Santiago Aparicio
Madrid, 21 dic (EFE).- Sin el rigor de las dos últimas décadas, sin la búsqueda de la exactitud ni la precisión médica; seguramente sin las exigencias que le han condicionado gran parte de su vivencia y sin la crudeza horaria que administra cada puesta a punto de un atleta profesional y que durante tanto tiempo han formado parte de su rutina, atraviesa Rafael Nadal el final del año, con la mente despejada y sin tarjeta de embarque hacia cualquier destino, raqueta en mano.
Abre la puerta a un nuevo futuro el ganador de veintidós Grand Slam que aún conserva en su memoria retazos de su adiós, de ese marcado en Málaga, en el Palacio de los Deportes Jose María Martín Carpena, en plena competición, en plena vigencia. En la Copa Davis. Fue aquél su último servicio como deportista profesional, como competidor.
Distanciado del debate sobre la idoneidad o no de la ceremonia del adiós; de la improvisación, de la discusión acerca de la altura del evento o del calor que echó el cierre al recorrido en la pista, planea un nuevo devenir el balear de 38 años con las secuelas de unos tiempos recientes que no salieron como pensó pero que se dirigieron a un mismo destino, el que espera a todos, el que no resiste al paso del tiempo.
Dos años después de la despedida de Roger Federer, un 24 de septiembre del 2022, Nadal echó el cierre a una excelsa carrera, plagada de éxitos y como parte del litigio sobre la consideración del mejor de la historia. Al margen de los números, cuenta con argumentos concluyentes para sostener el debate.
Ya solo queda en vigor Novak Djokovic como abanderado de una época inigualable acaparada del botín de cada temporada. Federer primero. Este 2024 fue el adiós del británico Andy Murray, que durante un tiempo, mientras le respectó el físico, formó parte del reparto de éxitos además del de Rafael Nadal.
Afronta un mundo desconocido de momento el mejor deportista español de todos los tiempos que desempolva una agenda nueva, vacía de torneos, sin tantas escalas. Un dietario todavía plagada de compromisos, pero ya sin la pelota en juego. Desde que se sacudió el fervor vivido en Málaga, en noviembre pasado, Nadal ha dado rienda suelta a sus principales aficiones mientras los compromisos contraídos con antelación le han permitido.
Ha tenido tiempo Rafa de superar el gusanillo deportivo con el golf, su otra pasión competitiva; y el fútbol. No faltó a Anfield para ver al Real Madrid, acudió a visitar al Manchester City, a su entrenador, Pep Guardiola, amigo de su tío, Miguel Ángel, de la época de jugador del Barcelona. Descansar y, sobre todo, la familia. Su hijo, su mujer.
Se ha ganado el derecho el español de disfrutar de la vida igual que la vida ha disfrutado de él durante veintidós años en los que ha enaltecido valores como la humildad, la ambición, la competitividad, la persistencia, la valentía, el compromiso, la deportividad, la prudencia o el autocontrol. La disciplina y el trabajo; la mentalidad.
Pasa su presente y su futuro por el proyecto que años atrás puso en marcha; la Academia Rafa Nadal de Manacor, un centro de alto rendimiento deportivo, un colegio, un museo, hotel, restaurantes... la joya de la corona de su plan de existencia centrado en explotar inversiones hoteleras e inmobiliarias, entre varias cosas.
Nada fue como pensó en los últimos tiempos para el jugador de Manacor al que se le acabó el recorrido al final del 2022, poco antes de que el Abierto de Australia del 2023 le adentrara en una pesadilla física de la que no salió.
Fue el inicio del fin esa dolencia en la cadera mientras jugaba con Mackenzie McDonald. Una lesión en el psoas que cambió todo. Un año en blanco. Un nuevo intento en el 2024 y ya no fue el mismo.
Volvió en Brisbane y sufrió un desgarro muscular y empezó a asumir una nueva realidad. Dejó de lado eventos agendados. Llevaba más tiempo en anunciar renuncias a torneos que en advertir presencias y objetivos. Escuchaba más preguntas sobre la retirada que sobre metas. Y se centró en la tierra. Su hábitat. Nada era como pensó. Ni Madrid, ni Roma, ni Roland Garros, ni los Juegos Olímpicos, su último deseo. Fijó la despedida para la fase final de la Copa Davis, donde veinte años antes empezó todo.
Tenía fecha de caducidad. Y así ocurrió. Llevaba tiempo Nadal entre asumir despedidas, como sucedió en Madrid, en la Caja Mágica, y en resistir a un abandono. No quiso descartar Barcelona ni París. Donde rechazó cualquier reconocimiento. Siempre confió en volver.
Barrunta y se adapta a una nueva vida desde hace días Rafael Nadal que contempla un destino siempre ligado al deporte. Podrá ser entrenador, capitán del equipo de Copa Davis. Nadie mejor. Quién sabe. Mientras adapta su nueva situación a un momento definitivo. Sin horas sobre la camilla, tratado, para poner a punto el físico que tanto ha tenido que cuidar y en modo adecuado para el inicio de un nuevo curso.
No necesita calcular esta Navidad que habitualmente atravesaba al margen de la isla de Mallorca, de su casa, de su ciudad. En cualquier lugar de las Antípodas para adaptar su puesta a punto que arrancaba a lo grande en el Abierto de Australia. Tiempo de asimilación, últimos entrenamientos antes del arranque del ejercicio.
Atraviesa Nadal con planes nuevos, sin tantas exigencias calóricas y con más tranquilidad, sin la zozobra de los años recientes, el trasvase anual. Una etapa de transición, con compromisos agendados por solventar. Aún homenajes, últimas despedidas, a la altura, en Roland Garros, le espera París. Momentos de emoción de reconocimiento, de ajuste de cuentas afectivas con el público que tanto recibió y que tanto le dio. Será un tiempo de recorrido por el circuito. De otra forma, sin la raqueta que colgó y que tanto éxito le dio.
Deja Nadal, en el inicio de su jubilación, una historia irrepetible. Plagada de éxitos, invadida de momentos, que apuntalan el final de una era. Es la del balear que disfruta de un nuevo tiempo, sin el sometimiento de la salud que le ha condicionado tanto, la despedida que muestra con más severidad el cambio de ciclo. Otros dicen adiós en este 2024, como, además del británico Andy Murray, el austríaco Dominic Thiem, también obligado por el físico, el neerlandés, otrora número uno del mundo de dobles y verdugo del equipo español en Málaga, Wesley Koolhof, Filip Krajinovic, Donald Young, Pablo Cuevas.. Garbiñe Muguruza o Angelique Kerber. Referentes del circuito, masculino y femenino, que marcan el tramo último de una era. EFE
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