(Foto: Cuartoscuro)
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Tijuana es un mito y es una realidad, las dos cosas a la vez sin ser contradictorias. Su condición de ciudad fronteriza con el estado más rico de los Estados Unidos le ha otorgado parte de su sello de identidad que, seguro lo tiene, aunque muchos lo dudan. La Ley Volstead puesta en vigor en 1919 hizo de Tijuana un espacio de negocio de lo prohibido en Estados Unidos y propició la apertura de establecimientos comerciales donde comprar y consumir el alcohol, practicar el juego y dar rienda suelta a los placeres del cuerpo. En cierto sentido, ese el origen de Tijuana o su evolución de rancho de la Tía Juana a la urbanización como espacio de transacciones comerciales, principalmente de los giros en torno a las actividades ya mencionadas. Siendo vecina de San Diego, una ciudad militar, sede de la principal base naval de los Estados Unidos en el Océano Pacífico, Tijuana se convirtió en un centro urbano subsidiario y ofertante de los servicios demandados por la milicia americana en sus días francos.

Así pues, aunque a mucha gente de Tijuana le molesta con razón que a su ciudad se le identifique con las actividades ilícitas y los ambientes de violencia en la que tienen lugar, y tampoco está a gusto con lo que llaman “leyenda negra de Tijuana”, la visión estereotipada presuntamente creada a partir de la proyección de un imaginario construido desde la percepción puritana de las élites americanas que impusieron a esta ciudad las etiquetas que la asocian con el vicio, el juego y la prostitución, la impronta de la condición fronteriza y las políticas prohibicionistas impuestas desde el más alto poder en Washington le han otorgado una centralidad estratégica en las trasiego de drogas ilícitas a través de la frontera.

Es cierto que al paso del tiempo Tijuana se ha diversificado y convertido en una extensa área metropolitana, la sexta más poblada de México, con todos los problemas y complejidades en que deviene el crecimiento caótico y sin patrones que le otorguen sentido de orden. Se trata de una ciudad compleja y contrastante, que alberga muchas expresiones que hablan de su fuerza creativa e innovadora, atractiva, fascinante y perturbadora para propios y extraños que llegan y se sorprenden frente a esos otros rostros de una Tijuana que les rompe los estereotipos de la ciudad que no tenían en sus registros y mapas de su ruta exploratoria.

Pero al mismo tiempo, hay esa ciudad que Robert D. Kaplan describe en una estampa: “…en Tijuana era continuo el desfile de casos de explotación sexual, infantil, vehículos poco seguros, puentes sin barandilla, comercios donde se vendían drogas prohibidas, edificios sin puertas…”. Es una viñeta que se puede encontrar en cualquier reportaje sobre la ciudad o en cualquier secuencia de notas periodísticas locales; se refiere a un ambiente socio urbano que, incluso se lee en los reclamos que representantes en el Cabildo municipal han hecho recientemente a la autoridad local. Tampoco se puede negar que se trata de una ciudad con mucha violencia en todos sus distintos ámbitos, donde la más letal está asociada al mercado de drogas ilegales. La ciudad con esas dimensiones demográficas es también un mercado de drogas para una importante población adicta.

Esta historia viene desde principios de la década de 1970, cuando el gobierno del presidente Nixon en Estados Unidos, impuso al resto del mundo y en especial a México como país vecino, un papel de guarían de las fronteras para evitar que los enervantes llegaran a su demandante sociedad. Hoy sabemos que la política de Nixon ideada por su secretario del interior John Ehrlichman, tenía un propósito de control social interno dirigido a la población juvenil afroamericana y los jóvenes opositores a la guerra en Vietnam. Así, Tijuana se convirtió en una ciudad del turismo “pacheco” para la juventud universitaria de California en sus spring breaks y escapadas de fin de semana al lugar donde hacer la pasada psicodélica de iniciación, en plena época de la rebeldía juvenil hippie. En todo caso esa era la imagen más amigable asociada al nuevo rol impuesto por la política prohibicionista de Washington.

Lo cierto es que esta política prohibicionista hizo de Tijuana como ciudad fronteriza un punto estratégico en el comercio ilegal de drogas prohibidas a través de la frontera internacional. Por supuesto, como en toda actividad prohibida, criminalizada y perseguida por el Estado, surgieron los agentes encargados de organizar el mercado al amparo de quienes desde una posición de poder institucional les brindan la protección y facilidades para las operaciones comerciales a cambio de beneficios compartidos. Se trata de actividades altamente competidas, donde las disputas por el control de rutas, territorios y cargamentos se dirimen de forma violenta. En ese sentido, Tijuana ha sido una ciudad donde la presencia violenta de las organizaciones criminales dedicadas al tráfico de drogas ilegales ha dejado una profunda huella de su actividad, recogida en los registros de violencia y la nota roja de la prensa regional, aunque también en las pautas de una subcultura que tiende a legitimar socialmente este tipo de actividades.

A decir del recordado periodista Jesús Blancornelas, a principios de los 1980 se empezó a hacer sentir la presencia en Tijuana de la organización encabezado por los hermanos Arellano Félix como dueños de la plaza. Esa organización se habría desenvuelto traficando de forma directa, cobrando derecho de piso al cartel de Sinaloa y como “brokers” de los carteles colombianos que hasta esos años tenían el control del mercado de cocaína en Estados Unidos. Esta ciudad ofrece la ventaja de ser la mayormente conectada con el centro y sur del país, sobre todo con el corredor de los estados del Pacífico, lugares enlazados también a la producción de enervantes, al mismo tiempo que ha sido el principal cruce fronterizo hacia California.

Los registros criminológicos muestran de forma recurrente que Baja California y especialmente Tijuana son lugares de violencia letal. Tijuana ha sido reportada en meses recientes como la ciudad más violenta del mundo. Puede que no lo sea, pero los registros de homicidios que aquí suceden se superan a sí mismos un mes tras otro, sin que ninguna autoridad atine a instrumentar una estrategia de control policial eficaz que ponga freno a los homicidios que se atribuyen a la lucha por el control del narcomenudeo, es decir, la venta callejera de drogas. Es cierto que la violencia homicida no es nueva y se ha arraigado en la ciudad como si fuera parte de su naturaleza, pero está claro que se trata de la expresión de una lucha abierta entre organizaciones criminales que se disputan un vacío de hegemonía en el control criminal de la ciudad como mercado de drogas. Si las organizaciones como el cartel de Tijuana y el de Sinaloa han sido diezmadas por el gobierno federal en años recientes, lo que queda de ellas y otras que buscan entrar a este territorio, mantienen una guerra por el control de la plaza más importante.

Se suponía que la regulación que permite el mercado legal de uso recreativo de la marihuana en California podría afectar a las organizaciones dedicadas al tráfico desde México, pero hasta ahora el mercado legal en aquel estado de la Unión Americana solo controla el 20 por ciento de las ventas, mientras que el mercado ilegal sigue siendo hegemónico y podría explicar los decomisos de cargamentos de marihuana en Baja California y el descubrimiento reciente de un túnel en las cercanías del aeropuerto de Tijuana, pero igualmente, los decomisos de drogas sintéticas y opiáceas en el aeropuerto, indican que esta ciudad sigue siendo muy importante para las organizaciones dedicadas al tráfico internacional de sustancias prohibidas.

*Investigador de El Colegio de la Frontera Norte

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