Robin Green, cuando comenzaba su carrera en Rolling Stone, en los años 70
Robin Green, cuando comenzaba su carrera en Rolling Stone, en los años 70

Mediados de la década del setenta. Una habitación de la universidad de Harvard. En el piso un enorme colchón de agua. Sobre él, dos jóvenes desnudos. Él, descendiente de una de las familias más populares y poderosas de Estados Unidos. Ella, unos años más grande, periodista de la revista Rolling Stone. Durante el sexo, ella descubre que ya no iba a poder cumplir con el cometido que la había llevado hasta ahí. Pero, al mismo tiempo, como en una epifanía, entiende al personaje sobre el que tenía que escribir. Pero ya no lo podrá hacer. Violó uno de los (pocos) mandatos que se impuso para ejercer su oficio. No acostarse con el entrevistado, no transgredir esa frontera. Los otros dos postulados los ejerció siempre, sin excepciones. Decir la verdad y que la historia triunfe, que se imponga sobre sus sentimientos.

A Robin Green, la periodista, le habían encomendado contar la vida de los hijos de Robert Kennedy. Era un acercamiento diferente y no tan transitado de uno de los temas favoritos del periodismo norteamericano: la familia Kennedy. Y ella luego de intentar acercarse a los otros dos hijos del político asesinado, supo que con Bobby Jr, el pelilargo de 19 años estudiante de Harvard, que mostraba una confianza en sí mismo inusual (seamos precisos: inusual para cualquiera que no llevara su apellido), que se devoraba el mundo, se estaba acercando al núcleo del asunto.

Robin quería descubrir ese elemento indefinible, inefable que distinguía a todos los miembros de la familia, algo que podría llamarse "El Factor Kennedy". Bobby Jr. aceptó su pedido de entrevista. Desde el principio se mostró seguro de sí mismo, confiado, seductor, voraz y algo avasallante. Él, como todos los miembros de su familia, imponía las reglas. No importaba la diferencia de edad. Una mirada retrospectiva permite sugerir que, tal vez, el secreto de los Kennedy haya sido mantenerse, al menos en apariencia, indiferente a las tragedias que los asolaron. Moverse por el mundo como si fueran invulnerables. Pese a las contundentes evidencias en contrario. Robin Green no creyó lo mismo. Su entrevistado, delante de ella, tomó una enorme cantidad de pastillas para el dolor, un medicamento poderoso. La traducción es imperfecta. La palabra original para llamar a esa droga es un canto a la precisión. Painkillers. Asesinos del dolor. Robin pensó que esa era la oportunidad para preguntarle por sus sufrimientos, por sus sentimientos ante la ausencia del padre, por lo traumático que resultaban los asesinatos de su papá y su tío. Sin embargo, la seducción pudo más y en pocos minutos, sin esas preguntas incómodas de por medio, ambos se estaban desnudando. Cuando él terminó de bajarse los calzoncillos, ella descubrió "El Factor Kennedy". El miembro viril más grande que había visto en su vida. Toda la confianza, la seguridad para desplazarse por cualquier lado con autoridad, la certeza de superioridad, debía provenir de esa característica física, elucubró Robin. Y además, no dudó, debía ser una característica genética.

La Rolling Stone era la revista de la contracultura, del rock, de las drogas, de la juventud rebelde, la que mejor había entendido los sesenta y la que había transitado con vigor e inteligencia la transición hacia los setenta. La redacción era un Dream Team del (Nuevo) periodismo: Hunter S. Thompson, Greil Marcus, Jon Landau (quien después se convertiría en el manager de Bruce Sprngsteen), Joe Esterhas, Lester Bangs, Ben Fong Torres, el joven maravilla Cameron Crowe. Todos comandados por Jan Wenner, el fundador de la revista. Pero en ese staff estelar no había mujeres. Robin Green fue la primera que se hizo un lugar entre todos esos hombres. Llegó de casualidad. Le consiguieron una reunión con un editor. Ella fue con fascinación. Era la revista que leía, como toda una generación, con devoción. Luego de contar su pasado universitario y su escasa experiencia profesional, se ofreció para realizar todo tipo de tareas administrativas o de ayuda periodística: trabajo de archivo, desgrabaciones, lo que sea por estar cerca de esa usina de textos lacerantes y revolucionarios, en el lugar en que cualquier periodista joven deseaba estar. Sin embargo, el editor le preguntó: "¿Por qué ese tipo de trabajos? Si me dijeron que escribís muy bien".

Green, junto a su compañero de trabajo con el que escribió varios guiones y luego terminó casándose, Mitchell Burgess
Green, junto a su compañero de trabajo con el que escribió varios guiones y luego terminó casándose, Mitchell Burgess

Luego se reunió con el director y fundador de la revista, el todavía muy joven pero ya legendario Jan Wenner, quien siempre -aún hoy- ostentó dosis similares de genio, megalomanía, arbitrariedad y agudeza. Robin estaba nerviosa cuando se sentó frente al Gran Editor. Detrás de él una foto original, enorme y autografiada de John y Yoko desnudos, de frente, la misma que sirvió de portada del disco Two virgins. Wenner paseó con cierto desdén por el currículum de la chica. Y le preguntó por uno de sus primeros trabajos, el de secretaria en Marvel Comics. Ella dijo que no era gran cosa. Pero, en seguida, se dio cuenta de que no iba a tener otra oportunidad igual en su vida, y habló de Stan Lee, de nerds, dibujó un mundo interesante en unas pocos palabras, un mundo que merecía ser contado. Wenner dio por finalizado el encuentro en ese momento. Le encargó un artículo sobre la usina de súper héroes. Esa fue la primera nota de tapa de Robin Green.

Pero su consagración fue con otro perfil. Dennis Hopper era un gran personaje de la contracultura. Luego de Easy Rider era el actor a seguir. En ese momento se estrenaba un documental sobre su vida mientras él dirigía The last movie. Incoherente, abusivo, pasado de drogas, Hopper pasó un día junto su entourage y a la periodista en su casa californiana (uno de los grandes orgullos del actor porque uno de sus anteriores propietarios había sido D.H.Lawrence). La entrevista, el encuentro a solas entre ambos, no se produjo nunca. Hopper, violento y acosador, incomodó tanto a Robin que esta decidió irse a su hotel. El fracaso de la entrevista ocasionó que la nota fuera un gran suceso. Sobre esa dificultad, sobre la carencia, Robin Green forjó su perfil. Se limitó a contar cómo había sido su día al lado de Hopper, lo que había visto, lo que había escuchado, lo que había sentido. El último tercio de la nota era la transcripción textual de los balbuceos, prepoteos y avances poco sutiles de la estrella de Hollywood. El artículo provocó un pequeño revuelo. La desconocida había pintado al actor del momento como lo que era. Quienes leyeron la nota llegaron al punto final convencidos de que Dennis Hopper era un completo imbécil. Pocos años atrás en una lista sobre las grandes notas sobre actores, la de Robin Green quedé tercera detrás El Duque en sus dominios, el implacable perfil de Truman Capote sobre Marlon Brando y otra de la revista Esquire sobre Warren Beatty.

El estilo irónico de Robin Green, su manera descarnada de contar las cosas, el ojo impiadoso la llevó hasta el staff de la revista. Su gran orgullo. La primera mujer en colarse entre tantos hombres, en imponer sus reglas de juego. De todas maneras, los encargos para ella nunca eran sobre los grupos del momento. Los Bee Gees buscando volver al estrellato, Black Sabbath y hasta un largo artículo que llevó a Joe Conforte, el mafioso y proxeneta que mandó a matar a Bonavena, a la cárcel. Ahí dónde Wenner vislumbraba algo de oscuridad o un descenso era enviada Robin. Ella iba, escuchaba, acompañaba pasando lo más desapercibida posible (el consejo vital de Joan Didion, LA dama del Nuevo Periodismo). Y no le importaba el daño que podía ocasionarle al protagonista de su artículo.

La portada de Rolling Stone con David Cassidy
La portada de Rolling Stone con David Cassidy

El caso paradigmático de esa situación fue el de David Cassidy, estrella adolescente proveniente de La Familia Patridge. Cassidy provocaba histeria colectiva en las jóvenes de la época. Gritos y avalanchas: hasta hubo muertos en alguna de sus presentaciones por el desborde juvenil. Cassidy quería cambiar su imagen. La nota fue tapa de la revista. La otra mujer importante en la redacción tuvo mucho que ver con la caída del ídolo adolescente: la hieratica y gélida fotógrafa Annie Leivobitz convenció al actor de posar casi desnudo. La foto de portada dejaba adivinar la parte superior de su vello púbico. Luego todo fue trabajo de la prosa zumbona pero descarnada de Robin Green. La carrera de Cassidy se desmoronó irremediablemente.

Hay una foto famosa de Robin Green. Una foto hermosa e intrigante que la editorial utilizó para publicitar su gran libro de memorias publicado a fines del año pasado en Estados Unidos. The only girl. El tejado de una casa en verano. Sobre él, una manta amplia, unas hojas con apuntes, una máquina de escribir. Un teléfono negro asoma en uno de los bordes, gracias a un cable largo que viene desde abajo. Robin Green, sentada con su hermosas piernas largas apenas dobladas a los costados de la máquina de escribir, estira la hoja sobre el carrete y relee lo que acaba de tipear. Está desnuda y concentrada en su escrito, mientras el sol del agosto californiano la acompaña.

The Only Girl, el libro de memoras de Robin Green
The Only Girl, el libro de memoras de Robin Green

Eran los setenta. En California. Y en la Rolling Stone. Sexo libre, drogas, rock. Las reuniones de equipo podían terminar en un campo en que toda la redacción descansaba desnuda alrededor de una pileta de natación. Robin no tenía remilgos. Se acostaba con todo el mundo, como casi todo el mundo -que ella conocía. Disfrutaba y no se hacía planteos. Hasta tuvo un asunto de una sola noche (insatisfactoria) con Jan Wenner (quien años después haría su outing; en la actualidad está casado con un hombre). Todo eso llevó a que cuando tuvo la oportunidad de tener sexo con Robert Jr. no lo dudó. "¿Me acuesto con todos los hombres y mujeres con los que puedo y me voy a privar de un Kennedy?", se planteó. Pero esas horas de sexo inestable en el colchón de agua marcaron el final de sus días en la Rolling Stone. El director de la revista la presionaba para que entregase la nota y ella sólo decía que no podía encontrarle la vuelta. Se negaba a confesar que estaba imposibilitada de contar la historia porque había transgredido una de sus normas básicas (y del periodismo). Había intimado con el protagonista. Y sabía que no podía contar con sinceridad a su personaje sin contar lo que había pasado en la cama y lo que había descubierto sobre su miembro. Wenner supo dónde golpear y a la edición siguiente la quitó del staff. Robin dejó la revista y tuvo unos años en los que perdió el rumbo. Su nombre se fue perdiendo. Firmó algunas colaboraciones free lance, probó con la crítica gastronómica hasta que alguien le dijo que el futuro estaba en la televisión. Escribió un guión pero le fue rechazado in límine. Era otro lenguaje, otros códigos. Persistió. Primero consiguió el éxito y varios importantes premios (Emmys y Globos de Oro) por la serie Northern Exposure. Allí también conoció a Mitchell Burguess quien se convertiría en su coguionista y luego en su esposo.

Burgess, Green y David Chase, con el prmio Emmy por Los Sopranos
Burgess, Green y David Chase, con el prmio Emmy por Los Sopranos

Después llegó la gran oportunidad. Otra vez estuvo en el lugar indicado en el momento indicado. Y, nuevamente, volvió a ser la única mujer entre muchos hombres. Robin Green fue guionista y productora ejecutiva de Los Soprano durante cinco de sus seis temporadas. David Chase, el creador de la serie, la despidió en el inicio de la última temporada. Se habló de conflictos, de diferencia de pareceres, de incompatibilidades creativas. Robin cree que se trató de algo más simple: "Chase no soportó tener que compartir los premios y los créditos con nosotros". Pese a su fama de dura e inclemente, su voz de mujer le da a la serie otro tono, muy posiblemente el tono y la profundidad que le permitió desmarcarse de una típica historia de mafiosos. Un ejemplo: cuando la psicóloga de Tony Soprano es atacada y abusada, David Chase propuso que ella le contara a Tony quién había sido su agresor y que este implementará de inmediato una brutal y previsible venganza. Robin Green propuso otra opción, la que finalmente quedó en la serie: que ella se debatiera entre la confesión y el silencio porque sabía cuál sería la actitud del mafioso. Esa lucha interna, esa oscilación, ese callar que permite que su agresor quede sin castigo pero que también impide otro crimen, le da a la historia otro espesor, una dimensión shakesperiana. De ese tipo fueron los aportes de Robin Green a la serie que cambó el lenguaje televisivo.
Robin Green fue, varias veces en su carrera, la única mujer entre hombres. No le importó. No negoció condiciones ni se dejó avasallar. Hizo su trabajo, siguió sus deseos. Contó con su talento y su determinación. Y pagando a veces un precio alto, abrió un camino que otras mujeres pudieron transitar.

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