Últimos europeos llegan a Los Ángeles antes del veto impuesto por Trump

Mathilda Tennysdotter estaba de visita en su natal Suecia cuando su mamá irrumpió temprano en su habitación y le dijo: "Te tienes que ir hoy". Donald Trump había impuesto un veto a los europeos para contener el coronavirus.

A toda prisa emprendió un camino nada fácil, que incluyó un tren, un ferry -porque el puente estaba cerrado- y taxi hasta Copenhague, desde donde abordó un avión hasta Londres para tomar el vuelo de regreso a Los Ángeles, donde vive y trabaja como fotógrafa con una visa de trabajo.

"Esperé 13 horas en Londres antes de tomar el vuelo para acá", dijo a la AFP esta fotógrafa de 29 años.

El presidente Trump anunció el miércoles que se prohibiría por 30 días la entrada al país a todas las personas procedentes de Europa, con excepción de los ciudadanos estadounidenses y los residentes permanentes.

Esta medida draconiana que busca contener la pandemia de coronavirus, entra en vigor a partir del viernes 23H59 hora de la costa este (03H59 GMT del sábado).

"Tenía que salir de inmediato", indicó. "Vivo aquí en Los Ángeles y como no soy estadounidense y no tengo tarjeta de residencia permanente, no iba a poder volver", añadió la joven, convencida de que la medida puede durar más de un mes.

- Controles relajados -

Unas horas antes de que se cerraran las fronteras con el área Schengen, los controles de llegada al aeropuerto internacional Los Ángeles no fueron reforzados, coincidieron viajeros consultados por la AFP.

Nadie les preguntó sobre el coronavirus o les tomó la temperatura al llegar.

"No vimos ninguna máscara, nada, no hubo chequeos. Lo único bueno es que no hay mucha gente en el aeropuerto, todo marchó rápido", dijo sonriente Jean-Marie Demoor, un turista belga de 52 años que vive en España.

"Todo salió bien, gracias a Dios", exclamó una mujer italiana que había transitado por París, aliviada de haber sido admitida sin problemas en suelo americano.

Un grupo de amigos daneses que viajaron para hacer snowboard en las montañas de California incluso encontraron las formalidades de aduana e inmigración "más flexibles que nunca".

"Estaremos aquí por 10 días pero aún no hemos comprado nuestros boletos para regresar, así que este viaje es realmente un gran icógnita", expresó riendo Janne Gartman, de 31 años.

Aparte de los dispensadores de alcohol en gel y unas pocas personas -empleados o viajeros- que llevan máscaras y guantes, no hay psicosis por el coronavirus en este aeropuerto, de los puntos de entrada al país más importantes.

Eugenio Stewart, un chofer privado de 46 años, sí tomó previsiones y llegó a la terminal con doble par de guantes en sus manos y una mascarilla que compró en una ferretería a última hora: su pasajero venía directamente de Italia, epicentro del virus en Europa.

"Si el cliente viniera de otro país, no me pondría esto", dijo a la AFP. "Llevo un año y medio trabajando en esto, y los clientes normalmente tosen y estornudan en el auto, así que en este caso no quiero correr ningún riesgo".

"Con suerte, él también usará una máscara".

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