En la plaza del Campo de Marte en Puerto Príncipe, entre los restos calcinados de unos puestos incendiados esta semana, muchos se oponen a celebrar el carnaval ante la crisis de seguridad que vive Haití, aunque anular la fiesta supondría una grave pérdida económica para un país tan pobre.

"¿Cómo pensar en ir al carnaval y bailar si uno no puede volver luego a casa porque le van a matar, secuestrar o disparar?", se pregunta un funcionario que pide mantener el anonimato por miedo a perder su trabajo.

El país vive desde principios de 2020 un incremento de los secuestros a cambio de rescate, que se suman a la violencia habitual de las bandas armadas en los barrios pobres.

Los policías, en primera fila la fuerte criminalidad, se manifestaron el lunes en Puerto Príncipe para exigir mejores condiciones de trabajo y el derecho a formar un sindicato. Fue después de su marcha cuando los puestos de la plaza fueron incendiados.

"Al principio de su carrera un agente cobra 19.000 gourdes (unos 195 dólares) al mes: no da para nada, absolutamente nada", denuncia un policía encapuchado durante una nueva manifestación el miércoles.

Vestido de paisano, aunque portando su arma de servicio, reconoce que hace cinco meses que no paga la cuota de la escuela de su hija.

- No es sólo una fiesta -

A pesar de la destrucción de los puestos y de los llamamientos a la anulación, el primer ministro haitiano, Jean-Michel Lapin, aseguró que las festividades tendrán lugar en las fechas y el recorrido previstos.

En una calle adyacente a la plaza del Campo de Marte, los coreógrafos vigilan a las jóvenes que ensayan los bailes que harán durante el desfile.

Como todos los habitantes de Puerto Príncipe, Pierre Kerense sufre el estrés provocado por el clima de inseguridad, pero el coreógrafo de 45 años recuerda que los tres días de carnaval no son sólo una fiesta.

"Es también un negocio, mucha gente depende del carnaval para pagar cada año su alquiler o la escuela de sus hijos", explica.

En un país sumido en una pobreza extrema, el carnaval es el periodo más intenso del año para los costureros.

El ajetreo es constante en el taller de Arnelle Laguerre, donde se cortan las telas y se adornan con plumas y purpurina.

"En los días previos al carnaval siempre trabajamos sin parar, con muchos obreros: puedo tener 40 durante el día y otros que trabajan de noche", dice la estilista, que prepara desde hace 20 años trajes para este acontecimiento clave de la vida cultural haitiana.

- Carnaval anulado en 2019 -

En febrero de 2019, al menos siete personas murieron en Haití en disturbios ocurridos durante manifestaciones para reclamar la dimisión del presidente Jovenel Moïse y una mejoría de las condiciones de vida.

Esa inestabilidad política llevó entonces al gobierno a anular el carnaval, un duro golpe para todos los profesionales que participan en el evento.

"Habíamos empezado a trabajar, a gastar", recuerda Arnelle Laguerra, que empieza a trabajar en los trajes meses antes de la celebración. "Tuvimos que pagar" a los obreros, pese a la anulación, dice.

Ante el alto coste de los créditos bancarios, los artesanos recurren a préstamos informales, lo que impide la estabilidad de sus pequeñas empresas y de los empleos que proporcionan.

Rodeada de montones de trajes en preparación, Laguerra prefiere no calcular sus costes de producción.

"Acaban de cortar la luz en el barrio, tenemos que usar el generador. Todo eso son gastos", lamenta la estilista de 58 años.

En Puerto Príncipe, los apagones diarios aumentan el miedo de los habitantes, que evitan recorrer las calles de noche, por temor a ser secuestrados.

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