(Foto: cortesía)
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Los seres humanos tenemos mucha facilidad para generarnos malestares. Me animaría a decir que somos expertos en hacernos problemas, en enredarnos en suposiciones y laberintos interminables que convierten un problema menor en algo central. La mayoría de las veces miramos la vida de esa forma. Nos detenemos en detalles, en pequeñeces o nos obsesionamos de tal manera, que el mundo a nuestro alrededor desaparece. Y no estoy hablando de la pasión por las cosas, sino de la pérdida de perspectiva de las situaciones y acontecimientos que vivimos a diario.

Muchas de esas situaciones se solucionarían más rápido si las miráramos desde lejos. Si las ponemos en perspectiva, podemos tener un panorama que abarque otros elementos que, sin la distancia correcta, no habríamos podido tomar en consideración.

Solo ante acontecimientos de suma importancia tomamos conciencia de lo equivocados que estábamos en hacernos problemas por pequeñeces. Pero una vez que la situación crítica desaparece y el miedo y la angustia se disipan, tendemos nuevamente a perder la perspectiva y a equivocar otra vez la relevancia de las situaciones.

La pandemia que estamos atravesando nos enfrenta a una nueva oportunidad de poner las cosas importantes de nuestra vida por encima de lo pasajero, lo superfluo o lo trivial. Hoy ya no importa si no consigo reserva en mi restaurante preferido. O si no nos ponemos de acuerdo sobre el destino de nuestras próximas vacaciones.

Las malas noticias redimensionan nuestra vida. La vida cobra sentido cuando aparece el peligro. El miedo al contagio, a la enfermedad y a la muerte nos sacude y los grandes problemas de ayer, hoy se vuelven insignificantes.

¿Cuánto tiempo nos durará esta nueva perspectiva? Cuántas veces tenemos que volver a transitar el peligro para darnos cuenta de que no necesitamos mucho más que el afecto, la compañía y la compresión de los otros. Con eso nos alcanza para soportar los momentos difíciles.

No deberíamos esperar a recibir una mala noticia para comenzar a vivir de otra manera. No deberíamos esperar una pandemia para atesorar un poco de felicidad.

Le exigimos demasiado a la vida, ponemos infinidad de condiciones para tener bienestar y solo cuando las circunstancias se vuelven extremas, abandonamos los pedidos y nos dedicamos a disfrutar de lo que tenemos.

Hoy se nos presenta una nueva oportunidad para poner cada cosa en el lugar que le corresponde y aprender, de una vez por todas, a no condicionar nuestra felicidad a las circunstancias de la vida.

*Psicóloga y escritora

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