El coronavirus, terror de las familias de detenidos en Egipto

La posibilidad de una irrupción del nuevo coronavirus en las sobrepobladas cárceles egipcias de dudosa salubridad aterra a las familias de detenidos, que reclaman su liberación en el momento en el que el país se prepara para enfrentar la pandemia.

Las visitas de los allegados se suspendieron la semana pasada para preservar "la salud y el bienestar" de los detenidos, según las autoridades. La medida, que inicialmente iba a durar diez días, ha sido prolongada hasta el 31 de marzo.

Esto significa que las familias no han podido llevar a sus allegados presos medicamentos, ropa ni alimentos.

Ekram Yusef, escritora y madre del antiguo abogado Zyad al Elaimy, cuya salud se deteriora en la cárcel, está muy preocupada.

"Mi hijo tiene diabetes, presión alta, úlceras y sobre todo una enfermedad respiratoria", asegura a la AFP, angustiada ante el riesgo de que contraiga la COVID-19. "Nos sentimos extremadamente impotentes".

Elaimy, de 40 años, fue una de las figuras de la revuelta de 2011, antes de ocupar un escaño en el Parlamento durante un año.

Detenido en junio de 2019, está acusado de querer fomentar "disturbios contra el Estado". La semana pasada, fue condenado a un año de cárcel por "difusión de noticias falsas" tras una entrevista con la BBC.

Según los defensores de los derechos humanos, es urgente liberar a los prisioneros políticos y a aquellos que no representan ninguna amenaza a la seguridad.

- 106.000 detenidos -

En Egipto hay unos 106.000 detenidos, según la Red Árabe para la Información sobre los Derechos Humanos.

Entre ellos, varias ONG estiman que unos 60.000 son prisioneros de conciencia, opositores islamistas o liberales, blancos de la represión que siguió a la destitución por el ejército del presidente islamista Mohamed Morsi en 2013.

Pero el presidente Abdel Fatah al Sisi, exmilitar y dirigente autoritario que sucedió a Morsi, rechazó en octubre de 2018 en una entrevista con una televisión estadounidense la existencia de presos políticos en Egipto.

En las cárceles, según varios testimonios recabados por las familias, los baños están sucios y las mantas o cobijas escasean, al igual que los medicamentos.

En junio, Morsi falleció tras desplomarse cuando comparecía ante un tribunal, suscitando las protestas por las condiciones carcelarias.

La relatora especial de la ONU para las ejecuciones extrajudiciales, Agnès Callamard, calificó su fallecimiento de "muerte arbitraria bajo cuidado del Estado".

Según el último registro oficial, Egipto tiene 256 casos de COVID-19 y siete muertos.

El gobierno reforzó el jueves las medidas contra la pandemia con el cierre de cafés, restaurantes, discotecas y centros deportivos.

La fiscalía de la seguridad del Estado ordenó por su parte la liberación de quince activistas, sin dar ninguna explicación.

La víspera, cuatro militantes habían sido detenidas por manifestarse en El Cairo para reclamar la liberación de presos de conciencia. Después fueron liberadas bajo fianza en la madrugada del viernes.

"Pedimos al Estado que tome medidas serias sobre el coronavirus en las cárceles", manifestó una de las liberadas, Mona Seif, en un directo en Facebook, antes de su detención.

En las redes sociales, los egipcios lanzaron una campaña con el 'hashtag' (etiqueta) #LetThePrisonersOut ("dejen salir a los presos"), alegando que se trata de un imperativo de salud pública.

- "Condiciones sanitarias miserables" -

Hoda Abdel-Moneim, de 61 años, una respetada abogada que está en aislamiento desde noviembre de 2018, padece presión arterial alta.

Su hija, Jihad Khaled, que reside en Bruselas, asegura que su madre no ha tenido un tratamiento médico adecuado durante tres meses.

Según ella, en caso de que irrumpa el coronavirus "toda la cárcel se infectará, aunque haya solo un caso procedente del exterior".

Y como los tribunales están paralizados debido a la pandemia, la detención de Abdel-Moneim amenaza con prolongarse.

El militante político Ramy Shaath, de 48 años, detenido desde julio pasado, tiene una úlcera y colesterol alto.

Su esposa, la francesa Céline Lebrun, fue expulsada a París en el momento de su arresto.

"Estoy desesperada y me siento impotente ya que la salud de mi marido depende de sus carceleros", dice a la AFP.

Según ella, su marido comparte una celda de 25 m2 con otros 18 hombres en "condiciones sanitarias miserables".

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