Los Juegos Olímpicos de 1908 originariamente los iba a organizar Roma, pero la erupción del volcán Vesubio del 7 de abril de 1906 cambió los planes. El gobierno italiano debió renunciar a la cita porque tuvo que emplear todos sus recursos económicos a reconstruir las consecuencias que provocó el fenómeno natural.

En ese contexto, Londres le propuso al COI llevar el espíritu olímpico a Gran Bretaña y en dos años logró construir el estadio White City, con capacidad para 80.000 espectadores, e instaló las primeras piletas de natación profesionales, que permitieron quebrar todos los récords mundiales en las competencias. Sin embargo, el aspecto negativo de la cuarta edición se basó en que todos los jueces y árbitros eran ingleses, y muchos de sus fallos favorecieron a los locales.

Uno de los hechos más llamativos ocurrió en el maratón, donde el italiano Dorando Pietri lideró los momentos cruciales de la prueba. El sacrificio que protagonizó el atleta conmovió a los aficionados, ya que a cien metros de la meta su cansancio lo hizo caer en repetidas ocasiones. El abandono parecía consolidarse y la victoria del estadounidense John Hayes preocupaba a los espectadores, porque los británicos nunca apoyaron a los deportistas de Norteamérica.

Los historiadores afirman que la escena fue cautivadora. En tiempos en los que los participantes no conocían el reglamento en su totalidad e ignoraban todos los protocolos, Pietri aceptó la ayuda de Sir Arthur Conan Doyle, quien se desempeñaba como periodista, y un árbitro local para evitar el desmayo y recorrer los últimos metros apoyado en sus improvisados colaboradores.

A pesar de su mareo, el europeo logró el objetivo. Después de casi tres horas de carrera, Dorando Pietri se coronó como campeón. Los colores rojo, blanco y verde estarían en lo más alto del podio. Pero no. Las quejas de los dirigentes de Estados Unidos evitaron la gesta. Obligados por las normas, los jueces tuvieron que descalificar al ganador por la ayuda antirreglamentaria que recibió durante su participación.

Aquel día nació un ídolo. Más allá de su eliminación, Pietri se convirtió en uno de los deportistas más populares del planeta. El diario Daily Mail organizó una colecta en la que recaudó 300 libras para el ex pastelero. El autor de Sherlock Holmes le obsequió una cigarrera de oro. La reina Alejandra también le regaló una copa de oro del Palacio Real. El compositor Irving Berlin le dedicó una canción. De alguna u otra manera, todos colaboraron para que el italiano se dedique profesionalmente al deporte.

El apoyo recibido fue tan intenso, que de las 22 pruebas que protagonizó en los años siguientes, Pietri se impuso en 17. Las más reconocidas fueron la del Madison Square Garden de Nueva York, en la que se tomó revancha de John Hayes, y la del 24 de mayo de 1910 en Buenos Aires, donde se coronó en el maratón del Centenario.


La plata fue para el distraído

Charles Hefferon nació en la localidad inglesa de Berkshire, pero participó del maratón representando a Sudáfrica, dado que en su juventud participó de la Guerra de los Bóers y aceptó la nacionalización africana.

Durante la competición, que finalmente ganó John Hayes, Hefferon lideró la prueba durante más de 40 kilómetros, pero a 1.500 metros de la meta el sudafricano se distrajo con algunos espectadores, quienes le ofrecieron una copa de champagne para celebrar lo que sería su victoria.

Demorado por el entusiasta público, el fondista fue superado por Dorando Pietri y el norteamericano Hayes. Su registro fue de 2 horas, 56 minutos y 6 segundos; casi 2 minutos más tarde del popular italiano y a 48 segundos de Hayes. Sin dudas, el exceso de confianza le jugó una mala pasada.