Julia Navarro: "Estamos hipercomunicados, pero no más informados"

"Esta noche, mientras miro de frente a la muerte, hago recuento de lo que he vivido. Sé lo que hice y también sé lo que debería haber hecho", así, con esa frase en primera persona comienza Thomas Spencer a contar su vida. Spencer es el protagonista de "Historia de un canalla" (Plaza & Janés), la nueva novela de la autora de éxitos como "Dime quién soy" y "Dispara, yo ya estoy muerto", Julia Navarro.

Es la historia del hijo de una familia acomodada que nace en Nueva York y sin tener claro de qué manera insertarse en la vida adulta, decide comenzar a estudiar publicidad. Más rápido que tarde, avanzará en su carrera hasta construir una agencia de comunicación con sede en Manhattan y en Londres, que, entre otras actividades, asesora a políticos y en donde los pruritos quedan a un lado. Con una salud endeble, una personalidad narcisista y una vida marcada por una concepción utilitaria de la mujer, el protagonista atravesará los años sin guardar ningún afecto por nadie. A lo largo del libro, expondrá los hechos y en un segundo plano reflexionará sobre "lo que podría haber sido".

La escritora y periodista española, que desde su primera novela "La Hermandad de la Sábana Santa", ha vendido millones de ejemplares en todo el mundo (sus libros fueron traducidos a treinta idiomas), está recién llegada a Buenos Aires para presentar su nueva obra en la Feria del Libro.

Navarro hizo un lugar en su intensa agenda para volver a visitar la redacción de Infobae, como lo hizo años atrás y entregarse a una larga charla en la que repasó su escritura, el cambio narrativo que dio en "Historia de un canalla" y dejar sentada su posición frente a los cambios que supone el desarrollo tecnológico para la comunicación. Además, comentó por qué dice que hoy "es más fácil manipular a la opinión pública".

—Él nunca sabe de qué escribo; escribo con absoluta libertad, sin comentar con nadie qué estoy escribiendo y realmente él descubre de qué va el libro el día que yo le entrego el pendrive. Ese día descubre dos cosas: el tema del libro y cuántas páginas tiene, y es ahí cuando se lleva las manos a la cabeza y se pega el susto. Este libro tiene 862 páginas, los anteriores pasaban de las mil y por eso se llevaba las manos a la cabeza. Pero también debo decir que jamás la editorial me ha hecho el más mínimo problema por la extensión de mis libros. Siempre he tenido el máximo apoyo, siempre he podido trabajar con Penguin con total libertad.

—En todos mis libros lo que intento es contar una historia y, al mismo tiempo, hacer un reflejo de la sociedad. Es verdad que en mis dos libros anteriores, Dispara, yo ya estoy muerto y Dime quién soy, conté el siglo XX desde distintos escenarios, intentando buscar la raíz de todas las cosas terribles que se vivieron en el siglo pasado: las dos guerras mundiales, el auge de los totalitarismos, los millones de personas que murieron. Conté en esas dos novelas un retrato de este siglo, que es nuestro siglo, porque tanto tú como yo somos del siglo XX. En Historia de un canalla lo que hay es una reflexión de este comienzo del siglo XXI, es una novela que trata de hacer un retrato en blanco y negro de la sociedad en la que estamos viviendo, es una novela en la que además de ese retrato intento hacer un viaje a lo más recóndito del ser humano, a la parte más oscura. Literariamente el viaje al fondo del mal es algo que está recogido por distintos autores y yo también he hecho ese viaje. En tercer lugar, también quiere ser una reflexión sobre esa sociedad de la comunicación en la que vivimos. Los últimos veinte años han cambiado todos los paradigmas de nuestra sociedad a través de las nuevas herramientas de la comunicación y esto da lugar a que estemos hipercomunicados, lo que no significa que estemos más informados, y también da lugar a que sea más fácil manipular a la opinión pública. Y además, un viaje más, que es un viaje detrás del escenario. Los periodistas siempre contamos lo que hay sobre el escenario, pero también sabemos lo que hay detrás, entonces en esta novela intento contar cómo se mueven los hilos del poder.

—La comunicación, que no es la publicidad de forma tradicional ni tampoco es el periodismo. Las grandes agencias de comunicación hacen otras cosas, lo primero es intentar convencernos a los periodistas de que lo que ellos venden es estupendo. Primero, intentan contaminarnos a nosotros, porque somos el vehículo, el canal con la opinión pública. Por eso creo que los periodistas debemos estar con ojo avizor, porque primero intentan contaminarnos a nosotros para intentar manipular a los demás. Las grandes empresas de comunicación no son aquellas que están vendiendo lo bien que funciona un shampoo, es otra cosa: son las que son capaces de inventarse un político de la nada, las que son capaces de influir en la opinión pública. En este libro trato el tema del fracking y cómo intentan convencer a la opinión pública de que esa forma de obtener energía no tiene consecuencias ni para la salud, ni para el medioambiente, lo cual es una gran mentira y una gran farsa. El mundo de las grandes agencias de comunicación trabaja en sectores que son absolutamente sensibles para la vida cotidiana.

—Es la novela más complicada de las que yo he escrito. Me ha costado escribir, primero, porque he cambiado la forma de narrar. Contar una historia tan actual exigía un cambio de lenguaje y una estructura distinta, por eso la novela está escrita en primera persona. El personaje es el que cuenta su propia vida. Además, al ser escrita en primera persona, es una novela en la que el personaje no tiene máscara. Siempre digo que la civilización nos exige salir de casa todos los días con nuestro mejor rostro, porque tenemos que vivir con los demás y cuando te encuentras con tu vecino, estés o no de mal humor, tienes que saludarle. ¿Cómo ven los demás a este personaje que he creado, Thomas Spencer? Como un hombre de éxito, glamoroso y al que le va bien en la vida y que todo lo que toca lo convierte en oro, como un triunfador, pero los lectores pueden ver realmente cómo es, porque pueden leer lo más recóndito de su mal. El proceso de creación de un personaje así es complicado, a veces angustioso; no es una novela en la que yo lo haya pasado bien escribiéndola.

—Siempre me han impresionado mucho las personas que dicen: "Yo no me arrepiento de nada, volvería a cometer los mismos errores". Es una frase común que escuchamos a diario y se la escuchamos a personas que pueden ser estupendas, no se tiene que ser un malvado cuando se pronuncia esa frase. Se dice muchas veces sin saber bien el trasfondo que tiene, eso es lo que hace el personaje de mi novela. Decir: "He vivido así y no me arrepiento de nada". Al mismo tiempo, es una reflexión y cuando uno se pone a reflexionar qué es lo que ha hecho y cómo debería haber sido su vida si hubiese actuado de una forma diferente, eso significa que la conciencia te está llamando a la puerta y algo te está tocando por dentro. En realidad, son dos novelas, la historia de alguien que cuenta: "Esta ha sido mi vida" y la historia de alguien que, al mismo tiempo, dice: "Esta debería haber sido mi vida, yo debería haber hecho esto. No lo hice, no me arrepiento, pero, sin embargo, creo o esa ha sido mi intención". Cuando él se plantea eso, de alguna manera hay un remordimiento de conciencia.

—Creo que sí, siempre hay un momento en que uno se encuentra consigo mismo. Puede interpretar el papel de "a mí no me importa, de nada me arrepiento, soy todopoderoso", pero debe de haber en la vida de todas las personas ese minuto en el que uno mira el espejo y ve realmente lo que hay detrás del espejo.

—Son dos ciudades que conozco bien y que he visitado a lo largo de mi vida, tanto por motivos profesionales como de viajera de vacaciones. Aun así, es verdad que cuando escribo una novela, siempre me traslado a los lugares adonde va transcurrir, porque intento mirarla con otros ojos, intento pasear por donde pasean mis personajes, ir a los lugares donde digo que viven mis personajes. Para escribir esta novela volví a Londres y a Nueva York, lo cual no fue ningún sacrificio.

—Pues creo que no, no podrían haber sido otras que no sean esas dos, porque es una novela que habla sobre el poder. ¿Dónde se toman las decisiones que afectan a millones de personas? En Wall Street y en la City de Londres; lo que allí se decide tiene una repercusión directa en nuestras vidas.

—Porque me parece que es lo que marca el fin de toda una era y nos mete en el siglo XXI con una crisis que ha dejado millones de víctimas. Mi personaje, Thomas Spencer, es como aquellos banqueros de Lehman Brothers a los que en ningún momento les importó jugar con el dinero, aun sabiendo que si algo iba mal, iban a destruir la vida de muchas personas, millones de personas que perdieron sus trabajos, sus casas o sus proyectos de vida. Hay gente tan canalla como aquellos banqueros, gente que es extremadamente egoísta, que sólo piensan en ellos y en sus intereses y que no empatizan con los demás.

—Es que creo que hay un tipo de personas que están en esa especie de huida hacia adelante, que solamente se miran a sí mismos, lo que a ellos les conviene, lo que les gusta y lo que les satisface y no tienen la capacidad para empatizar con la gente que tienen a su alrededor. Son los egoístas extremos.