A un año de la reedición del primero, 222 patitos (2004), con la inclusión de nuevos cuentos, el autor cordobés ofrece en Un cementerio perfecto (Eterna Cadencia Editora) textos que vuelven a poner de relieve sus cualidades de narrador.

Se trata de cinco obras que utilizan herramientas del relato extraordinario y entregan imágenes de una profunda belleza ("¿Hay alguien ahí?, gritó hacia la profundidad de las ráfagas"), con personajes que habitan cierto desamparo en atmósferas pueblerinas del interior argentino.

El cuento que le da el título a la obra es, quizás, el mejor momento del libro. Víctor Bagiardelli viaja a un pequeño pueblo convocado por el intendente para diseñar el nuevo cementerio. El protagonista llega y será invitado por el jefe comunal a conocer a su padre, anciano, que parece esperar una muerte inminente: "No había ruidos en la casa, las persianas estaban bajas y la mayoría de los ambientes se adormecían en una penumbra lenta. El olor a creolina y pisos recién lavados subía desde los zócalos y se sobreponía a otros, más leves, apenas impregnados en las paredes, olores a sopa, a lana húmeda, a pis de gato. En el pasillo había tapices en punto cruz y viejas fotos de bebés sonrientes y primeras comuniones", escribe Falco.

En esta entrevista, el escritor le cuenta a Infobae que la literatura fue la forma que encontró de tener un territorio propio en medio de mudanzas entre ciudades diversas, que en los últimos años hay una tendencia a narrar "más pegado a lo local" de cada autor y que es de su interés escribir desde los márgenes para desde ahí acompañar a los personajes.

—A pesar de su juventud, ya se puede pensar en su obra. ¿Estos cuentos condensan los distintos caminos que tomó su escritura?

—Hace mucho que no publicaba un libro totalmente nuevo, desde cero, tal vez es por eso que el libro se armó más. En los últimos había cosas que venían de diferentes lugares y aquí hay una cierta unidad que se pudo ir armando en el tiempo y gracias al tiempo, como para que haya más coherencia.

—Cuando reeditó 222 Patitos, le agregó relatos y hace algunos días Andrés Neuman nos contaba que él cree que sus libros nunca están terminados, que siempre se puede reescribir algo. ¿Está de acuerdo?

—Por un lado, es algo que siento y que deseo, pero más desde un lugar obsesivo, porque siempre me gustaría corregir algo, pero no sé si quisiera hacerlo siempre. Me parece que está bueno darle un cierre y que represente una época y un momento. En el caso de 222 Patitos, fue un libro que había circulado muy poco en Córdoba, que se había hecho una edición chiquita y que, por otro lado, era un libro breve, de seis cuentos en fotocopias. Entonces, me gustaba la idea de reeditarlo, pero también era muy breve y había una serie de textos que habían quedado sueltos o en revistas y que no entraban en La hora de los monos; fue una buena oportunidad para ponerlos ahí. Lo que pasó también es que muchos de esos cuentos los había ido publicando en revistas. Cuando me pedían un cuento, lo mandaba y cada vez los volvía a corregir, entonces hubo reescrituras a lo largo de diez años, en diferentes ocasiones y con diferentes motivos, que después, cuando fue el momento de que el libro saliera en papel, fue hacer algo más por arriba y no tanto reescribir para esa ocasión sino reincorporar todas las reescrituras que había hecho.

—¿Y estos cuentos son recientes?

—Escribo bastante lento, pero son recientes en el sentido de que hace relativamente poco que los terminé. Los terminé en los últimos dos años, pero las ideas originales fueron bastante anteriores y fueron como mutando, cambiando, creciendo, pero simplemente por mi proceso de escritura. De los cuentos que están acá, algunos se habían publicado en alguna versión previa.

—¿Se siente parte de una generación de escritores que proviene del interior y que lo están narrando?

—No sé si parte, pero me parece que es más producto de una coincidencia o de ciertos movimientos que tienen más que ver con lo histórico y con cómo nos formamos los que tenemos alrededor de 40 años y cuáles fueron las lecturas formativas. Sí, claramente, hay en los últimos años una idea de narrar más pegado a lo local, pero a lo local de cada autor. También se podría pensar en una narrativa del Conurbano, de otras provincias o en una narrativa superurbana de Buenos Aires. Hay un cierta tendencia a narrar la realidad que uno conoce más o a basarse en esa realidad o a ver ciertos paisajes que yo, por lo menos, siento que conozco más íntimamente. Después, hay una serie de conversiones, modulaciones y alteraciones sobre esos paisajes, pero, de alguna manera, en una base eso aparece.

—En estos cuentos, figuran ciertos relatos de iniciación femenina con personajes que están en tensión con sociedades patriarcales con las que rompen para armarse un destino. ¿Le interesaba hacer ese planteo?

—Me interesa en el sentido en que una de las lecturas que hago a posteriori del libro es un interés de narrar desde ciertos márgenes y, a partir de esos márgenes, permitirles o acompañarlos en la búsqueda de ciertos caminos. En algunos casos esa idea de lo menor o lo marginal está dada en la condición femenina y, en otros cuentos, no necesariamente pasa por ahí. Pasa en algunos casos por la vejez o por decisiones personales o por necesidad de aislarse. Me interesaba explorar los personajes en las condiciones que les tocaron y ver cómo pueden convertirse a sí mismos y darse una especie de subjetividad a partir de lo que les tocó en suerte. Y permitirse ser hijo, ser padre o ser mujer o anciano, de una manera particular, sin caer necesariamente en roles o en determinados modelos. Ver cómo pueden llegar a encontrar una forma de ser que no los traicione, pero, al mismo tiempo, no los haga caer en el lugar común.

—¿Son personajes que viven con cierto desamparo?

—Sí, esa fue otra de las ideas del libro: una de las primeras cosas que surgieron y una de las primeras cosas que escribí tiene que ver con invernaderos. Lo primero tiene que ver con explorar la idea de protección: qué es proteger y cómo los vínculos familiares protegen o desprotegen e inmediatamente a partir de la idea de protección y de cuidado apareció como esa otra idea de la intemperie, de lo desprotegido o que no necesita que lo cuiden. Esas ideas eran cosas que pensaba a la par y que también formaron parte de estos últimos años. Después, no sé si son tan coherentes en el libro. Son lecturas que hago a posteriori o a la hora de dejar afuera ciertos materiales.

—¿Y cómo cree que funciona la idea de arraigo y desarraigo en estos cuentos?

—Esa es otra de las cosas que me interesaban. En estos últimos siete u ocho años me mudé muchas veces, cambié de ciudad y de país varias veces y un poco los cuentos se volvieron mi lugar. A la imposibilidad de tener un lugar propio geográfico o de volver a un determinado lugar por la distancia, el tiempo o el costo, de a poco, los cuentos, la literatura y esos archivos en la computadora se fueron volviendo mi forma de tener o armar un territorio propio.

—¿Un lugar que te ate?

—Un lugar al que uno pueda pertenecer. Una idea en la que pensaba y que tiene que ver con lo marginal y con el refugio pasaba por pensar cómo influyó en mi vida la lectura y quiénes leen hoy y cómo se lee. Y cada vez más el disfrute de la lectura empieza a ser un lugar de cierta marginalidad, por eso me parece tan adorable cuando vas en el subte y ves gente totalmente enfrascada en su libro y en su mundo. Hay que ser bastante valiente para hacer eso y decidir cortar amarras, no darle bola al celular y permitirse estar solo y encerrado en ese mundo. Esa idea de ponerse en el margen a la hora de leer y a la hora de escribir y no tener un territorio resonaba en mí: la lectura como un escape y como un refugio, un lugar adonde ir, un lugar para explorar desde el arraigo o desde la pertenencia o también desde el querer pertenecer a un determinado paisaje, mundo o grupo de personajes.