Liliana Bodoc, en la memoria de aquellos que hicieron sus libros

La autora argentina, fallecida el martes, se convirtió en uno de los máximos referentes de la literatura infantil y juvenil en América Latina. Infobae Cultura recorrió su historia a través de la voz de sus editores, desde la “saga de los confines” hasta su último libro
Liliana Bodoc (FILBA)

Suele suceder a los artistas que la representación de la muerte les resulte ominosa porque debe señalarse la ausencia, el ya no estar. Tal vez por eso sea tan difícil situar en ese espacio a Liliana Bodoc, la escritora fallecida el martes 6 de febrero, que deja una obra deslumbrante y un recuerdo imborrable entre quienes la conocieron. "No digo adiós. Ustedes se irán. Yo permaneceré, reinventando el recuerdo de lo que han sido. No digo adiós, aquí me quedo para contarlo todo", escribió la autora en Los días del fuego, la tercera parte de su consagrada "La Saga de los confines", y quizás sean unas palabras justas para evocarla.

"Liliana era tremendamente generosa", dice Laura Leibiker, editora de Norma y quien publicó Elisa, la rosa inesperada, la última novela de Bodoc, quien es una referente de la literatura infantil y juvenil en América Latina. La editora habla antes de partir a Mendoza, donde se realizan los funerales de la escritora. "Siento una tristeza enorme, no sé si hay palabras para expresarla". Sin embargo, tal vez las haya para su recuerdo.

–¿Cómo fue trabajar en su última novela, que ella definió como el comienzo de una nueva etapa en su escritura?

–Un día estábamos hablando sobre otro libro y Liliana me contó que quería hacer algo. 'Tengo un sueño, tal vez sea demasiado grande', me dijo. Y me contó que quería viajar para escribir, poner su cuerpo en movimiento, salir del lugar donde escribía habitualmente. Se preguntaba si eso podía modificar su literatura. Su idea me pareció muy rica. Pero yo pensaba que quería viajar, no sé, a la India. Me animé a preguntarle adónde quería ir. 'Por la Argentina', me dijo. En ese momento me levanté de la reunión, fui a la oficina del gerente de la editorial y le pregunté: '¿Nosotros podemos pagarle a Liliana Bodoc un viaje por la Argentina?'. No fue de inmediato, pero se evaluó que sí podíamos y entonces nos juntamos otra vez para ver cuáles serían los puntos de su viaje. Y decidió: Jujuy, Catamarca y Santa Fe, que es la provincia donde ella había nacido.

Liliana viajó a Jujuy, en Tilcara se enfermó y decidió volver, interrumpir el libro. Bodoc lo relata así en el prólogo a Elisa, la rosa inesperada: "Conocí Tilcara. Comí tortillas rellenas, me tropecé con una cruz caída, amanecí llorando". Luego contaría que al visitar el cementerio del pueblo quiso arreglar una cruz que encontró caída y que luego, a la noche, enfermó con fiebre, dolores y un cuerpo que no respondía y que la hizo abandonar el texto. Regresó a San Luis, al pequeño pueblo de esa provincia donde vivía.

"Ella se sentía en la obligación de entregar la novela por esta suerte de subvención al viaje que había hecho la editorial –continúa Leibiker–. Al tiempo la retomó. Hubo un ida y vuelta muy grande, fue mandando capítulos, trabajamos mucho en las devoluciones que le hacíamos. Desde Santa Fe me mandaba una cantidad enorme de whatsapps en los que me iba relatando el viaje. Se nos ocurrió que también debía contar esa experiencia pero no sabíamos si eso debía estar en el libro o en una página de Facebook. Finalmente decidimos publicar un blog con las fotos que sacó, las entrevistas que hizo, los mensajes que mandaba, quisimos que fuera una trastienda de la novela".

Liliana Bodoc

La trastienda de esta novela –que narra la trata de personas en el cuerpo de Elisa, su joven protagonista– se puede leer en el blog El viaje de Liliana BodocEl libro fue presentado el año pasado en Córdoba por Micaela, hija de Marita Verón, y nieta de Susana Trimarco, la madre infatigable de esa mujer desaparecida por tratantes.

"Liliana era tremendamente generosa, extremadamente inteligente y sensible –dice Leibiker–, escuchaba mucho. En el diálogo aparecían ideas: cuando uno le marcaba un problema, su devolución era diez mil veces mejor. Las últimas veces que hablamos ya estábamos pensando en libros distintos. Le gustaba experimentar, no tenía prejuicios. Siento una tristeza enorme".

"Me deslumbraba su memoria –dice María Fernanda Maquieira, editora de loqueleo (Santillana) –. Admiraba la memoria prodigiosa de esta mujer que de pronto estaba dando una charla en una mesa informal y empezaba a recitar un poema que guardaba en sus recuerdos. La última experiencia que hicimos fue una charla para profesores, en octubre. Estaba hablando sobre cuestiones literarias y en cierto momento le vino a la memoria un poema de Pablo Neruda a su madre y lo empezó a recitar. Nos dejó a todos conmovidos, en un estado de levitación".

–¿Qué destaca de su literatura?

–Edité varios libros suyos, cuando ya había publicado "La saga de los confines". La había leído y me había encantado. En 2003 me la presentaron amigos en común y edité en ese momento en Alfaguara Juvenil su novela Diciembre, Súper Álbum. Tenía una voz muy diferente en la literatura juvenil, podía combinar fantasía y realismo con un tono poético poco común. A la vez era muy generosa, compartía libros y charlas.

Liliana Bodoc en la Feria del Libro de La Habana, su última participación en un evento público

–¿Cómo era su relación personal?

–No creo que haya alguien que no la quiera y admire. Y ese cariño es sincero. Tenía un pensamiento muy lúcido sobre las cosas. Se la va a extrañar mucho.

Desde Egipto, donde fue a presentar sus libros a la Feria de El Cairo, la escritora Claudia Piñeiro contó a Infobae Cultura su relación con Bodoc: "Era una persona tan cálida, tan amorosa, tan buena gente que, aunque estuvieras poco tiempo con ella, daba la sensación de que la conocías muchísimo. Era una persona con mucha luz, transmitía afecto con su sonrisa. La vez que la conocí fue una experiencia muy intensa. Coincidimos en el Salón de París y un día fuimos a pasear con ella y con Inés Garland. Fuimos a un restaurante en la mezquita de esa ciudad. Liliana había adoptado muy joven la religión musulmana y queríamos conocer ese edificio, que es hermoso. No nos conocíamos mucho y la pasamos bárbaro, era una persona con la que podías hablar de todo. Pero la situación era más intensa porque, además de ser una mezquita hermosa, en su restaurante se comía comida árabe y había pájaros sueltos. Creo que la magia de su literatura estaba en ese ambiente donde nos encontrábamos. Otra situación muy fuerte fue cuando grabamos un episodio de Conversaciones en el laberinto, el programa que hacíamos con Patricia Kolesnicov en canal Encuentro, y vivimos dos días en la estancia de Susana Bombal en Mendoza. Yo tenía la sensación de conocerla toda la vida. Hablábamos de los hijos, pero también de cuestiones personales porque así era el vínculo que se lograba establecer con Liliana, fácilmente".

Liliana Bodoc

–¿Cuándo la vio por última vez?

–También fue mágico. Las dos habíamos ido a la Feria del Libro en San Luis, pero no nos pudimos ver personalmente. Pero entré al auditorio donde Liliana estaba dando una charla sobre el lenguaje aplicado a los libros que ella hacía, es decir, cómo el lenguaje debía adaptarse al género de la fantasía. Era un tema muy complejo pero todo el auditorio estaba hipnotizado. Era una situación mágica en la que ella estaba encantando a un público subyugado. Estábamos admirados por la inteligencia de lo que decía y la facilidad con que lo hacía. Me alegra que el último recuerdo sea ése: haberme sentado como todo el público en ese auditorio y sentir que me estaba dando una clase magistral de literatura y sensibilidad.

Constanza Penacini editó algunos de sus libros infantiles y también su primera novela para adultos, Presagio de Carnaval. "Es buena en lo que hace para lectores de cualquier edad –dice Penacini, que también es profesora en Letras, y no dejará de usar el tiempo presente para referirse a Bodoc–. Tiene el mismo compromiso con la palabra y la escritura, con lo que quiere decir. Tenía muy presente su infancia y sabía bien, por ejemplo, que a los nueve años había sentido bronca por primera vez".

Antonio Santa Ana, Laura Leibiker y María Fernanda Maquieira, tres de los editores que tuvo en su carrera literaria

–¿Cómo escribía para niños?

–Era muy honesta con ella. Tiene un libro llamado La mejor luna que es sobre el amor. Se trata de la historia de una gata y un pintor. La gata está enamorada de la luna y la mira cada noche. El pintor le hace una pintura de luna y la pone en la ventana y la gata se da cuenta de que no es la luna. Pero también se da cuenta de que es una luna hecha para ella como un acto de amor. Si uno quiere leer en ese cuento la complejidad sobre la representación, lo puede hacer, y también un relato para niños. Es una mujer muy comprometida, tiene un compromiso político muy fuerte. Para escribir "La saga de los confines" estudió muy en serio la historia de América, la lengua de los pueblos originarios, la historia de las mujeres. A la vez, su honestidad era también consigo misma: expresaba sus dudas, sus inseguridades, no las ocultaba. Trabajar con ella era una gran experiencia.

Antonio Santa Ana lloró el martes que Liliana Bodoc murió. Fue su primer editor, el que publicó la obra que la consagraría y que luego echaría a andar su literatura por el mundo. Desde Mar de las Pampas, habló con Infobae Cultura: "Era muy buena mina –dice–. Y generosa. No sabía decir que no. La gente se le acercaba a hablar y ella hablaba; le escribían y ella respondía, atendía los llamados telefónicos. Un día en Buenos Aires me contó que eso a veces la superaba y yo le sugerí que cambiara su mail, que sacara de la guía su teléfono. 'Pero Antonio, ¡van a pensar que me agrandé!', me dijo. Yo le respondí: '¡Pero obvio que tenés que agrandarte!' Igual no hizo caso a mi consejo".

–¿Cómo llegó a publicar su primer libro?

–En Norma la recepcionista me mandaba a las personas que iban a la editorial a dejar sus manuscritos. Si no tenía reuniones ni estaba ocupado, los atendía. Un día me mandó a Liliana, que me contó que había venido de Mendoza. '¿Y qué hacés por Buenos Aires?', le pregunté. 'Vine a traer el libro a todas las editoriales'. Entonces nos despedimos y me dejó el manuscrito, pero me dije: 'Ni loco lo leo si lo trae a todos los sellos". Yo siempre tenía una pila de textos que iba dejando por orden de llegada en mi escritorio y agarraba siempre el de abajo. Pero un día estaba esperando una comunicación desde Venezuela y mientras tenía el teléfono al oído empecé a hacer dibujitos en un papel, boludeces, hasta que tomé el manuscrito de arriba. El suyo. Leí: 'Y ocurrió hace tantas Edades que no queda de ella ni el eco del recuerdo del eco del recuerdo. Ningún vestigio sobre estos sucesos ha conseguido permanecer. Y aún cuando pudieran adentrarse en cuevas sepultadas bajo nuevas civilizaciones, nada encontrarían' –Santa Ana recita de memoria esa primera frase de la saga–. Entonces me dije: 'Pero esta mujer sabe escribir'. Y el libro arrancó. Colgué el teléfono y seguí leyendo. Lei unas cuarenta páginas. Me di cuenta de que al manuscrito le faltaban algunos renglones, estaba mal impreso, pero me había entusiasmado con un libro de un género, el fantasy, que yo desconocía. Esto sucedió antes del boom de El señor de los anillos. Pero igual le dije a mi mujer de entonces que lo viera, porque tenía temor de que Bodoc le estuviera robando a Tolkien, a quien yo no había leído. Ella me dijo que no estaba robando nada. Entonces le escribí a Bodoc con la excusa de los renglones que faltaban. Pero no contestaba el mail. Pasados unos días, la llamé, pero no me atendía. 'Puta madre, se lo dio a otra editorial', pensé. Una vez la llamé desde mi casa a las dos de la mañana porque pensé que por el identificador de llamadas no quería atender el número de la editorial. A los quince días respondió mi mensaje: se había ido de vacaciones a Brasil, por eso no respondía. Fue a la editorial y me dijo que todas las demás editoriales se lo habían rechazado. Yo pensaba: '¿No me estaré equivocando?'. Pero me seguía pareciendo maravilloso. Norma no tenía un sello para este género, así que lo diseñamos especialmente. Era una apuesta arriesgada, claro.

La saga de los confines

Pero fue exitoso.

–Al principio no. De agosto a diciembre de la primera edición se vendieron 56 ejemplares. Fue un trabajo de difusión muy de boca a boca. Los especialistas empezaron a prestarle atención y se empezó a leer y explotó cuando salió el tercer episodio de la saga. Liliana era una persona maravillosa para trabajar. Al ser una saga, ella no tenía terminados los tres libros. Para el segundo estuvimos un año y medio laburándolo. Yo le decía: 'Acá te falta una historia de amor'. Y ella rechazaba y me decía: 'Qué pavada decís, Antonio'. Pero al día siguiente pasaba cuatro páginas de una historia de amor maravillosa. Te permitía opinar y esperaba las opiniones, las sugerencias. El orden de Los días de la sombra lo hicimos en la editorial. Cerré la sala de reuniones por varios días y teníamos todos los capítulos sobre la mesa y trabajábamos combinando capítulos. Cuando le envié lo que pensábamos que era el orden definitivo, nos hizo una devolución, marcó algún cambio, pero era muy permeable a las opiniones del otro. Nunca trabajé tan bien con un escritor. Quizás los periodistas son más receptivos porque también tienen editores en sus trabajos, en cambio los autores de literatura son más reacios. Ella quería que vos te involucraras. También eso puede producir errores.

¿Cómo cuál?

–Yo le puse el título "La saga de los confines", y está mal porque se debería llamar "La saga de las tierras fértiles", por la propia narrativa del libro. Alguien me lo hizo notar varios años después. Cuando le confesé el error me dijo: 'Ay, Antonio, las boludeces por las que te preocupás'.

Santa Ana, su primer editor, recuerda: "Era generosa. Cuando nació mi hija Lucía me mandó un poema para ella. Le pusimos música con Maggie, mi mujer y con Únicanuez, la banda de música para chicos que tenemos. Estaba muy contenta cuando lo escuchó.

¿Sabe cómo fue su conversión al islam?

–Me enteré en 2004, porque había un partido de fútbol entre Irán y no recuerdo qué otro país y lo comentamos y ella en el mail escribió: 'Alá es más grande' y yo pensé que era una broma de circunstancias. Luego me enteré que había llegado allí mediante la lectura de la poesía sufí. Igual me decía: 'Soy una mala musulmana, no hago todos los rezos que tengo que hacer', y se reía.

En su cuenta de twitter contó que la muerte de Bodoc lo había perturbado mucho. ¿Por qué?

–En Los días del venado hay un personaje que tiene una canción que tiene una cantidad de palabras que va cambiando de lugar una y otra vez. Con Únicanuez le pusimos música. Cuando se lo mandé, me dijo: 'Estoy llorando como una marrana'. Me dijo que se la cantaba a su nietito. Me mando más poemas para musicalizar. Hablé con ella en diciembre. La noticia de su muerte me dio una tristeza muy profunda. Tal vez porque nunca terminé de decirle lo importante que fuimos el uno para el otro.

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