(Foto: cortesía)
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Por Celia Antonini 

La vida trae consigo infinidad de situaciones que nos ponen a prueba. La felicidad y el bienestar no vienen dados de antemano, sino que hay que salir a buscarlos. Hay que comprometerse con uno mismo para poder alcanzarlos. Si no lo hacemos, quedamos convertidos en espectadores del bienestar ajeno y creyendo que el logro de las metas y objetivos está reservado para unos pocos afortunados, para aquellos que fueron tocados por una varita mágica o que tuvieron más "suerte" que nosotros.

En verdad no es así. La diferencia entre unos y otros está dada por la manera en que interpretamos lo que nos pasa y cómo actuamos en consecuencia. No hay excepciones, los caminos que nos llevan a destino están plagados de obstáculos, sinsabores y reveses, solo que algunas personas confían en sí mismos y buscan la manera de sortearlos, mientras que otros se quejan o lamentan por los impedimentos que encuentran a su paso.

Nos cuesta bastante poner la mente a nuestro servicio y utilizarla para vivir mejor. A cambio, estamos llenos de requisitos y exigencias con nosotros y terminamos por crear un mundo interno colmado de condicionamientos para ser felices y sin ninguna restricción para el malestar. Voy a estar bien cuando mi padre me trate mejor, mi madre me entienda, mi hermano sea mi amigo, mi novio sea más cariñoso y mi jefe más comprensivo.

Solemos esperar que las situaciones se acomoden a nuestras necesidades. Insistimos en que las cosas tienen que ser de la manera que queremos y no estamos acostumbrados a plantear cambios que empiecen en nosotros.
Mi consultorio está lleno de personas que quieren sentirse mejor, pero que no están dispuestas a abandonar su posición ni la forma en que piensan. No funciona de esa manera, no podemos mantenernos en la postura de tener la razón cuando los resultados que obtenemos están alejados del bienestar que pretendemos alcanzar.

La vida puede tornarse simple si tomamos los caminos correctos y muy complicada si insistimos en tener razón, aun cuando los resultados que obtenemos no sean los apropiados. Abandonar nuestra posición testaruda puede llevarnos muchos años y en ocasiones, toda una vida.

Tal vez tengamos que cambiar el sistema de evaluación que utilizamos y en lugar de pensar si tenemos o no razón, preguntarnos cuán bien o mal nos hace la postura que tenemos sobre cada una de las cosas que nos pasan en la vida. ¿De qué me sirve sentir que tengo razón si eso me lleva a pelear o discutir todos los días por lo mismo?

Tendríamos que preguntarnos: ¿a qué le damos prioridad? Solemos darle relevancia a lo que pensamos y creemos por sobre el sentimiento que nos provoca, pero si medimos lo que nos pasa en tiempo de sufrimiento, nos va a resultar más fácil realizar cambios.

Con cada emoción negativa que tenga, pregúntese: ¿Cuánto tiempo estoy dispuesto a sufrir por esto? ¿10 minutos? ¿30 minutos? ¿4 horas? ¿1 día? ¿meses?

Pensarnos en tiempo de sufrimiento es una buena manera de darle prioridad a nuestras emociones. Si lo ponemos en esos términos, difícilmente elijamos mantener el malestar.

Cuando nuestra prioridad es evitar el malestar o reducirlo a la menor cantidad de tiempo posible, la creencia que estamos sosteniendo comienza a perder fuerzas, se torna un aspecto secundario y nos es más fácil centrarnos en buscar las herramientas para reducir la emoción que estamos experimentando.

Pruebe. Si usted les da prioridad a sus emociones negativas, de una u otra forma, encontrará la manera de sacárselas de encima.

Recuerde: el primer obstáculo, casi siempre, somos nosotros mismos.

*Psicóloga y escritora

Lo publicado aquí es responsabilidad del autor y no representa la postura editorial de este medio