En Bagdad, el ramadán al ritmo de los llamados a la oración y al confinamiento

En Bagdad, la segunda capital árabe más poblada, diez millones de habitantes viven al ritmo de los llamados a la oración desde los altavoces de las mezquitas, pero también al confinamiento en plena pandemia del coronavirus.

El primer llamado lo lanza Sayyed Mozahem en su micrófono, saturado y crepitante, hacia las dos de la madrugada. Este jornalero de 45 años es el "mesaharati" del Viejo Bagdad. A él le incumbe la responsabilidad de despertar a los ayunadores para una última colación antes de que amanezca.

"Ayunador, despierta", "bienvenido al mes sagrado": cada vez, empieza con las fórmulas rituales aprendidas de su padre y de su hermano mayor, proclamadas al ritmo de un tambor, despertador particularmente eficaz.

Pero, esta vez, añade otras: "Que el ramadán aleje al coronavirus" o "Dios, libra a Irak del covid-19". Una vez despertados todos los vecinos, Sayyed Mozahem puede volver a su casa para comer con su mujer y sus tres hijos, hasta el llamado a la oración del alba, poco antes de las cuatro de la mañana.

En este primer ramadán confinado de la historia de Irak --con 3.600 casos de covid-19 oficialmente registrados, y 130 muertos--, a los iraquies solo les queda de las mezquitas el sonido que sale de sus minaretes.

En efecto han sido prohibidas las oraciones colectivas y las peregrinaciones a los lugares santos, pues un aumento de los contagios podía acabar con un sistema de salud ya totalmente devastado.

- Pobreza y petróleo -

Una hora después del primer rezo del día, el toque de queda nocturno es levantado para intentar conservar una actividad económica en un país sumido en la peor crisis económica de su historia, y cuyo índice de pobreza --ahora en el 20%--  podría duplicarse con la caída de las cotizaciones del petróleo.

Mediodía. El sol está en su cénit, y resuena un nuevo llamado a la oración.

Tras el muecín, Musa al Bedeiri ensaya sus cuerdas vocales. Este jefe de bomberos se ha convertido en la voz del confinamiento.

Todos los días a las 14 horas, y luego a las 20 horas, recuerda las consignas: "permanezcan confinados", "eviten las aglomeraciones", "lávense con regularidad las manos". Musa enuncia con claridad las informaciones, pero su voz, que emerge del altavoz de su gran  camión rojo, se pierde un poco en el tumulto de los atascos.

En medio de los automóviles que colapsan todas las arterias de Bagdad --pese a la circulación alterna decretada-- Murtada zigzaguea con su moto roja y negra.

Este iraquí de 22 años, repartidor para un restaurante desde hace tres años, trata de ganar un poco de dinero.

Los restaurantes tuvieron primero que cerrar durante varias semanas. Luego se los autorizó a trabajar pero únicamente para entregas a domicilio. Pese a ello, Murtada ha perdido a las tres cuartas partes de sus clientes.

- Epidemia y tradición -

En efecto, el confinamiento ha acabado con tradiciones multiseculares: se acabaron las cenas opíparas, con varios comensales, y hasta altas horas de la noche. Este año, la pandemia ha puesto fin a las visitas a la familia política, a las invitaciones, a las celebraciones.

El jeque Yalmaz Yussef desearía recibir invitados. En años anteriores, este imán iraquí acogía a gran cantidad de fieles que rezaban cada noche del ramadan en el mausoleo de Abdel Qader al Gelani, figura reverenciada del sufismo.

Esta vez, por primera vez en su vida, su mes de ayuno es solitario

"Oficio aquí desde los años 1970 y jamás he visto las puertas del mausoleo cerradas. Cuando el coronavirus las cerró, he llorado" dice a la AFP este hombre, pese a todo sonriente.

A sus pies, en una explanada desesperantemente vacía, su sombra se alarga. Hasta que del minarete se eleva el llamado a la oración del crepúsculo, y en la ciudad tentacular el silencio vuelve a reinar.

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