17 de octubre de 1955

Borges y la madre salen a caminar y llegan a México al 500. Es un paseo corto, no más de quince cuadras: salieron de Maipú y Paraguay y ahora están frente al antiguo edificio de la Biblioteca Nacional —por entonces, el único—. Borges desde siempre ha sido un gran caminador; Leonor, con una vitalidad sorprendente para alguien que roza los 80, es de las pocas que le sigue el ritmo. Si Borges está vestido como suele, lleva traje oscuro, corbata amarilla —el color que mejor distingue—, va sin sombrero, todavía no usa bastón. Apunta con el mentón hacia adelante, lo que le da un aspecto recio, aunque, en realidad, lo levanta porque un oculista le había advertido que tenía la retina adherida apenas por un punto y él cree que así hace menos presión.

De chico, Borges solía acompañar al padre a la Biblioteca. El edificio era muy nuevo —lo había inaugurado Paul Groussac en 1901— y todo parecía brillante e infinito. Como había sido diseñado para la Lotería Nacional, los pasamanos tenían bolilleros como ornamento, había murales y ninfas aladas apoyadas levemente sobre la punta de un pie. En el atrio central estaba la sala de lectura, con mesas largas y ficheros de madera que eran consultados por los bibliotecarios. Desde allí se podían ver todos los pisos de la Biblioteca, con paredes altísimas tapizadas de libros. Había que inclinar la cabeza hacia atrás para llegar al techo. Con una timidez que le impedía acercarse a los empleados, Borges leía lo único que estaba a su alcance: los tomos de las enciclopedias. Allí nació esa pasión que lo acompañó de por vida; recordaba más los grabados de la Encyclopaedia Britannica que las caras de las personas. Borges se perdía en las largas entradas que lo llevaban a través de países remotos, antiguos mitos, animales fantásticos.

Borges y Leonor Acevedo, su madre
Borges y Leonor Acevedo, su madre

La fantasía frecuente es imaginar a ese niño saltando entre volúmenes, casi como en una versión analógica de la navegación por internet. No era así; aquello habría supuesto vencer la vergüenza de ir y venir. Borges leía de a un tomo por vez. Con el volumen de la letra D tuvo una suerte de epifanía. Había terminado un artículo sobre los drusos, una comunidad de Asia Menor que que se consideraba descendiente de los chinos y que creía en la transmigración de las almas, cuando calculó cuántos años serían necesarios para leer, no ya la totalidad de los libros —eso habría sido insensato—, sino, al menos, las enciclopedias que guardaba la Biblioteca: ni siquiera estando una vida entera podría lograrse. Fue entonces que deseó con toda el alma quedarse para siempre allí.

—Bueno —le dice Leonor—, ahora que sos el director, ¿por qué no entrás? Vamos a mirar por dentro cómo es todo.

Unas horas antes, Borges había ido a la Casa Rosada junto con un grupo de intelectuales y escritores para homenajear a Lonardi, el militar que volteó a Perón con la Revolución Libertadora. Cincuenta años después, Horacio González escribiría en Página/12 que la visita fue el 18; tal vez un error involuntario para escapar a la efeméride: el encuentro fue el lunes 17, fecha exacta en que se cumplían diez años del "Día de la Lealtad".

¿Quiénes integraban aquella comisión? No se sabe. Seguro estaba Manuel Mujica Láinez, pero la mayoría de los testimonios sólo mencionan a Borges. Quizá porque, visto a la distancia, su figura fue tan importante que eclipsó al resto; quizá porque por ese tiempo —y como lo sería siempre— él era el intelectual más destacado de la "resistencia antiperonista"; quizá porque quienes lo acompañaban se ocuparon de tachar de sus biografías el encuentro con un dictador. Lonardi estrechó manos y habló brevemente con cada uno. Lo que le dijo a Borges iba a determinar la suerte de sus próximos dieciocho años: "¿Director de la Biblioteca Nacional, tengo entendido?" Y entonces Mujica Láinez, o algún otro, dijo: "Nos agrada oír esas palabras en boca de Su Excelencia".

Borges en la biblioteca (Foto de Sara Facio)
Borges en la biblioteca (Foto de Sara Facio)

A la caída del sol, Borges y Leonor miran esa ciudad de libros, esa especie de Paraíso. El nombramiento estaba hecho, pero faltaba la confirmación oficial. Cuando se está tan cerca de un sueño anhelado, se empiezan a ver fantasmas. ¿Y si hubiera entendido mal? ¿Y si la designación quedaba en el olvido? ¿¡Y si volvía Perón!? Mucha gente creía que era una posibilidad real; algunos hasta habían hecho correr el rumor delirante que bajaría en paracaídas en Plaza de Mayo. Borges era muy supersticioso y pensaba que era mejor no jugar con el destino.

La luz de la tarde se va. Leonor quiere cruzar, pero Borges duda: tiene miedo. Un temor sin origen, difuso y, por lo tanto, insalvable.
—No —le dice—, mejor es no entrar hasta que sepa que puedo entrar.

 

*Capítulo inicial del libro inédito Borges en la biblioteca, que publicará Alto Pogo en 2020

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