Narco Big Brother: radiografía de espionaje del CJNG y Cártel de Sinaloa

Los cárteles mexicanos a menudo se interpretan como un ojo que todo lo ve

Cámaras de videovigilancia
Cámaras de videovigilancia

Los cárteles en México no son más que un ojo que todo lo ve. Su presencia puede estar en todos lados y a la ves en ninguno. En 2015, este concepto tomó un sentido literal.

El Cártel del Golfo, que durante años dominó la frontera chica del país, instaló cámaras de videovigilancia en puntos claves de la ciudad de Reynosa, en Tamaulipas. El objetivo era controlar los movimientos de ciudadanos y autoridades.

Las cámaras, según los reportes, enfocaban las principales avenidas de la región, centros comerciales y aparcamientos públicos.

Aquella no fue la primera vez que las autoridades se daban cuenta que el crimen organizado las vigilaba de cerca. En 2014, en la capital del país, la fiscalía encontró micrófonos ocultos en las jardineras de la zona rosa, donde son prostituidas niñas y mujeres, según revela el periodista Óscar Balderas. Para mantener a las mujeres vigiladas, los padrotes instalaron los aparatos en los que podían escuchar todo lo que se decía.

En Sonora, bastión del cártel más poderoso de México, el de Sinaloa, los criminales intervinieron las patrullas. Ahí, de vez en cuando las autoridades tienen que pedir a sus habitantes que no salgan a la calle o viajen en coche por carretera debido a los enfrentamientos con criminales.

Atentos a cada movimiento que pueda perturbar sus intereses, Los Zetas colocaron micrófonos en la cafetería más concurrida de Veracruz, en la que se reunían políticos y funcionarios de altos mandos, atestiguó un jefe de plaza a Óscar Balderas.

Desde 2017, José Antonio Yépez, el Marro, fundador del Cártel de Santa Rosa de Lima, tenía en su mansión en Guanajuato una antena con la cual escuchaba las conversaciones telefónicas de sus vecinos.

El ojo que todo lo ve ha ampliado la lente. En las oficinas de la Agencia Antidrogas de Estados Unidos (DEA) se asegura que el Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) ha comprado equipo para intervenir comunicaciones privadas.

La rápida expansión del CJNG en México se debe en parte a los grupos locales que la organización criminal ha entrenado para que operen en distintas regiones. Son células casi imperceptibles: niños en las esquinas, el oído indiscreto de meseros, comerciantes, vendedores, que ahora son llamados halcones.

Ciudadanos y autoridades, bajo el control del narco

REUTERS
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Las llamadas narco-antenas se han convertido en un dolor de cabeza para las autoridades, pues a través de ellas, los cárteles de la droga han instalado un sistema oculto de telecomunicaciones que le permiten coordinar la entrega de drogas, efectuar secuestros, extorsiones y otro delitos con la inmediatez de una moderna agencia policial.

Las también conocidas como “antenas parásito” son una herramienta indispensable para las organizaciones criminales, pues a menudo están encriptadas y, a diferencia de las redes celulares comunes, la ubicación no se puede identificar fácilmente.

Según la agencia de noticias de Reino Unido, Reuters, para este sistema, los narcos utilizan las torres de celulares de compañías importantes en México, muchas de ellas instaladas en zonas rurales. Al pie de la torre, los cárteles colocan una estación base, que genera ondas de radio, por lo regular escondidas en una maleta o en un refrigerados para la protección del sol. Más arriba instalan antenas parásitas para proyectar la señal.

Los Zetas, un sanguinario cártel mexicano que se hizo con el control de los estados mexicanos en 2005, han utilizado equipos de radio para difundir amenazas en las frecuencias de los saldos, como también lo ha hecho el Cártel de Sinaloa, el pasado 17 de octubre, durante la liberación de Ovidio Guzmán.

Al menos hasta fecha reciente, los cárteles controlan a su gente por computadoras que permiten ejercer un complejo control de las señales de radio, permitiéndoles dirigir sus telecomunicaciones a radios específicos sin que otros escuchen.

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