Mediados de 2010. Federico, de 5 años, llevaba ya casi una hora obsesionado en el living de su casa de un barrio modesto de San Martín, con dos muñecos articulados de súperheroes. Faltaba poco para la cena cuando, de repente, la puerta de entrada voló por el aire, siete hombres uniformados ingresaron a los gritos y a la fuerza con armas cargadas en sus manos y en menos de cinco minutos se llevaron esposado a su padre. El propio Federico, que desconocía por completo el vínculo de su padre con una red de venta de drogas en la zona, quedó impávido, en shock y sin imaginar siquiera que hasta el día de hoy no volvería a ver a su papá fuera de la cárcel.

"Fue, sin dudas, el momento más feo y angustiante de mi vida. Federico no paró de llorar por horas luego de eso que sucedió y nuestra vida cambió por completo. Él se volvió un chico más callado, tuvo más problemas con compañeros en el colegio y cada vez se fue alejando más del niño que era", reveló su madre Fabiana a Infobae.

La historia de Federico es una más de las cientos de miles que ocurrieron y todavía ocurren en el país. El drama de los hijos de personas privadas de su libertad parece ser invisible. Se trata de un problema cada vez más creciente y que no se quiere ver ni escuchar desde la sociedad ni los estamentos públicos.

Sin siquiera datos oficiales registrados, se estima que, en la actualidad, hay unos 150 mil menores de 18 años que tienen al menos a uno de sus padres encarcelados en las prisiones federales del país. Y ninguno de ellos cuenta con la asistencia social y psicológica suficiente y necesaria como para poder desarrollar una infancia de integración y contar con los mismos derechos que el resto de sus pares.

La luz de esperanza brilla gracias a la solidaridad de un puñado de voluntarios: a lo largo de la última semana, la plataforma latinoamericana NNAPEs (Plataforma Regional por la Defensa de Niñas, Niños y Adolescentes con referentes Adultos privados de su libertad) reunió a varias organizaciones de la región para trazar los pasos a seguir en el camino de lograr la igualdad de derechos para esos niños.

Durante el encuentro, donde hubo representantes de Argentina, Guatemala, Panamá, Brasil, Uruguay, México y República Dominicana, se establecieron las políticas de ayuda para los 2 millones de niños y adolescentes que padecen esa situación en toda la región.

A falta de datos oficiales, se estima que en la Argentina hay 150 mil menores que tienen al menos un padre detenido

"Somos todas ONG que intentamos brindar nuestra ayuda. En la Argentina no hay un departamento del Estado que tenga un registro de cuántos chicos hay en esta situación. Según un estudio propio, estimamos que hay unos 150 mil. Pero ninguno de ellos recibió ni recibe la asistencia social y psicológica adecuada. Ellos necesitan estar acompañados y tener los mismos derechos que cualquier otro chico. Si no reciben esa ayuda, quedan desamparados y tienen una mayor posibilidad de repetir las historias que vivieron sus padres", le explicó a Infobae Andrea Casamento, presidenta de la Asociación Civil de Familiares de Detenidos en Cárceles Federales (ACiFaD).

La falta de apoyo y la invisibilidad del problema no sólo afecta a los chicos en el inicio de la separación de sus padres, sino que puede generar graves consecuencias para su vida adulta.

"El vacío del ocultar o mentir no es un buen camino, ya que los niños captan todo. La angustia va a estar y hay que acompañarlos para ayudarlos a gestionarla. El desgarro de una ruptura por un vínculo cotidiano siempre es traumático para un chico", reveló el psicólogo Gervasio Díaz Castelli.

Antes

"¿Cómo creés que puede afectarle a un chico que, de golpe, le rompan la puerta de la casa, le revuelven todo a los gritos y se llevan a su papá esposado sin decirle nada? ¿Cómo puede ser que en ese tipo de operativos no esté incluido un asistente social? Ese chico no se olvidará más de ese momento, y lo peor es que ahí comienza la verdadera pesadilla", reflexionó Casamento.

"A ese trauma hay que darle sentido con palabras llenas de afecto. De no haber red que contenga y amortigüe ese trauma, se va a terminar consolidando con efectos en la vida adulta", completó Díaz Castelli.

Las realidades son diversas e igual de dramáticas. Hay hijos de presos que pierden el contacto diario con uno o con sus dos padres a sus pocos años de vida y hay quienes incluso nacen con uno de sus progenitores ya en prisión.

Para los especialistas, la importancia de poner el tema sobre la mesa de inmediato es clave. Aun así, la gran mayoría que atraviesa ese tipo de situaciones debe lidiar al mismo tiempo con otro tipo de problemas, a los que les da prioridad: la madre de la familia se convierte de un día para otro en el único ingreso económico de su hogar. Por lo tanto, los niños necesitan el acompañamiento diario de algún especialista.

Según NNAPEs, en Latinoamérica hay 2 millones de niños y adolescentes con uno de sus padres en prisión

"No sólo me tuve que hacer cargo de todo lo que pasaba en mi casa, sino que en mi caso ni siquiera sabía bien cómo hablar del tema con Federico y qué decirle al respecto. Es una situación de desesperación y los chicos viven solamente con nerviosismo y llanto a su alrededor", reveló Fabiana a Infobae.

El primer contacto con el exterior también resulta un campo en el que urge la necesidad de una mano profesional. "A la hora de volver al colegio, casi todos los chicos cambian su comportamiento. Hay quienes se hacen pis encima, otros se ponen violentos y se pelean con sus compañeros. Están los que se esconden y ya dejan de hablar. ¿Nadie ve esas señales?", se quejó Casamento.

El panorama se ve aún más complejo dada la estigmatización y la criminalización del joven. "Dejan de tener sus nombres propios y pasan a ser los 'hijos de...' o los 'hermanos de...'. Y eso los deja afuera, los destruye", añadió Casamento.

Durante

Acostumbrarse a la cotidianeidad de tener un padre detenido es un camino demasiado difícil. Desde convertir la imagen del adulto encerrado en algo habitual hasta los pormenores: los controles en las guardias pueden llegar a ser muy violentos y después de ese encuentro regresa la sensación de vacío.

Con el paso del tiempo, la estigmatización llega a tal punto que los jóvenes empiezan a moverse sólo en un mundo de familiares y amigos de detenidos. Por ende, la cárcel y los delitos se transforman en motivos de conversación de todos los días.

"En la mayoría de los barrios con los que trabajamos, los chicos siempre terminan tomando a sus padres como héroes. El problema para casi todos es la naturalización de ese problema. Entonces, cuando llegan a la adolescencia, algunos buscan imitar a los mayores, como si se tratara de llevar el orgullo de la herencia. La ayuda profesional es clave para evitar que la violencia se herede, es clave para ayudar a integrarlos y evitar que se empiecen a formar nuevos delincuentes", dijo Casamento.

El proceso de estigmatización es inmediato: los chicos pasan a ser "hijos de...", o "hermanos de..."

Las madres presas

En la actualidad hay 23 niños que viven en el Penal N° 33 de Ezeiza. Ellos residen junto a sus madres detenidas y, una vez que cumplan los cuatro años, deberán abandonar la prisión y ser cuidados por otro adulto. Según Casamento, hasta el momento no hay políticas de contención psicológica definidas para esos chicos en esa instancia.

También están los casos de aquellas mujeres a las que, debido a su condición de madres solas de niños muy pequeños, la Justicia les determina el tiempo de condena en prisión domiciliaria. "Pero es un arma de doble filo. Esas chicas no están acompañadas por una asistente social. Nosotros llegamos a tener casos de mujeres que, al ver que su hijo volaba de fiebre, abandonaron la prisión domiciliaria para llevar al nene al hospital. A su regreso, fueron recluidas nuevamente en prisión", agregó la presidenta de ACiFaD.

Después

El reencuentro, una vez que el adulto abandonó la prisión, parece significar el final de la pesadilla para los jóvenes, pero es todo lo contrario. "Suele ser la etapa más difícil de todas", reveló Casamento.

En esa instancia, la asistencia no sólo debe ser necesaria para los menores, sino también para los padres. No hay nadie que enseñe y ayude a los ex detenidos en el proceso de revinculación y la relación entre ambos puede encaminarse por una senda peligrosa y desagradable.

"La revinculación tiene que ser paulatina y siempre mediada por la persona o las personas que se hicieron cargo del chico durante la condena. Los niños tienen sus tiempos para lo afectivo y eso tiene que ser respetado", aseguró Díaz Castelli.

Manos a la obra

Si bien todavía se trata de un reclamo con una voz casi sorda, a lo largo de los últimos años se pudo ubicar el reclamo de ayuda para los hijos de detenidos en grandes citas humanitarias. En octubre del 2015, la propia plataforma NNAPEs denunció la invisibilidad de esos menores nada menos que en una audiencia pública de la Comisión Internacional de Derechos Humanos, perteneciente a la Organización de Estados Americanos, en Washington.

Allí, como inicio de la exposición, se emitió un video con el testimonio de Facundo, un chico uruguayo de 15 años, que relató en primera persona cómo fue la experiencia de la detención de su padre y el padecimiento posterior a raíz de ese hecho.

En tanto, la propia NNAPEs realizó en el penal de Florencio Varela una prueba piloto de una actividad llamada "A jugar con papá", en el que los hijos acudían a la prisión para pasar todo un día al aire libre exclusivamente para jugar con los adultos detenidos. "Fue asombroso y revelador. Había padres que se me acercaban y me decían que no sabían cómo actuar, ya que ellos nunca en su vida habían jugado con sus propios papás", reveló Casamento.

La presidenta de ACiFaD reclama la asistencia, en un primer lugar, de la Secretaría Nacional de Niñez, Adolescencia y Familia (SENAF): "Se necesita que, desde el vamos, todos estos chicos estén registrados como corresponde. Luego, que aparezca la ayuda de los profesionales, los asistentes sociales, para el acompañamiento".

"Estos chicos necesitan ayuda. No quiero decir que, por no tenerla, se vayan a convertir en delincuentes, pero tienen que tener las mismas facilidades que el resto de los niños. El hecho de tener un familiar detenido no tiene por qué ser una traba para que puedan desarrollar una vida normal", sentenció.