La Biblia y el populismo

Cuando colapsan las reglas y los esquemas racionales de un régimen liberal, la gente comienza a buscar creer en algo o alguien. De esa forma, la fe brinda certezas, especialmente cuando el ejercicio de la ciudadanía requiere la duda permanente

El traficante utilizaba una Biblia para ocultar la droga (Foto: @ComputrDr)
El traficante utilizaba una Biblia para ocultar la droga (Foto: @ComputrDr)

Siempre tendrá una ventaja en el arte de gobernar quien conozca el valor de los símbolos y sepa usarlos.

El pasado lunes 1 de junio, el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, salió de su bunker en la Casa Blanca, una vez que la policía dispersó a manifestantes en la plaza. Cruzó la calle hacia la iglesia de San Juan, la cual había sido incendiada el día anterior. Ahí, Biblia en mano, declaró que las protestas eran un crimen contra Dios y juró luchar contra el terrorismo.

El mundo reaccionó a la imagen. La derecha en todo el mundo aplaudió la forma en que combatía por fin a la “diabólica” élite globalista, a los demoniacos organismos internacionales y a la corrección política. Al contrario, la izquierda circuló imágenes de gobernantes como Jair Bolsonaro o Jeanine Añez, diciendo que la derecha se había vuelto religiosa. Sin embargo, sería un error grave de apreciación este reduccionismo.

Si observamos al otro lado del espectro ideológico, Hugo Chávez tuvo un enorme interés de colocar imágenes de Jesús de Nazaret junto a Simón Bolívar como símbolos de lucha revolucionaria. Incluso Nicolás Maduro ha impulsado el voto evangélico en Venezuela. O qué decir de Andrés Manuel López Obrador, que ha recurrido desde hace años a un discurso moral y de tintes religiosos, pleno de alusiones bíblicas. ¿Es un problema de la izquierda? Aunque los políticos de esa corriente son corresponsables por acto u omisión, también erraríamos si lo hiciésemos.

Si deseamos enfocar el problema en su debida dimensión, no sirven las viejas categorías ideológicas. Quizás entenderíamos mejor las causas, efectos y alternativas si hablamos de “populismo”, el cual va más allá de corrientes de pensamiento.

Definamos al populismo como una estrategia política a través de la cual un líder personalista busca conquistar o ejerce el poder público a través del apoyo directo y no distinguible de una gran cantidad de seguidores no organizados. Tal apelación hace que el discurso sea polarizante, marcando la diferencia entre afines y enemigos.

Una herramienta importante para aglutinar a las masas en torno a una visión de bondad y maldad es la religión. Gracias a ella se tienen códigos comunes para expresarse, especialmente cuando existe un culto predominante. Esto es relevante cuando hablamos de las religiones abrahámicas, particularmente el cristianismo y el islam.

Cuando colapsan las reglas y los esquemas racionales de un régimen liberal, la gente comienza a buscar creer en algo o alguien. De esa forma, la fe brinda certezas, especialmente cuando el ejercicio de la ciudadanía requiere la duda permanente. Eso lo saben a la perfección los líderes populistas, sean o no creyentes o practicantes: basta con simular y dejarse fotografiar con clérigos.

Hay un componente adicional: el cristianismo fomenta una visión lineal de la historia, donde se tenía un estado de inocencia original, una caída en pecado y una futura redención de ese paraíso. A eso lo llamamos una visión teleológica, y está especialmente marcada en algunos grupos protestantes, como los evangélicos y pentecostales, aunque también la comparten muchos católicos conservadores.

Incluso ese tipo de visiones se encuentran en muchas otras escuelas de pensamiento, como el de Karl Marx o incluso los neo conservadores estadounidenses: para ellos hay un futuro inevitable que eventualmente se consumará.

Lamentablemente estas interpretaciones tienen un lado oscuro: si hay un futuro inevitable, entonces el militante de esos regímenes tenderá a verse como un misionero que difunde el mensaje que considera correcto, estando los demás equivocados. Y si el futuro es mejor al presente, entonces vale la pena incurrir en cualquier arbitrariedad a nombre de lo que vendrá: al fin y al cabo, la historia los absolverá.

En breve, tenemos un problema que no es propio de la izquierda o la derecha, sino de lo que debería ser un piso común: la democracia y sus valores. Aquí lo peor que se puede hacer es culparse mutuamente, sino comenzar a dialogar sobre el espacio compartido, antes que el discurso de la fatalidad termine por ser mayoritario. Aún estamos a tiempo.

*Politólogo

Lo aquí publicado es responsabilidad del autor y no representa la postura editorial de este medio

MAS NOTICIAS