Por Gabriela Mayer

Julio Ortega y Gabriel García Márquez, premio Nobel de Literatura
Julio Ortega y Gabriel García Márquez, premio Nobel de Literatura

"Nuestras academias de la lengua son como enfermerías a cargo de la duda existencial" que aqueja al español, asegura Julio Ortega, incansable observador del devenir cultural y las letras iberoamericanas. Por lo tanto, la Real Academia Española (RAE) actúa como "hospicio central de nuestro idioma agobiado", sostiene el catedrático de la Universidad de Brown y director del Proyecto Transatlántico.

Ortega (Casma, 1942), quien prepara la publicación de sus memorias literarias, forjó a lo largo de décadas una vasta obra crítica, que recibió elogios entre otros de Julio Cortázar y Octavio Paz. El autor de La contemplación y la fiesta, Una poética del cambio y Retrato de Carlos Fuentes considera que el español "viene de lejos, acarreando repertorios de todas las comarcas", y marcado por "giros arcaicos, actuales y futuros".

Durante el congreso entre el 27 y el 30 de este mes -bajo el lema América y el futuro del español. Cultura y educación, tecnología y emprendimiento– se presentará una nueva edición conmemorativa de Rayuela preparada por la RAE, la Academia Argentina de Letras, la Asociación de Academias de la Lengua Española y Alfaguara.

Esta edición incluye varios textos complementarios, entre ellos uno inédito de Ortega, quien define la obra cumbre de Cortázar como "una celebración de la comunidad en la lengua oral" y un manual del "migrante que no acaba de afincarse".

El autor de las novelas Adiós, Ayacucho y Habanera, residente desde hace unas cuatro décadas en Estados Unidos, hace notar también que años atrás "el lector hispanohablante podía leer como propia cualquier variante nacional" del español, hábito que se ha ido perdiendo mientras las editoriales evitan los coloquialismos.

Ortega está terminando de pulir sus memorias, que reflejarán medio siglo de una vida entre letras, signada por diálogos profundos y amistades duraderas con grandes literatos.

Julio Ortega
Julio Ortega
 

La comedia literaria. Memoria global de la literatura latinoamericana dará testimonio de sus encuentros con Cortázar, Fuentes, Jorge Luis Borges, Gabriel García Márquez y Juan Rulfo, entre muchos otros. "Lo publicará este año la editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú con auspicio de la Cátedra Alfonso Reyes del Tecnológico de Monterrey", adelanta Ortega en Providence, estado de Rhode Island, desde donde responde las preguntas de Infobae Cultura.

¿Cuáles son los mayores desafíos y oportunidades que enfrenta el idioma que saldrá a debate durante el próximo Congreso de la Lengua?

—Nuestra formación es ligeramente catastrofista y, cada tanto, creemos que alguna amenaza se cierne contra el español. En cada país nuestro, y sobre todo en España, se desvive este vivir zozobrante de nuestra lengua, a diferencia del inglés o el francés, que se permiten siestas periódicas de las que vuelven frescos y superiores. Nuestras academias de la lengua son como enfermerías a cargo de la duda existencial que sufre este idioma. Y la Real Academia Española opera como el hospicio central de nuestro idioma agobiado por una fila de palabras que hacen turno.
Lo cierto y evidente es que esta lengua viene de lejos, acarreando repertorios de todas las comarcas y, de paso, dejando el timbre, las voces y los giros arcaicos, actuales y futuros, en flujos verbales que entienden la gramática como la policía de tránsito que da la alarma y pasa multa al uso errático, rebajador o descreído, que son las pestes periódicas que nos perturban el paisaje.

En el marco del Congreso se presentará la nueva edición conmemorativa de Rayuela. ¿Se trata de una de las obras que más ha sacudido los cimientos de la lengua española?

—Gracias por permitirme convocar al gran Julio (solo le llaman "cronopio" quienes no le leyeron). En efecto, Rayuela es una celebración de la comunidad en la lengua oral, la que más se debe a la duración. Pero esta oralidad no es una identidad gananciosa sino el desplazamiento del tiempo vivo en el laberinto de la ciudad.
Por eso creo que el español es la mejor lengua para irse de casa. Se marcha uno con todos los afectos encendidos. Y creo que Rayuela es un manual del emigrado, del migrante que no acaba de afincarse, porque habita la plenitud de su lengua celebratoria, querendona y poética. Esa oralidad es el trayecto de una libertad gratuita y fecunda, no tiene precio, está libre del mercado y se abre lugar en la plaza pública de una nueva lengua, la hospitalaria, la del mutuo amparo.

Mario Vargas Llosa, premio Nobel de Literatura, Isabel Pantoja y Ortega
Mario Vargas Llosa, premio Nobel de Literatura, Isabel Pantoja y Ortega
 

¿De qué manera acompaña el sistema literario a la lengua, la desafía y la transforma?

Hace veinte años el lector hispanohablante podía leer como propia cualquier variante nacional de un español del camino y tribal. Sin esa notable familiaridad con el español americano no existirían Tres tristes tigres ni Cristóbal Nonato. Hoy las editoriales le cortan las alas a ese vuelo coloquial y nuestro. Y el público ya no tiene paciencia con la jerga actual de una novela limeña.
Pero un lector forjado por los trabajos y las noches de esta lengua inexhausta postula nuevas respuestas. Esta vez, la novela del habla nos devolverá la palabra. Lo vemos en el lenguaje restitutivo de Diamela Eltit, en la lección de anatomía del habla empírica y residual en Montacerdos de Cronwell Jara, un Pedro Páramo peruano. Y así mismo en el lenguaje a flor de piel en los relatos de Mariana Enríquez, en el inquisitivo y urgido coloquio de Liliana Lukin, en el terso despliegue de Danilo Albero en su Variaciones Turner, tanto como en el barroquismo lírico del peruano Roger Santiváñez. La intimidad del coloquio de Cortázar, que postula la fraternidad de la inteligencia afectiva, se desenvuelve con agudeza también en los ensayos de Daniel Link, Edgardo Dobry, Beatriz Colombi y Jorge Locane. Y en las meditaciones de Carlos Brück nos acompaña la rara dignidad del otro, en un mundo que, probablemente, ya hemos perdido.

¿Cómo interactúa actualmente el español con las lenguas originarias en América Latina?

-Hay que recordar que las lenguas europeas son analíticas, despliegan un campo verbal cuya sintaxis es capaz de sumar e incorporar los repertorios de nuevos nombres para domesticarlos y hacerlos producir. En cambio, las lenguas originarias son aglutinantes, como el griego, lo que permite que los nuevos nombres sean incorporados en la lengua nativa. Es el caso del nombre Dios, que entra a la frase como cualquier otro dios. Por eso repito que nunca Dios ha trabajado tanto como en quechua.
Unos colegas lingüistas que pasaron por Brown nos dijeron que en una lengua mexicana no se tiene la palabra mesa. Les expliqué que simplemente no la necesitan. La mesa la inventaron los bárbaros, como el pantalón. Antes de eso, se comía en el suelo. Algunos lingüistas amigos míos creen que no usaban "mesa" como "resistencia" contra el español. Lo siento, pero si la necesitaran la hubieran incorporado. La sintaxis aglutinante, como en el griego, les permitió incorporar y hacer suyos nombres y propiedades. Se diría que la lengua les llenó la casa de cachivaches.

¿El mestizaje enriquece al español en Estados Unidos? ¿Cómo caracterizaría ese proceso en la medida que los latinos ganan terreno en ese país?

—Hace veinte años se vivió con optimismo el paso del spanglish, concebido como un tercer idioma, pero hoy sabemos que ese fenómeno fue un subproducto del contacto que es histórico y da espacio al intercambio y el dialogismo. De modo que cuando las comunidades fronterizas desbordaron el mapa urbano, el intercambio entre ambas lenguas elaboró nuevos espacios de dialogismo, mezcla y entrecruzamientos. La historia de las lenguas modernas reconoce en sus orígenes esa alteridad y desborde de campos lexicales, que es la forma interna de una nueva cultura de la modernidad, hecha en la mezcla, el intercambio horizontal y el entramado de contactos, intercambios e hibridez.

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