Julian Barnes (Ulf Andersen/Getty Images)
Julian Barnes (Ulf Andersen/Getty Images)

A lo largo de sus setenta y tres años de vida, el escritor inglés Julian Barnes desembarcó una y otra vez en las peligrosas orillas de las pasiones artísticas y del amor. Y por suerte para sus millones de lectores, gran parte de esas expediciones personales se transformaron en excelentes narraciones de ficción, tan bien definidas en su momento por Mario Vargas Llosa como "la verdad de las mentiras".

Nacido en Leicester un año después del final de la Segunda Guerra Mundial, los padres de Barnes, ambos profesores de francés, se trasladaron a los suburbios de Londres, donde el joven Julian asistió a la City of London School, fundada a orillas del Támesis en 1442; o lo que es lo mismo, medio siglo antes del descubrimiento de América.

Finalizado su período escolar en el que no faltaron las disputas físicas por defender a capa y espada su fervor futbolístico por su adorado Leicester City, se trasladó a la ciudad de Oxford en 1964 para comenzar sus estudios de Literatura en el Magdallen College y, una vez egresado, trabajó durante tres años como lexicógrado en la empresa editora del Diccionario Inglés de Oxford.

El gran comienzo en el mundo de las letras se produjo con su llegada al semanario New Statesman, publicación de tendencia liberal fundada en 1913, donde pasaría a desempeñarse como editor literario, posición que lo haría interactuar con importantes figuras del establishment cultural británico.

A los treinta y dos años conoció a la persona que transformaría su vida personal y profesional, la periodista sudafricana Pat Kavanagh. Seis años mayor que él, había llegado a Londres en 1964, y se casarían en 1979. Un año después Barnes publicaba su primera novela, "Metroland", y Pat se convertía en su agente literaria.

Pero en simultáneo con las luces de la fama, avanzaban las primeras tormentas sobre el exitoso matrimonio londinense. A mediados de los '80 Pat abandonó a Julián para comenzar un romance con la novelista Jeanette Winterson, y en medio del tsunami pasional, publicó el "Loro de Flaubert", obra que le dio fama internacional.

Influenciado por las grandes tramas de amor de las letras francesas, Barnes no se dio por vencido y volvió a conquistar a su amada Pat (por entonces una de las principales agentes editoriales de Inglaterra), a quien le dedicó siempre todos sus libros.

Durante más de veinte años Barnes mantuvo una estrecha amistad con su colega Martin Amis, enfant terrible de las letras británicas durante la década del '90.

Pero esta historia no tuvo un final feliz. Durante veintitrés años Pat Kavanagh había sido la exitosa editora de Amis, hijo de Kingsley, uno de los más renombrados escritores ingleses de la posguerra, pero Martin sin previo aviso se pasó de escudería y firmó un contrato de 500 mil libras con Andrew Wylie, conocido en todo el mundo literario como "El chacal", para dar a luz la novela "La información", un enorme best seller de fin de siglo.

Con una variada obra que oscila la ficción y el ensayo, achicando la frontera entre ambos, Barnes tuvo su golpe más duro con la muerte de su esposa Pat en octubre de 2008, víctima de un tumor cerebral. Dos años después publica "Nada que temer", un relato autobiográfico en el que narra con dolorosa precisión la atmósfera que rodeo a la muerte de sus padres, y en el que comienza enunciando su dogma de fe: "No creo en Dios pero le echo de menos".

La gran evocación literaria de Julián a Pat llegaría en el año 2014 con la publicación de "Niveles de vida", obra en la que a lo largo de sus páginas aborda, sin ponerse colorado, sus miedos, sus dolores y reflexiona sobre el ejercicio diario del duelo por el amor perdido. Lo dice sin vueltas: "Juntás a dos personas que no se habían juntado antes y a veces el mundo cambia y a veces no. Pueden estrellarse y arder, o arder y estrellarse".

En 2011 llegarían momentos felices con la obtención del Premio Booker por la novela "El sentido de un final", la historia de tres amigos durante su época escolar con una tragedia de por medio, que vista con la distancia de los años se convierte en un ensayo de la memoria y los recuerdos. En palabras de Barnes: "Cuando somos jóvenes, nos inventamos futuros distintos para nosotros mismos; cuando somos viejos, inventamos pasados distintos para los demás".

En "El ruido del tiempo", publicada en 2016, Barnes narra la vida del compositor ruso Dmitri Shostakóvich bajo la sombra de los años terribles del dictador Josef Stalin, y su metamorfosis artística y personal ocurrida tras la muerte del hombre fuerte de Rusia, país sobre el que había escrito también en la novela "El puercoespín", publicada en 1992 para recrear las vivencias ocurridas en el bloque comunista tras la caída del Muro de Berlín en 1989.

Por estos días el prolífico Barnes regresa a las librerías con dos nuevas publicaciones. Por un lado, con la novela "La única historia" relata una furtiva historia de amor ocurrida en la década del '60 entre un joven de diecinueve años y una mujer casada de cuarenta y ocho, evocada muchos después, donde al igual que en "El sentido de un final", apela a los trucos de la memoria y los recuerdos para desgranar los sucesos de la vida que, interpretados a la distancia, varían en la pulsión exacta de la alegría y el sufrimiento.

Su otra obra de reciente aparición en español se titula "Con los ojos bien abiertos" y, en ella, Barnes renueva su amor por el arte y la cultura francesa, recorriendo y analizando con maestría literaria la obra de notables artistas como Delacroix, Courbet, Manet, Cézanne, Degas, Odilon Redon, Bonnard, Édouard Vuillard, Félix Vallotton y Braque.

Barnes afirmó "haber leído en alguna parte que si quieres que la gente preste atención a lo que dices no debes alzar la voz, sino bajarla: es lo que realmente atrae la atención". Tal vez sea por esta acertada reflexión que toda su obra atrae la atención de millones de lectores sin hacer mucho ruido, como sí lo hace su enemigo íntimo, Martin Amis.

*El autor es socio de RHB Consultores