Un dilema inevitable

Nos enfrentamos a la disyuntiva de exponernos a sufrir o mantenernos seguros, pero estáticos y aislados

Taking decisions for the future man standing with many direction arrow choices, left, right or move forward
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La búsqueda de aprobación de quienes nos rodean es un tema central en nuestras vidas. Gran parte de los vaivenes emocionales que tenemos a diario, son producto de las interacciones con los demás. La conexión con el otro forma parte de nuestra razón de ser y si bien hay personas que son más susceptibles que otras, ninguno de nosotros somos indiferentes al impacto emocional que nos genera la aprobación o rechazo de los demás.

Hoy se sabe que cuando nos sentimos rechazados por otra persona, se activan las mismas regiones del cerebro que se utilizan para procesar el dolor físico. El rechazo literalmente, duele. Los insultos y la indiferencia duelen al igual que una herida en el cuerpo. Somos muy sensibles a cualquier clase de reprobación, incluso cuando la consideramos irrelevante o poco importante. Si una persona al cruzarse con nosotros nos desvía la mirada y sentimos que “nos ignora”, ese acto nos produce una sensación instintiva de desagrado.

No hay indiferencia cuando de los otros se trata. Quienes nos rodean tienen un papel destacado en nuestras vidas, tanto si las interacciones son positivas como negativas. Somos susceptibles a los comportamientos, acciones y estados de ánimo de los demás y nos esforzamos en ser socialmente agradables. Ello nos lleva a condicionar nuestra conducta por miedo a la burla, al rechazo, a hacer el ridículo o a sufrir una descalificación.

Necesitamos sentirnos aprobados y queridos por los demás y esa misma necesidad, nos hace vulnerables. Tratamos de hacer lo mejor que podemos con nosotros mismos y a la vez esquivar las fragilidades internas. Esta respuesta casi natural a tratar de sortear nuestros puntos flojos, nos deja frente a una encrucijada: por un lado, nuestra naturaleza tiende a esquivar las fragilidades lo más que puede, pero a su vez, nuestro bienestar depende de la posibilidad de enfrentarlas.

Buscamos evitar el riesgo a equivocarnos o exponernos emocionalmente ante la vergüenza, el rechazo o el ridículo. Tenemos miedo de no ser lo suficientemente valiosos como para que alguien se fije en nosotros, de no sentirnos dignos de ser queridos, de no ser exitosos, inteligentes, lindos, o seguros. Miedo de ser quienes somos y arriesgarnos a no ser lo suficientemente buenos para los otros.

No podemos evitar que no nos duela el rechazo o la desaprobación. No se trata entonces de buscar la manera de remediarlo o resolverlo. Se trata de buscar la forma de soportarlo, de sostener nuestra fragilidad y nuestros temores. De asumir el riesgo emocional de dar un primer beso o de golpear la puerta de la oficina de nuestro jefe para ir a pedirle un aumento de sueldo y que nos diga que no. Se trata de sentirnos expuestos y vulnerables y, sin embargo, seguir adelante aun cuando no podemos controlar el resultado. Se trata de juntar coraje y accionar mientras sentimos que estamos por dar un salto al vacío.

Difícil disyuntiva la que se nos presenta. Tenemos que elegir entre evitar la exposición emocional y la incertidumbre o aventurarnos al rechazo. Nuestra falta de acción se debe a que no siempre podemos soportar la idea de correr el riesgo de provocarnos un dolor. En cambio, otras veces optamos por cerrar los ojos, apretar fuerte los dientes, respirar profundo y salir a la búsqueda de lo que deseamos.

*Psicóloga y escritora

Lo aquí publicado es responsabilidad del autor y no representa la postura editorial de este medio.

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