los funcionarios estadounidenses advirtieron que su país “tiene el poder militar para hacer lo que quiera” y que la Iglesia “haría bien en ponerse de su lado”. Un funcionario llegó incluso a invocar el Papado de Aviñón —el período del siglo XIV en el que la Corona francesa utilizó su poderío militar para someter a la autoridad pontificia— como advertencia velada.
La veracidad del intercambio fue luego confirmada de forma independiente por medios como el Financial Times, NBC, el Washington Post y el Substack Letters from Leo, del periodista católico Christopher Hale (ex funcionario de las administraciones Obama y Biden y ex candidato demócrata al Congreso, quien escribe desde una perspectiva progresista)— a pesar de los desmentidos del Pentágono, la embajada estadounidense ante la Santa Sede y la Oficina de Prensa vaticana.
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El papa y la mayoría silenciosa
Lo que siguió fue una escalada gradual. Cuando Trump amenazó con destruir “toda una civilización” en Irán, Leo XIV lo calificó de “verdaderamente inaceptable”. Cuando comenzaron los bombardeos el 1 de marzo, el papa denunció que “la estabilidad y la paz no se construyen con amenazas mutuas ni con armas que siembran destrucción”. El 7 de abril, desde Castelgandolfo, dio un paso que no tiene parangón en la historia moderna del pontificado: invitó a los ciudadanos estadounidenses a llamar a sus representantes en el Congreso para exigir el fin de los ataques. El sábado 11 de abril, en la vigilia de oración de San Pedro, citó al profeta Isaías —“aunque multipliquen sus oraciones, yo no escucho: sus manos están llenas de sangre”— ante miles de fieles.
El director editorial de los medios vaticanos, Andrea Tornielli, interpretó estos gestos como un llamamiento a “la mayoría silenciosa” del planeta: “Millones, miles de millones de hombres y mujeres que creen en la paz, la construyen día a día y curan las heridas que deja la locura de la guerra”.
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Para el vaticanista Marco Politi, que escribe en Il Fatto Quotidiano con la perspectiva de décadas de seguimiento del papado, la paradoja de esta era de violencia y caos es que sitúa a la Iglesia Católica en una posición de relevancia moral que ninguna institución secular puede competir: “Ser voz de humanidad, solidaridad y fraternidad entre las religiones en un mundo que las ha perdido”. El papa, escribe Politi, “avanza lentamente a la sombra de los monumentos de la antigua Roma, inmerso en una historia secular”.
“No tengo miedo de la administración Trump”
En última instancia, el conflicto entre Trump y León XIV es una batalla por la legitimidad moral del poder. La administración Trump buscó desde el principio que el primer papa estadounidense de la historia bendijera —o al menos callara— ante su agenda. León XIV eligió el camino opuesto.
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El domingo por la noche, Trump descargó su artillería. En una extensa publicación en redes sociales, tachó a León XIV de “débil con el crimen y terrible para la política exterior”, lo acusó de “caer ante la izquierda radical” y llegó a insinuar que el papa solo había obtenido su cargo “porque era estadounidense y pensaban que así sería más fácil lidiar con Donald J. Trump”. “Si yo no estuviera en la Casa Blanca, León no estaría en el Vaticano”, escribió. Ante periodistas en la pista del aeropuerto, añadió: “No soy fan del papa Leo. Le gusta el crimen, supongo. Es una persona muy progresista”.

La respuesta del pontífice llegó el lunes desde el avión papal, en ruta hacia Argelia para iniciar un viaje apostólico de once días por África. “Poner mi mensaje en el mismo plano que lo que el presidente ha intentado hacer aquí, creo que es no entender cuál es el mensaje del Evangelio”, dijo. “El mensaje del Evangelio es muy claro: ‘Bienaventurados los que trabajan por la paz’”. Y concluyó con, tal vez, la respuesta más elocuente de todas: “No tengo miedo de la administración Trump”.
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