(Foto: cortesía)
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Somos seres emocionales. ¿Quién podría negarlo? Nuestras emociones rigen gran parte de nuestra vida. Nos sentimos felices, contentos, alegres, emocionados, furiosos, temerosos, aburridos, inquietos, deprimidos, enojados, etc. y cada vez que experimentamos estos sentimientos nos impactan, condicionan o modifican la manera de ver las cosas y la forma de interactuar con el medio.

Conocer cómo funciona nuestra emoción nos permite saber en qué momento podemos poner en marcha nuestra decisión y voluntad para cambiarla, reducirla o eliminarla. Si desconocemos su funcionamiento podemos llegar a realizar acciones poco conducentes y que no logren el efecto deseado ni sean realizadas en el momento adecuado.

Cuando hablamos de emoción tenemos que tener presente dos aspectos básicos. 1) Primero sentimos la emoción y luego nos damos cuenta y 2) la emoción una vez emergida tiene un tiempo en el cual el razonamiento tiene poca cabida, (rebota por así decirlo) o se encuentra distorsionado por la intensidad que presenta la emoción.

Las emociones pueden desplegarse en una fracción de segundo y no somos conscientes del proceso. Solo nos damos cuenta después de que la emoción se puso en marcha y es entonces cuando nos percatamos de que estamos asustados, tristes o enojados. Nos hacemos conscientes una vez que la emoción ya emergió, no antes.

Cuando las emociones son muy intensas quedamos literalmente atrapados por la ella. Hay un periodo entre la aparición de la emoción y la posibilidad de tener algún control sobre ella que puede durar hasta 90 segundos y en los cuales su poder se vuelve esclavizante. Ese periodo se conoce como “periodo refractario” en el cual no estamos en condiciones de incorporar nueva información, o en el caso de hacerlo, la interpretamos mal y sólo podemos tomar en cuenta aquellos datos que corroboran la emoción que estamos sintiendo.

El período refractario es un período en el que uno es incapaz de prestar atención a cualquier dato que pueda interrumpir el curso de la emoción. Mientras dura el periodo refractario, nos dejamos llevar por lo que sentimos y no podemos razonar correctamente.

Lo podemos ver claramente cuando un tercero separa a dos personas de una pelea. Los que están golpeándose están presos de una emoción que no les permite frenar, no hay lugar para el razonamiento.

Conocer el proceso nos ayuda a comprender que podemos hacer frente a una persona que por determinada circunstancia se pone agresiva, violenta o descontrolada. Lo más conveniente en esos casos es no confrontar y esperar a que la emoción baje su intensidad, ya que mientras dure su periodo refractario nuestras palabras no serán escuchadas.

Si la emoción es menos intensa, el periodo refractario dura menos. A veces tan solo unos pocos segundos, pero de una forma u otra, hay un instante que por más corto que sea, nos mantiene atrapados por la emoción.

Queda en nosotros saber esperar a que descienda el nivel emocional para darle paso a la razón. Esperar un máximo de 90 segundos nos puede evitar peleas, confrontaciones, discusiones y malos momentos.

Pruébelo. No le llevará mucho tiempo comprobarlo, solo un minuto y medio.

*Psiquiatra y escritora

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