"Lo único que me angustia, es el silencio", admite un viejo romano en plena pandemia

Apoyado en el alféizar de su ventana, Roberto mira a izquierda y derecha, pero su callejuela, en el centro de Roma, en general llena de turistas y vecinos del barrio, está completamente vacía.

Desde que el gobierno tomó la drástica decisión de confinar a los italianos en sus casas, Roberto Fichera, un vivaracho octogenario de espesa cabellera blanca, solo sale de su casa para lo estrictamente necesario: "La compra, y una escapada de vez en cuando a la farmacia para mi medicación".

En estas circunstancias, la cuestión del aislamiento de los ancianos está a la orden del día, pues Italia cuenta con la población más envejecida de Europa -según las estadísticas- y muy pocos viven en residencias para la tercera edad.

Afortunadamente para Roberto, el barrio de Monti, donde vive, entre el Coliseo y la estación central de Termini, alberga muchos comercios y puede hacerlo todo a pie, "una bendición" para él, que vive solo y no tiene carné de conducir.

"Hago fila como todo el mundo, respetando la distancia de seguridad, pero a menudo me dejan pasar delante debido a mi avanzada edad, algo que acepto con gusto, para una vez que ser viejo es una ventaja...", comenta, risueño.

De momento, lleva bien el confinamiento forzado. "Soy casero y me gusta mantenerme ocupado en casa, así que empecé haciendo una gran limpieza de primavera, que me tomó varios días", explica. "Evidentemente, tuve que renunciar a algunas cosas, como a una expedición con un amigo a Ikea para comprarme una mesa nueva. ¡Pero sobreviviré!", bromea este hombre de 84 años.

Hay que presionarle un poco para que admita que esta situación extraordinaria ha alterado su día a día: "Lo único que me angustia es el silencio", reconoce. "No se oye ni un ruido, ni un coche, las calles están vacías... Cuando sales a caminar y escuchas pasos detrás, te da casi miedo y te giras preocupado", comenta.

"Incluso se oye cantar a los pájaros, en pleno centro, ¿se da usted cuenta?", exclama, incrédulo.

- Poesía y Aperol -

Por la noche, duerme como un lirón: se acuesta hacia la 01H00 y se levanta a las 09H00, y todas las mañanas se ausculta, pues los ancianos, más vulnerables, son el blanco favorito del coronavirus: los fallecidos en Italia tienen una edad media de unos 80 años. "Nada de fiebre, nada de tos… ¡todo va bien!", se tranquiliza.

Al otro lado del Tíber, en el barrio del Trastevere, Carla Basagni, pintora y poetisa aficionada, también pasa mucho tiempo mirando por su ventana de la via della Lungaretta, la calle principal que conecta la parada del tranvía con la plaza de Santa Maria in Trastevere y su majestuosa fuente.

Normalmente hay un flujo continuo de turistas, músicos callejeros y vendedores ambulantes. Pero hoy la calle está completamente desierta. Así que Carla, de figura esbelta y mirada soñadora, se refugia en la lectura.

"Las librerías están cerradas así que no puedo comprarme libros, pero tuve una idea: releo los libros que me abrieron la mente y el corazón. Basta con buscarlos y reaparecen como por arte de magia en mis estanterías", cuenta. "Y, de nuevo, me ayudan a recordar que el tiempo está de nuestro lado, solo hay que saber ser paciente", afirma.

Mientras tanto, Carla, que también vive sola, se las apaña como puede para seguir en forma. "Hago ejercicios en casa. Bebo agua al menos cinco veces al día y muy poco vino, ¡aunque me guste mucho!", explica.

"A veces, al agua le pongo un poco de Aperol (alcohol italiano que suele utilizarse para preparar los famosos spritz), para darle un bonito color rojo", confiesa, con semblante travieso.

"También me preparo buenos platos”, añade la mujer, que suele aclarar sus ideas escribiendo poesías que "son como nanas, esas que los niños prefieren más que las historias de adultos, si no se quedan en su habitación...".

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