Hogar, dulce hogar

Nuestros hogares son “biológicamente relevantes”. Se vuelven, en este sentido, libres de estrés, proporcionándonos una reconfortante sensación de seguridad y de fiabilidad, imprescindibles para nuestra supervivencia y bienestar general.

El trabajo y estudio desde casa durante la pandemia ha sido el denominador común. (Foto: REUTERS/Bernadett Szabo)
El trabajo y estudio desde casa durante la pandemia ha sido el denominador común. (Foto: REUTERS/Bernadett Szabo)

La pandemia nos ha llevado a cambiar las costumbres y a incorporar nuevos hábitos. Nuestra vida cotidiana se vio alterada. De un momento para otro nos encontramos trabajando desde casa, saliendo a la calle lo menos posible, abandonando las actividades recreativas, los restaurantes, las cafeterías, los espectáculos y toda suerte de sociabilización, quedando el contacto con los familiares y amigos suspendido hasta nuevo aviso.

Una misma frase se ha instalado en todos los idiomas y en todos los países del mundo. Sin importar el lugar donde vivimos, la consigna es la misma: “Quédate en casa”. Mucho se habla de las consecuencias negativas que produce el confinamiento, pero hoy me gustaría dedicarle esta columna a un aspecto positivo y beneficioso que tiene quedarnos en casa en esta cuarentena.

El hogar no es propio de los seres humanos, no es algo que nosotros hayamos inventado. Son innumerables las especies que tienen hogares. Existen por doquier en el mundo natural y adoptan muchas formas diferentes: nidos de ave, hormigueros, madrigueras, etc.

¿Qué le pasa a nuestro cerebro cuando estamos más tiempo en casa? Estar en nuestro hogar nos hace sentirnos cómodos. Nuestra casa nos proporciona un entorno protegido y esto se debe, en parte, a que el detector de amenazas que está en nuestro cerebro deja de funcionar cuando estamos en casa. Este sistema cerebral se ocupa de detectar cualquier posible peligro para nuestra vida. Pero en nuestro hogar, el sistema se relaja, deja de estar en alerta porque sabe que estamos protegidos y al resguardo. Esa desactivación nos produce “bienestar”, nos hace sentir relajados sabiendo que los peligros y amenazas quedaron del otro lado de la puerta. Eso explica por qué muchas personas después de estar un tiempo prolongado en sus hogares, les cuesta salir de sus casas. Para algunos, volver a enfrentarse a los factores de estrés del mundo exterior puede ser algo más complicado y difícil que para otros.

Nuestros hogares son “biológicamente relevantes”. Se vuelven, en este sentido, libres de estrés, proporcionándonos una reconfortante sensación de seguridad y de fiabilidad, elementos que son imprescindibles para nuestra supervivencia y nuestro bienestar general.

Otra gran ventaja de vivir en un entorno protegido de los peligros que acechan en el exterior es el sueño. Dormir en nuestro hogar es relajado. No es lo mismo dormir en un hotel o en la casa de otra persona. Cuando dormimos en lugares poco familiares se da lo que se conoce como el “efecto de la primera noche” un fenómeno que hace que durmamos con cierta intranquilidad. Este fenómeno, si nos quedamos más de una noche en el mismo lugar, va desapareciendo y a medida que el lugar se va volviendo más familiar, nuestro dormir va siendo más relajado. Si usted se queda una semana en un hotel, notará la diferencia.

Estas dos razones hacen que nuestro hogar sea un verdadero refugio, un sitio ideal para el descanso. Cada día cuando llegamos a casa, nuestro cerebro aporta una considerable cuota en favor de nuestro bienestar. Nos ayuda relajándose y mejorándonos el dormir, el resto del tiempo, si disfrutamos o no de nuestro refugio, depende de nosotros.

*Psicóloga y escritora

Lo aquí publicado es responsabilidad del autor y no representa la postura editorial de este medio.

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