El músico y escritor dijo que con las acusaciones lo “hicieron polvo” (Foto: Facebook)
El músico y escritor dijo que con las acusaciones lo “hicieron polvo” (Foto: Facebook)

Por Alejandro Fuentes*

Fama volat (la fama vuela), dice la locución latina extraída de la Eneida, de Virgilio. La alusión viene a cuento aquí, a propósito de la muerte de Armando Vega-Gil, primero porque fue un hombre de libros y después porque en ella se encierra, destilada, la esencia de una tragedia que debería dejarnos aprendizajes indelebles.

Si dos mil años atrás las noticias sobre la fama de un notable se dispersaban a una velocidad que hacía pensar en el vuelo, en la era de las redes sociales esas noticias eclosiona se desvirtúan, enferman y finalmente envenenan en segundos. Es justo entonces detenernos y analizar cómo y por qué llegamos hasta aquí; también es deseable evitar la toma de partido, pues de un lado está la muerte del músico y del otro las denuncias públicas sobre los abusos condensados en #MeTooMusicosMexicanos. Ambos son temas dolorosos y hermanados por un cáncer social llamado impunidad.

La impunidad como reto incluso para la tecnología actual. Pongamos el caso de las búsquedas en línea. Una hipotética que dijera 'impunidad en México' arrojaría resultados incontables, amorfos. Si se delimitara y dijera 'impunidad en abusos sexuales en México', aunque más concreta, sería difícilmente manejable. Pero si es inducida e incluye elementos simplificadores, para bien y para mal, se vuelve un tópico. Y eso es #MeTooMusicosMexicanos, o cualquier variación gremial que incluya personas con notoriedad. El hashtag impone delimitación conceptual; el 'me too' es un significante reconocido para los consumidores de medios. Y 'músicos mexicanos' es un anzuelo atractivo no sólo para los melómanos, sino para cualquiera que busque una dosis de morbo digital.

La impunidad, esa que impulsó a decenas de mujeres a exponer su caso ante el escrutinio público, luego de que la ley no se ejerciera cabalmente, sometiéndolas a comentarios que incluyen dosis altas de prejuicios y burlas dolorosas. La impunidad, esa que se puede usar como salvoconducto para exponer casos falsos de abusos, que se prestan incluso a sobornos bajo el amparo del anonimato digital. Entre estas coordenadas se enmarca el caso de Vega Gil: una persona notable, que aparece en una búsqueda inducida y vinculada a un tema muy delicado (independientemente de su veracidad, insisto). Porque la gente en internet tiende a consumir más información sobre otras personas que sobre objetos o ideas. Y a partir de esta información se actúa con premios y castigos. Aquí primero fue la hostilidad contra el músico, contra lo que él representaba; posteriormente vino la contraofensiva hacia mujeres que decidieron exponer la impunidad. ¿Y las ideas detrás de esto? Esas son hasta ahora parte de un ecosistema semidesértico.

Irónicamente, el fragmento de la Eneida que dio origen al 'fama volat' describe una muerte trágica. Idomeneo, un rey que regresaba a Creta luego de la guerra de Troya, enfrentó una tormenta tan furiosa que le prometió a Poseidón que si se salvaba le ofrecería en sacrificio al primer ser vivo que encontrara. Encontró a su hijo y cumplió su promesa. Su pueblo creía que por esta acción los dioses habían castigado a la isla con enfermedades e Idomeneo huyó, y su fama voló. Es inevitable hacer la asociación. Sin embargo, la actual es una tragedia que se resiste al maniqueísmo, por eso el famoso no puede ser ni el rey ni el hijo de este. No es la memoria de Vega Gil contra las feministas; no son las víctimas del abuso sexual contra los simpatizantes de Vega Gil. Es él, ellas y todos nosotros víctimas de la impunidad imperante. De no existir, ni siquiera estaríamos hablando de este tema.

*Alejandro Fuentes es periodista y market lead de MSN México

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