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El camino a Stepanakert es tortuoso, con curvas imposibles en unas montañas cubiertas por las brumas de la madrugada. Nueve horas de un trayecto escarpado y bamboleante, sorteando decenas de camiones militares de transporte de tropas y algún que otro carro blindado.

Esta escarpada carretera es la única manera para llegar a la capital de la autoproclamada República de Nagorno-Karabaj, legalmente territorio de la vecina Azerbaiyán, pero de facto un protectorado de Armenia, desde que en 1994 terminase una brutal guerra que dejó unos 30.000 muertos, cientos de miles de desplazados y oscuros episodios de limpieza étnica en ambos bandos.

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Aquella guerra, nacida de la descomposición territorial de los últimos años de vida de la Unión Soviética, la ganó Armenia, que no sólo se hizo con el territorio del Alto Karabaj, que era una isla armenia dentro de suelo azerí, sino que ocupó territorios azeríes a modo de tapón.

La autoproclamda República de Nagorno-Karabaj es legalmente territorio de Azerbaiyán pero funciona de facto como un protectorado armenio

Desde entonces, ambos países se miran con odio y resquemores, y la amenaza de un retorno a la guerra total ha sido siempre muy real. Tanto que el pasado abril las ametralladoras, los morteros, los tanques y los obuses retumbaron con fuerza entre las montañas, trayendo ecos de una guerra que nunca llegó a apagarse del todo.

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En las trincheras armenias, a apenas 200 metros de las posiciones azeríes, en los límites orientales de esta República no reconocida, jóvenes soldados llegados desde regiones armenias forman el grueso de las fuerzas de Nagorno-Karabaj. Sólo 8 mil hombres, de los casi 20 mil que forman este ejército, son originarios de estas tierras. El resto, como David, llegado desde la capital Armenia, Yereván, cumplen aquí el servicio militar.

David, con apenas 19 años, posa para mi cámara con todos sus pertrechos militares, y resulta evidente que el casco no lo suele llevar colocado, sólo con ayuda de dos compañeros consigue al fin ponérselo debidamente. Bajo un sol de justicia y a más de 25 grados, que parecen 40 en las trincheras, buscamos cualquier sombra para escapar del calor.

David, con apenas 19 años, no suele llevar colocado el casco. Sólo con ayuda de dos compañeros consigue ponérselo

"El primer día sonó la alarma y estaba en una garita muy cerca de aquí. Nos incorporamos a nuestros puestos. La alerta decía que Azerbaiyán había lanzado un ataque", nos cuenta mientras de fondo se escuchan ráfagas aisladas de AK-47. "Durante cuatro días, los combates fueron constantes, prácticamente cada hora había bombardeos. Después de esos cuatro días la intensidad disminuyó ", recuerda.

Aquellos combates dejaron varias decenas de muertos en cada bando, entre civiles y militares, y apenas si corrió la frontera unos cientos de metros.

Alec Sarkesian, comandante armenio que dirige a las tropas en esta sección, tiene muy clara la versión oficial armenia : "Tras el cese el fuego, hace 22 años, Azerbaiyán no ha cesado de comprar armamento ofensivo. Estos nos hace pensar que Azerbaiyán se está preparando para la guerra", nos dice, impasible al fuego cruzado que se escucha a nuestro alrededor.

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Estas trincheras están a apenas 2 kilómetros de Martakert, donde las bombas azeríes golpearon con fuerza. Allí encontramos a Eduard, un agricultor armenio que, bajo el sol, y pese al peligro, trabaja su huerto. "Estábamos durmiendo, y a las 3 de la mañana bombardearon nuestro barrio. Evacuaron a los niños y las mujeres. Nosotros nos quedamos para proteger nuestra tierra. Cuando comenzó el bombardeo bajamos al sótano, que es de hormigón, y allí esperamos con paciencia." De hecho, su casa y las casas vecinas lucen ahora tristes y vacías, abandonadas a la carrera y marcadas por la metralla. "Esta es nuestra tierra, tierra armenia. Lo era y lo seguirá siendo", concluye.

Lejos de estas posiciones, y tras un viaje por una carretera aún peor que la anterior, sin asfaltar y con enormes baches y piedras que obligan a parar a cada instante, llegamos a Talish, sin duda la ciudad que más ha sufrido el recrudecimiento del conflicto, al estar situada justo en la línea de contacto entre los dos ejércitos.

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La carretera que lleva a Talish es un goteo constante de casas destruidas, de posiciones armenias con nidos de ametralladoras, tanques, blindados. Del lado este de la carretera, los soldados armenios levantan protecciones de tierra de dos y tres metros. A apenas medio kilómetro, los francotiradores azeríes esperan su oportunidad.

El pueblo, su medio millar de habitantes, ha sido evacuado. Ahora los militares son los únicos que pululan por sus calles, arrasadas por las bombas, donde prácticamente no ha quedado casa sin daños.

La escuela, que estaba en reconstrucción, sufrió el impacto directo de 3 obuses. Ahora, los apuntes, los juguetes, los libros, yacen esparcidos por el suelo. Los niños que asistían a clase viven ahora refugiados en ciudades armenias o en Stepanakert, la capital de Nagorno Karabaj.

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Inna es una de las evacuadas. Ahora comparte habitación de hotel con su madre en Stepanakert. Ha perdido su casa y su negocio de alimentación, mientras tanto su hijo sirve en el frente. "Bombardearon nuestra casa, todo cayó sobre nuestras cabezas", cuenta. "Los muros, los cristales...todo se derrumbó, salimos huyendo a las 7 de la mañana. Hasta entonces, el bombardeo no paró. A las 7 bajamos al sótano, creímos que era seguro, pero resultó no serlo, una bomba cayó justo en él".

Inna, como todos los refugiados, mira con miedo el futuro. Sin hogar, sin trabajo y con su tierra en primera línea de frente, las esperanzas de retomar una vida normal son escasas.

Mientras tanto, la vida pasa en Stepanakert, una hermosa ciudad en un lugar rebosante de belleza. En su mercado, la gente compra, habla, negocia, regatea el precio de las frutas y hortalizas, mira con curiosidad al extranjero, pero sonríe pese a todo. Y las montañas, de fondo, gigantes mudos, nos rebotan los ecos de una guerra que el mundo olvidó.

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